Consciencia de la forma: Sobre ciertos reduccionismos en torno a la persona humana

Por Guillermo Cóbena

 

Para C.

   

Es fácil dar por sentado que las comodidades de que gozamos al presente forman parte estable de la vida de todos, que corresponden, sin más, a la cultura, que por sobre dichas comodidades, sin alterarlas, es posible cambiar drásticamente el sistema que permite su normal funcionamiento. A menudo damos por supuesto que nuestra posición, la de los seres humanos respecto del resto de la naturaleza, apenas y guarda relación con ella, que tiene de alguna forma vida propia, al margen, por ejemplo, de la evolución. Y se supone que la evolución humana depende directamente de la tecnología; por tanto, del lenguaje. Digamos que desde tal perspectiva los medios son tomados claramente como fines: definen, según muchos creen, al propio ser humano, y a la persona.

¿En qué medida la humanidad requiere realmente un tratamiento distinto del que se da a otras especies? ¿Es posible entender y, ni qué decir luego, atender debidamente a la persona humana si se la tiene como parte de una especie, nada más? ¿En qué consisten las diferencias que justifican la clara distinción de trato?

 

 

Al respecto de estas cuestiones, proponemos, en principio, moderar ciertas pretensiones de respuesta para atacar de lleno el problema que genera en sí misma su formulación.
Empecemos por recordar, como hemos de hacerlo siempre, la diferencia entre definición y concepto. La definición es una construcción del lenguaje que se compone de dos elementos: la categoría o el género próximo, y la diferencia específica del objeto de definición. Esta construcción refiere puntualmente a límites; su objetivo es hacer manejable el objeto, comunicable. Por otro lado, un concepto es una unidad cognitiva de significado, es decir, representación mental desarrollada a través del lenguaje, que se tiene respecto de un objeto en relación con otros. Todo concepto refiere al significado –al rol, si se quiere– que tiene el objeto según determinada cultura o en determinada situación. Los conceptos componen marcos para el entendimiento entre personas que los comparten; de no ser así, se los contrasta a fin de establecer un ámbito común para el diálogo. Los conceptos varían según la cultura.
En el caso que nos toca, por tanto, se discute la posibilidad de una concepción definitiva antes que la de una definición. Ello se infiere del hecho que las definiciones refieren a categorías y distinciones incontrovertibles en tanto conocimiento compartido, incluso más allá de cada cultura; funcionan a través de conceptos lo más generales posible. Lo que aquí tenemos es, en cambio, una discusión sobre las propias categorías así como las distinciones a tomar en cuenta para dar con una definición, y estas variarán, desde luego, según el marco conceptual de que surjan.
Por tanto, reconociendo la naturaleza misma de la discusión (una discusión de conceptos), antes de abordar directamente su objeto (el hombre), es posible, ya, proponer la siguiente definición:
Persona humana es un concepto (como tal una representación, una construcción de lenguaje) que comprende dos términos: personalidad y humanidad, cada cual componente destinado a diferenciar al individuo como Homo Sapiens, de otras especies, así como de sus pares en tanto sujeto único, consciente, valioso, irrepetible y social.
El término persona proviene del latín personae; refiere en última instancia a la composición compleja y adaptable conque cada quien actúa, interviene en sociedad. El término humanidad proviene del latín humanitas, que refiere a la cualidad de humano; en primer lugar, como criatura corpórea y, en última instancia, como ser consciente de su propia finitud, que condiciona, por cierto, su afán de trascendencia. (Referencias de esto último, las encontramos en el empleo mismo de la expresión La condición humana, por parte de Martin Heidegger, Hanna Arendt y André Malraux, entre otros, así como en el desarrollo mismo del ensayo Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno.)
Es pertinente subrayar: dada así, la cuestión no deja de lado, ni mucho menos, la perspectiva biológica; se presenta más bien en pos de un mejor aprovechamiento de las luces que esta brinda, aunque en juego, como corresponde, con las de otras perspectivas. Procuramos, a fin de cuentas, evitar reduccionismos.
El problema de los reduccionismos, en general, parte de un vicio común: la suposición de que el lenguaje en sí mismo es capaz de determinar por completo la realidad, y no, como se aprecia de enfoques más amplios, que es apenas un instrumento de aproximación y configuración de la realidad, si bien el más valioso entre ellos.
En caso se diera por sentado que el hombre fuera solo un componente y un producto de la sociedad, resultado de su trato y de su experiencia inmerso en un sistema social; si se diera por sentado, por tanto, que no trae consigo ningún tipo de disposición ni mucho menos el equivalente a una programación como especie, entonces cabría suponer que, efectivamente, la persona se constituye como tal si, solo si, se le reconoce, atendiendo a un perfil determinado, como parte valiosa de la sociedad. Es obvio que el valor, y ni qué decir del perfil esperado para la persona –al caso, condición de su valor– dependerá de los supuestos fines de dicha sociedad. Será, a fin de cuentas, subjetivo.
Desde hace más o menos treinta años, se viene confirmando mediante múltiples hallazgos, una antigua suposición: que la mente del hombre no es una hoja en blanco presta a una escritura actualista, producto de la cultura y la experiencia. Científicos como Steven Pinker, por señalar solo a uno de los más famosos, argumentan que el ser humano nace con un cerebro programado con varios aspectos de su carácter, incluido el talento. Dicho de otro modo, la naturaleza humana estaría en buena parte condicionada por la selección natural. Esto, conviene aclarar, no limita al ser humano, sometiendo su voluntad de cambio, pero representa claramente un marco con el que habrá de aprender a lidiar, con el que habrá de trabajar o, finalmente, enfrentarse para la consecución de sus fines más personales.
Resulta paradójico que, aun si nos considerásemos simples miembros de una especie, los humanos hemos desarrollado, a lo largo de miles de años, mecanismos para preservar en múltiples circunstancias a sujetos que, vistos según la premisa del párrafo anterior, constituirían un mero lastre.
La capacidad individual para atribuir significado a una u otra realidad, la de brindar sentido a la propia vida atendiendo a sus particulares condiciones, no ya solo difíciles, sino incluso recortadas, tiene interés capital para el resto. Conformamos un conjunto dispuesto naturalmente a aprender de la experiencia del otro.
La tradición de la ficción, la literatura en sus distintas formas, surge como medio para la transmisión de conocimientos en atención a distintos niveles de comprensión de los textos –asombrosamente sofisticada si tomamos en cuenta la antigüedad de su aparición–. Así, la elección de la ficción para la comunicación de experiencias parte del reconocimiento de los límites propios del lenguaje, útil a nivel literal solo circunstancialmente, efectivo a nivel inferencial, fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico, precisamente a nivel crítico, y especialmente significativo para entender la realidad, merced de una comprensión a nivel metacognitivo.
Que cada ser humano pueda, en determinado momento, potencialmente, generar una imagen de la realidad a partir de su experiencia, representa para los demás integrantes de la especie, una fuente de conocimiento invaluable. A fin de cuentas se trata de más variables de conocimiento. No es casualidad que la capacidad de adaptación de los seres humanos, directamente dependiente de su capacidad de aprender, refiera de inmediato a su capacidad de aprovechar no solo las circunstancias del medio por sí solas sino, sobre todo, la comunicación misma, factor determinante de su sociabilidad. El diálogo con nuestros pares es nuestra principal fuente de conocimiento sobre situaciones y circunstancias que aunque no compartimos al presente, tarde o temprano podríamos experimentar, o de las que podríamos aprender por simple analogía. De hecho, la abstracción, la extracción de la experiencia de la vivencia es producto del trabajo con el lenguaje; se aprende por medio del diálogo.
Desde las más remotas leyendas genésicas a las más recientes aventuras de héroes de series de televisión, lo que vemos es una y otra vez el paso de lo incierto a lo cierto: un individuo o un grupo de personajes que atraviesan un problema en apariencia insoluble; la configuración de cierto tipo de orden –que, por lo general, cuando se trata de una obra de calidad artística, se presta a la proposición de nuevas y más hondas interrogantes–. Por su parte, la Historia –otro tipo de ficción, en tanto construcción del lenguaje– dice lo propio en el mismo sentido: el recuerdo ordenado, la búsqueda de causas en los hechos se orienta a la comprensión del presente y a la mayor previsión posible del futuro, en las más diversas circunstancias. Verbigracia, la epilepsia de Julio César y el asma de Proust, pintan mucho más significativas de lo que cabría suponer desde una perspectiva utilitarista evidentemente parcial, y ni qué decir de los testimonios de sobrevivientes a trances o alteraciones graves de conciencia, o el tratamiento de procesos de afasia, para no citar a moribundos del Gulag…
La razón es una herramienta primordial, pero no constituye un fin en sí misma y no alcanza sola para entender –que no comprender– la complejidad de la vida. En todo caso, resulta paradójico que en la medida en que hacemos nuevos descubrimientos y abrimos puertas a nuevos conocimientos, establecemos, también, así sea por breve plazo, nuevas fronteras. En efecto, ampliamos nuestro uso de lenguajes y así, nuestro mundo. Más allá de la razón y, acaso, de la autoconsciencia. No sometemos la realidad al lenguaje tan simplemente como pregonan ciertos discursos. De hecho, el pensamiento crítico opera en primer lugar sobre el propio discurso.
La perspectiva del psicoanálisis, en tal sentido, reconoce una limitación propia que el resto de perspectivas parece generalmente obviar: un campo detrás del lenguaje, a la vez, una suerte de meta lenguaje. Su aprovechamiento en el ámbito de la Educación es necesaria.
Conocimiento no equivale a realidad, salvo en cuanto a objeto de comunicación, objeto cognoscible, una vez conocido, comunicable, aunque parcialmente, a través del lenguaje. El conocimiento solo equivale a realidad en tanto realidad lingüística. Todo reduccionismo implica, se obvie este hecho y que, por tanto, se atribuya a un determinado lenguaje, más puntualmente, a los términos de uno u otro enfoque, carácter constitutivo respecto de la propia realidad.
El método científico promueve la evaluación permanente. Por su parte, el pensamiento filosófico se constituye como tal, merced del muy humano afán cuestionador. La idea de que el conocimiento es uno solo, y la verdad, absoluta, producto de una sola visión, compromete no solo el más básico rigor científico, sino, como es claro, la propia vocación filosófica, mientras de paso, pone en duda la intransmisibilidad de cualquier probable esencia humana, y la incomunicabilidad de algunas de las más sencillas vivencias, detrás de toda experiencia.
En el ámbito del arte, el lenguaje es llevado a sus límites y cuando esto ocurre es posible reconocerlo precisamente como límite, pero también, además, como una suerte de portal, de paso a otros ámbitos. A través del arte, el ser humano cuestiona la realidad misma a partir del lenguaje, contra el propio lenguaje. El arte de verdad no complace; seduce y cuestiona. Debemos educarnos en materia de arte.
Lo desconocido, manifiesto como fuerza salvaje en el caos al margen del lenguaje, conforma lo que conocemos, puesta la vista en el pasado, como la noche de los tiempos y, ciertamente, constituye un ámbito sin tiempo. Siguiendo a Wittgenstein, el lenguaje amplía nuestro conocimiento y, por tanto, nuestro mundo; sin embargo, este proceso acarrea consigo el riesgo de la simplificación excesiva, pecando en la complacencia de la conciencia racional por medio de figuras irreales y que niegan la realidad, por esto mismo, al margen de la noción del lenguaje como instrumento y medio de aproximación a la realidad. Surgen de ello, tanto el determinismo en el campo de las ideologías, como el fraude de la decoración complaciente y múltiples mamarrachos pasados como supuestas obras. En todo caso, la negación de ese ambito oscuro, de nuestras propias limitaciones y de las condiciones que desafía la voluntad, comprometen nuestro entendimiento de la realidad; ciertamente nos aliena.
El conjunto de rasgos que, en última instancia, diferencian a una persona de otra, corresponden a la personalidad. Si aceptamos que esta se deriva del espíritu, atribuiremos a su gracia la capacidad de autoconsciencia, así como la de aprehender el sentido de la vida. Si, por otro lado, obviamos el término espíritu para referir el origen de estas mismas capacidades, tendremos que reconocer entonces que surgen de una suerte de ámbito de consciencia, de momento, desconocido, pero fácilmente reconocible como congruente. Finalmente, si postergamos la cuestión de un origen como determinante del valor humano, aún en el logos, en el instinto articulador y el llamado instinto del lenguaje, veremos que aquellas capacidades, cobran congruencia al margen de todo determinismo, sea este genético, simplemente evolucionista o de cualquiera otra índole. La autoconsciencia y la capacidad de atribución de un sentido que permita articular la realidad y orientar el proceder, la conducta y, en general, cada acto humano, la facultad de hacer congruente el ser con el obrar –para emplear términos al modo de Marina Tsvietáieva en sus versos y su prosa–, se encuentran en lo más recio del nudo de las preguntas últimas. Adonde conduce el pensamiento crítico.
Las definiciones nunca dejan de ser solamente construcciones lingüísticas, de manera que no pueden ser fines en sí mismas, meras representaciones, ya no solo de ciertas ideologías, sino de un montón de impulsos idealistas, igualmente infundados en última instancia, que cualquier dogma religioso. Las definiciones son aproximaciones graduales. Se procura en ellas, categorías lo más apropiadas posible, lo mismo que diferencias específicas lo más versátiles posible. Si vamos a definirnos a nosotros mismos, ¡cuánto más cuidado! ¡Pero cuánta más apertura, también a perspectivas distintas, cuánta necesidad de diálogo!
La apertura de uno para con el otro es clave de todo aprendizaje; por esto mismo, definitivo en cuanto a nuestra capacidad de adaptación. De hecho, la incorporación de nociones distintas a las propias, el entendimiento de diferentes realidades por medio de diferentes lenguajes, da pie, conforma en buena cuenta eso que con cierta frecuencia llamamos nuestro crecimiento. En efecto, por medio de esta apertura incorporamos a nuestro conocimiento consciente e inconsciente distintos elementos que, sin embargo, ni ocupan ni mucho menos reemplazan a nuestra llamada esencia, nuestro ser. Al incorporar dichos elementos, digamos a nosotros, los incorporamos en realidad a nuestro mundo, pero en un doble sentido: al mundo de la persona humana en general, con nosotros en el rol de agentes de este crecimiento, y al mundo personal de cada quien, en particular, a través de la experiencia incomunicable de nuestro ser.
Una y otra vez: pensamiento crítico. Se trata de formarlo. Este constituye en sí mismo un sistema de conocimientos efectivo para la realización de diversos juicios de valor debidamente sustentados. Se basa principalmente en una red intertextual, pero compromete también múltiples dimensiones de la persona, incluidas por supuesto, las que no operan solo a nivel racional. El pensamiento crítico es siempre perfectible y, en buena cuenta, representa la suma tangible de los más diversos aprendizajes, orientados en procura del bien de la persona y de la sociedad; en tal sentido, garantiza la adaptación del ser humano así como su permanente superación.
Es el pensamiento crítico el que permite el diálogo, con nuestros pares y con la palabra de los autores de los más diversos textos. Permite la revisión constante de clásicos y la justa ponderación de otros textos más recientes. Su desarrollo es, por lo expuesto, quizá, más necesario que nunca. Labor de educación.



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