Acaso viejas palabrejas: De la virtud como experiencia del conflicto

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
En diversos medios, entre declaraciones de buenos propósitos, reclamos de padres preocupados por hacer de sus hijos “personas de bien”, así como entre eslóganes de ofertas de amplia variedad de centros educativos, es de lo más corriente darse con eso de formación en valores. De algún modo el término valor ha venido a sustituir, tratándose en efecto, de un vocablo más versátil y manejable, al de virtud. Confusión de hondas implicaciones. Un valor, a fin de cuentas, refiere a una u otra cualidad apreciada según un determinado círculo, de modo que dicha apreciación, obviamente parcial, juega al caso un rol determinante y es fácil de manipular. Antes, en cambio, era más común que se hablara de virtudes, si bien a menudo, lamentablemente, como ocurre en varios sitios todavía, como parte de una enseñanza dogmatizante y por tanto cerrada, paradójicamente, a la práctica misma de las virtudes, la que se da fundamentalmente en y para el diálogo, para el entendimiento a través de las diferencias en pos de una convivencia lo más armónica posible.
 
 

El cambio no ha de extrañarnos, pero conviene aprovechar la oportunidad: da pie a una serie de cuestiones a partir de las cuales es posible explorar más a fondo procesos como este y otros análogos, así como para disponernos mejor a dar con propuestas en materia de educación, que acaso aprovechen mejor conocimientos, se diría, en apariencia, antiquísimos… ¿Pero es que remontarnos a Sócrates o antes incluso, de a él, refiere de veras a volverse un buen tramo en el camino recorrido hasta hoy por la humanidad? Depende de la perspectiva, de en qué medida nos consideramos referente franco del tiempo, de la evolución. Hace relativamente poco que se habla de la virtud conforme la entendemos actualmente, no obstante, este concepto ha mantenido su vigencia debido a la sencillez inicial de su planteamiento, a su plasticidad, producto, de innumerables experiencias anteriores, no documentadas, a más de veinte mil años de experimentación con el conflicto.
Entonces, ¿qué importancia tiene hoy hablar de virtudes? ¿Por qué habría de ser importante trabajar la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza –por señalar las cuatro cardinales, según el cristianismo, sobre la base de su interpretación de Aristóteles–  para alcanzar la plenitud, uno mismo como persona? Finalmente, ¿qué cabe hacer en concreto si uno es encargado de la crianza y la gestión de aprendizajes en niños y otros estudiantes, si piensa desarrollarlas?
La palabra virtud proviene del latín virtutem, que refiere al valor, específicamente al valor físico, pues se relaciona directamente con la raíz vir. Así, señala en primer lugar al varón, al hombre viril, al guerrero, y refiere a las cualidades que la sociedad consideraba propias de la masculinidad por excelencia, a las que en conjunto permitían referirse a uno como hombre probo. A través de Sócrates y, más tarde, con Platón, el término amplía su alcance y acaba perfilando más bien una forma de sabiduría: la concepción del bien, de la justicia, del valor y de la piedad corresponden al conocimiento deseable, ideal de todo ciudadano. De tal forma se superaba el relativismo con el que los sofistas referían a la virtud y su variedad, logrando una suerte de discurso único plenamente congruente.
Es pertinente tomar en cuenta que dicha unificación no se debe precisamente a una invención original de Socrátes, sino al resultado de una lenta síntesis, de la recuperación de principios tradicionales, entendiendo estos como legado de la experiencia de varias generaciones anteriores, con fruto en la civilización relativamente equilibrada en la que finalmente tuvo lugar el enfrentamiento entre el maestro de Platón y otros pensadores.
Platón acepta la identificación socrática entre virtud y conocimiento, por tanto, su fundamento en el diálogo y la razón. La virtud como purificación es planteada luego en Fedón: El hombre virtuoso es aquel que limpia su alma de las pasiones y de los desórdenes que el cuerpo provoca cuando no media la razón, es el que se vuelve, por tanto, hacia el ámbito de las ideas. Esto implica un proceso de abstracción por medio del lenguaje que, de hecho, distingue al ser humano como tal, y que lo condiciona, habida cuenta su limitación como representación de la realidad. En efecto, es posible comunicarse sin engaño por medio de diversos lenguajes, siempre que aceptemos las limitaciones de cada uno de ellos como sino de la invención humana, al que se contrapone nuestro común afán de trascendencia. Finalmente, la identificación de la virtud como armonía se desarrolla en la República. Tanto esto último, como lo de líneas arriba, resulta bastante claro, redunda en la importancia de la virtud como práctica que enriquece a la persona, permitiéndole alcanzar la plenitud de sus facultades en beneficio propio así como en el de su comunidad, la comunidad misma capaz de diálogo, de gestionar conocimiento.
Bien sabemos que la vida virtuosa, esa que los griegos bautizaron, en caso se alcanzase la excelencia, areté, se debe a la práctica permanente. Y constituye más un camino que un estado, un desarrollo perfectible no solo en efecto, sino a nivel metacognitivo. Como el periplo de Odiseo a Ítaca, en la voz poética de Cavafis.
La práctica concreta de las virtudes se da sobre todo en el diálogo y en la acción como manifestación del discurso propio de cada quien, congruente en tanto se orienta, lo más esmeradamente posible, en beneficio de uno mismo y de los demás: eso que no es difícil entender como bien común (aunque sea puesto una y otra vez en entredicho, porque resulta precisamente del diálogo en que se aplica prudencia, fortaleza, justicia y templanza). Aristóteles entendía la ética como un saber práctico a partir de un planteamiento teleológico: se orienta a lograr la armonía y la mejor convivencia posible entre los individuos. Es este un ejemplo de discurso congruente que sobrevive con notable vigencia. ¿Por qué entonces se habla menos de virtud, hoy? ¿A qué espacio ha quedado relegada la virtud, si en efecto ha sido desplazada a un ámbito menor o solapado?
Según el enfoque humanista, que bien aprovecha el Programa de Bachillerato Internacional, por poner un ejemplo de rigor académico a nivel de educación básica, la gestión autónoma de aprendizajes, objetivo mayor del proceso formativo, encuentra su forma más acabada en el desarrollo del pensamiento crítico. El pensamiento crítico consiste en la articulación congruente de conocimientos a partir de la cual es posible construir nuevo conocimiento; es decir, a la elaboración de un sistema propio de organización de aprendizajes a través del cual es posible ejecutar un plan y evaluar sus resultados en ámbitos, ante situaciones y enfrentados a textos nuevos cada vez. Pues bien, esto no es posible sin el diálogo ni mucho menos; en efecto, se desarrolla precisamente por medio de la educación para promoverlo. Su aplicación se orienta a la mayor apertura posible de pensamiento, sin descuidar para nada, merced de la responsabilidad que conlleva todo conocimiento, la probidad académica y la llamada mentalidad global, a los principios que hacen sostenible la vida en comunidad, con centro en el individuo y su diversidad.
Se desprende de ello, como de cualquier enfoque moderno coherente, fruto de la evaluación constante y del diálogo recurrente con la tradición de que abreva, que las situaciones comunicativas por excelencia para promover el pensamiento crítico entre los estudiantes son las que promueven el diálogo a nivel interpersonal, cercano, así como la labor colaborativa por medio de la representatividad consensuada o democrática, con base, ante todo, en la introspección y la reflexión personalísima. El recorrido entero de la ciencia, y en general del pensamiento teórico, de Ortega y Gasset a Piaget y de Freud a Pinker, así como de Heidegger a Todorov, con paso por Steiner, nada más a partir del Siglo XX, ha venido a confirmar que el proceso mediante el cual la valoración de la experiencia individual, si y solo si, participe del diálogo en beneficio de la comunidad (y en atención de otras comunidades diferentes), representa el camino menos arriesgado, más seguro en tal sentido, para el desarrollo sostenible de la humanidad.
Pero antes, al hablar de virtudes se hablaba menos de gestionar aprendizajes, y se decía incluso inculcar. ¿Qué hay de esto? El ahínco con el que, por antonomasia, se inculca, así como la terrible lasitud con la que se deja entrever la unidireccionalidad del proceso, como mera enseñanza, es a todas luces inconveniente. Con enorme facilidad, el afán de inculcar desbarra en flagrante despropósito: el bien común se entiende a través del diálogo, con base en la diferencia, con fin en la conciliación menos perjudicial y más beneficiosa posible para unos y para otros. El bien común constituye, en efecto, un bien en sí mismo, incluso para quienes no participan de uno u otro juicio, precisamente porque a su modo, pudiendo postular su propia forma, también lo persiguen. La relativización excesiva de nuestros tiempos –acaso eco del afán de los primeros sofistas–, en que se ha optado por términos menos problemáticos que virtud, ha acabado peor todavía, prefiriendo vocablos de lo más imprecisos, en exceso amplios, prestos a la complacencia clientelista, dados al amén de cualquier parcialidad, de cualquier esbozo timorato de perspectiva, todo lo cual ha reducido considerablemente la disposición al diálogo y, de hecho, acabó, en las alas de lo políticamente correcto, en su más atronadora negación.
A propósito, que hoy los medios de comunicación nos permiten, como suele decirse, estar más conectados que nunca, no debe llevarnos a confusión: contacto no equivale a entendimiento. Aunque contamos con facilidades antes inimaginables para generar, como por arte de magia, espacios para el intercambio de ideas, espacios en los que la tolerancia y la capacidad argumentativa habrían de representar manifestaciones inequívocas de las virtudes, es el caso que cada vez se dialoga menos y se pelea más: se acepta y debate menos y se censura y denuncia por la espalda, más; se cuestiona menos y se adoctrina más.
Acaso la situación deba ser con urgencia aprovechada como motivación para el retorno al diálogo, especialmente para hacer de los centros de estudios, auténticos espacios para la gestión del conocimiento, centros de educación en responsabilidad, particularmente, en aras de devolver pleno sentido a su nombre, las universidades.
En aulas, concretamente: Foros socráticos, modelos de debate, representaciones teatrales de situaciones de conflicto, composiciones artísticas sobre problemas ajenos, situaciones de reflexión acompañada por un guía preparado, procesos en que la autoevaluación se promueve igual que la coevaluación y la evaluación de apariencia clásica, si bien con renovada confianza en la unicidad de criterios con la que esta se aplica, por consenso, constituyen ejemplos claros de estrategias altamente recomendables para la formación de los estudiantes, cualquiera sea su edad. En general, las situaciones de conflicto son las más aprovechables. Pese a que suene a cantaleta, a supuesta revelación de Perogrullo, la necesidad con base en el interés tangible de la asociación, a la vida común entre pares, atendiendo al contexto cambiante, debe conservar el centro como motivación estudiantil; de tal forma, se presta al logro de verdaderos aprendizajes significativos a través de la experiencia en ámbitos debidamente controlados. Por supuesto, la aplicación de estrategias como las puestas antes en lista requiere de considerable preparación por parte de los docentes, ¿pero es que acaso podría ser de otro modo? Las recetas simples fomentan páramos. La virtud refiere, de hecho, a la capacidad de juicio con la que cada individuo procura obrar atendiendo siempre lo concreto, lo esencial, lo significativo y lo referente, como no lo hace el autómata, el mero ejecutor.
Por otro lado, el hecho de que se pretenda exponer las virtudes cada una por separado, acarrea problemas innecesarios. La aplicación del conocimiento del bien, la justicia, el valor y la piedad, por volver a Platón, solo es posible en tanto se reconoce las virtudes como construcciones conceptuales con las que se espera encaje una serie de conductas. Es condición indispensable para que se las aprehenda, que vistas así, se las ponga en juego transversales unas a otras y en variable  multiplicidad de momentos, mediando además para ello, la reflexión permanente. Por tanto, aunque es recomendable concentrar la explicación de cada una de las virtudes por separado, es decir, el diálogo sobre su planteamiento teórico, las prácticas no pueden referir a una de ellas desplazando en lo más mínimo a las demás; en este caso se corre el riesgo de generar una confusión de efectos lamentables: el acartonamiento de conceptos más bien flexibles, altamente adaptables; un despropósito, pues la amplitud, la flexibilidad y adaptabilidad de las virtudes son las cualidades que las hacen precisamente menos relativizables y más comúnmente útiles; digamos, justamente  universales.
Se trata de diálogo. Como desde un principio, cuando se cuestionó Sócrates y antes que él, quienes forjaron la tradición de errar y evaluar cada nuevo paso. Para seguir aprendiendo, por uno mismo y por los demás. A fin de cuentas, en lo que coinciden los clásicos, nuevos y antiguos, es que se trata de un camino: un diálogo que no cesa, en lo posible, hacia adelante.
 
 

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