Lo que importa: Sobre la película Call Me by Your Name

Por Mauricio Jarufe
 
Contemplar. Y fijarse detenidamente. Apreciar el detalle. Sentir la música, los rayos de sol, el viento. Todo aquello que compone un día cualquiera. Una mirada. Un suspiro. Algo de Bach interpretado al piano. Algún verso de un maestro grecolatino… Cada elemento cuenta por sí mismo y aporta al conjunto más que cantidad. Cualidad sobre cualidad.
Es con el detalle que se construye lo que conocemos como amor, o una historia al respecto.
Hoy, en una era de lamentable saturación, en la que incluso viene bien hablar de consumo masivo y hasta de malversación del romance, no importa tanto. Aunque Call Me by Your Name no es precisamente una historia de amor, sí lo es sobre el asombro. En relación al amor. El descubrimiento de sensaciones y sentimientos. A partir de ellos, de probables respuestas a las preguntas últimas.
Ahora bien, la curiosidad más sana conduce, si fructifica, en cierto gozo, pero también en dolor. No por nada, las respuestas yacen a veces donde no esperamos quepa, se revelen. En el silencio, por ejemplo; en lo que no se dice. Y en lo que no es posible decir.
He aquí que entra a tallar la contemplación. A través de ella es posible dar con lo implícito, con lo escondido, lo que de pronto asoma por detrás de la niebla, del ruido…
 
 

En algún lugar del norte de Italia, la rutina. El ambiente, siempre tranquilo. Los días, sin novedad. Elio es joven, brillante. Y aburrido. Disfruta de una jornada veraniega, por lo demás incansable. Lee, hace un poco de música, sale con alguna chica, y apenas más.
Cada verano, su padre, un reputado arqueólogo, recibe a algún estudiante extranjero que realiza su pasantía. Este verano, se trata de Oliver, un joven estadounidense. Inteligente, guapo, y arrogante.
Lo que en un principio Elio toma por rechazo hacia él, de a pocos torna en certeza de algo muy distinto. En efecto, conforme pasan más tiempo juntos, va cobrando forma entre ambos, una conexión especial.
James Ivory, quien adaptó antes A Room with a View y The Remains of the Day, reescribe en la pantalla, la novela homónima de André Aciman sirviéndose inteligentemente de la imagen, dispuesta precisamente a la contemplación.
Atendemos de a pocos, del fenómeno.
 
 
Las imágenes invitan a un caudal considerable de evocaciones, más allá, claro, de las diferencias específicas con cada experiencia en particular. El amor, aquí, como dice Lena (Marin), “es retratado en la fugacidad de su perfume, en la estela de su toque embriagador”.
Naturalidad. Profundidad. Trabajadas escena por escena. Trabajo silencioso, en el silencio del subtexto. Estudio detenido de las miradas. Los encuentros nocturnos. Planos generales –reitero: en silencio–, juegos varios de enfoque sobre naturalezas muertas, en aquello que a priori, catalogamos de poco importante. Cobra vida lo habitualmente inerte. Cobra significado por la visión. Esta es la magia de los desplazamientos. Toma por toma.
Las conversaciones, desnudas, desprovistas de mayor afinación, en apariencia. Las escenas musicales, en un baile, una canción o una tocada, aparecen de improviso, casi como exabruptos del ritmo original. Las risas, las bromas, las confesiones, como si ningún norte las orientara, ni qué decir de un paradigma. Solo están allí. La cámara no corta, la edición no entorpece el efecto o lo limita.
Cito de vuelta a Lena: “En el amor, la plenitud; en la plenitud, la ausencia de tiempo. En la representación narrativa del amor, la traición de la narración, del lenguaje: poesía. Un reto.”
Espontaneidad. Que cualquier cosa parezca desprovista de planificación, de trazos nítidos, de guión que oriente los sucesos. Todo, tan delicadamente insertado, que parece provenir de la nada.

 

 

Esto, por supuesto, implica un costo, ciertos sacrificios. Uno de ellos se nota quizá en las formas: Call Me… resulta a fin de cuentas un film lento, tal vez demasiado; discreto, tímido  en lugar de íntimo y escueto en cuanto debería ser más bien, elocuente: en cuanto al drama.
Guadagnino, en este trabajo, se toma su tiempo. El film no solo desarrolla su trama, sino su discurso en sí mismo, bastante de a pocos. ¿Deja los cabos demasiado dispersos, la confluencia de significados sin garantía? A menudo es necesaria cierta firmeza en la conducción: una estructura sutil, muy sutil, para asegurar el sentido, el entendimiento del motivo. ¿Es excesiva la demanda a la audiencia en este film? Conviene recordar que la complicidad no surge allí donde se desconoce alguna orientación, al menos, para las acciones propuestas.
Entonces, ¿dónde están las riendas de este supuesto trance…? ¿Se trata, a lo mejor, de una invitación a dejar en reposo nuestro lado más cartesiano?
Volvamos a la imagen, a la aparición y al desplazamiento (menos como danza que como acontecimiento apenas grabado: efectivamente, como captura).
Miradas. Cada plano fijado en el rostro de Timotheé Chalamet. Tal vez sea esta la prueba. El elenco todo, es capaz de adaptarse a una cámara entrometida, que entra a hurgar en cualquier momento y que puede enfocarse de pronto en la más débil inflexión o el más recatado gesto.
Funciona. Como cine, basta. Chalamet es solvente. Su rostro contrariado y receloso al fijarse en Oliver. Su actitud perdida al no saber cómo conducirse a partir de lo que siente. La sonrisa, jovial e inesperada al sentir el tacto de esas manos que no son las suyas. Y el film también funciona como estudio, uno afilado, minucioso, de quién es Elio y qué representa, con la clave en cualquier close-up de Guadganino.

 

 

Nostalgia. Y tradición.
¿De qué fuentes abreva esta obra?
El amor por lo clásico. La sensación de pertenecer al pasado y de que este cobra forma en el deseo de siempre. Porque visto así, acaso el deseo se manifiesta a través de cada carne, como el lenguaje en realidad nos habla a todos.
Los personajes se aferran a un mundo preexistente, ficción que explica su presente, que les depara, además, confort. Cruzan sus líneas lo antiguo y lo que entretiene.
Cualidad sobre cualidad: Literatura, artes visuales; la música. Una versión renovada de la vida a la italiana en plácida estampa. Dolce far niente. Y abandonarse, en el otro…
El otro. Llamarlo por el nombre propio.
En teoría, siempre se trata del primer amor; sin importar la edad o las relaciones pasadas o futuras, cada caso, único: una conexión que perdura, a través de los diez mil amores del mundo entero, el único gran amor, el clásico, que gusta y que duele.

 

 

Para Ivory, lo mismo que para Aciman, la soledad se amplifica en función del contacto, o al tiento de contacto con los demás. Mientras más se estrecha la relación entre Oliver y Elio, más conscientes son de lo efímera que resulta su esmero. Y mayor la pasión con la que evocan sus propias memorias –cada beso, cada caricia; las noches juntos; un viaje de a dos– con mayor violencia se revela lo cerca que está todo de acabarse. “Un grano de arena más en la playa del paraíso. Y la infinita sombra de Proust sobre Aciman…, y sobre este cine.”
¿Qué queda? La memoria. La historia. Y detrás de ella, la verdad.
El verano como estación que define el destino de los protagonistas, como ilusión, del ingenuo, que debe acabarse… Como toda melodía.
La música de Sufjan Stevens, imponente como la ola de la experiencia misma, suma también. Como, de otro lado, el trabajo impecable de Chalamet. Todo para probar, y con gusto, que acaso no contra el silencio, sino a través de él, es posible decir tanto, sino todo. Lo que en verdad importa.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *