Cuestión de cuestionar: Sobre la motivación en aulas de Literatura

Por Juan Pablo Torres Muñiz
  
Un breve ejercicio de imaginación:
De pronto, abrimos los ojos. Ante nosotros, un cruce de calles desconocidas, y a nuestro alrededor, movimiento: gente desplazándose, unos van y otros vuelven, cada cual adonde sus asuntos la requieren o adonde el ocio los invita.
Lo primero que hacemos, claro, una vez nos reconocemos perdidos, sin un paisaje ni monumentos a la vista que nos puedan servir de referencia, es buscar carteles, la portada de un diario o de una revista, algún texto que nos permita saber… Y si no es posible o, peor aún, si lo que vemos está escrito en un idioma para nosotros desconocido, buscaremos contacto con alguien, intercambiar palabras con quien sea nos entienda.
¿Cabe alguna duda? Así estamos requetebién motivados a aprender el nuevo idioma, así como los demás lenguajes de uso en esa supuesta locación.
Es esta una forma de empezar el curso con los estudiantes, salvadas las distancias con la atrocidad de aquella escena. La forma del ensayo nos permite, sin mayor problema, desarrollar el tema apoyándonos en el testimonio, en la experiencia significativa; esta se prestará a diálogo, con miras a responder: ¿cómo motivar a los estudiantes de los distintos niveles de educación, especialmente en cuanto a Lengua y Literatura?

  

Bien, quien ingresa a clase debe reconocer que, aunque cuente con un determinado nivel de dominio de su lengua natal, hay sin duda quienes tienen uno mayor, y que esta misma condición, la del dominio del lenguaje a distintos niveles, más allá incluso del idioma, determina el quién es quién de cualquier sociedad; cuál el rol en sociedad de cada individuo. El habla, la expresión corporal, la forma de observar, se prestan sin más como muestras claras de nuestro nivel de educación, pero son en realidad manifestaciones de algo mucho más profundo. En efecto, la vocación en sí misma refiere al lenguaje con y para el que esa misma suerte de voz interior, vocatio (de vocare) nos lleva a obrar en un determinado ámbito; los distintos oficios y las más variadas profesiones refieren al dominio de un determinado lenguaje, el propio de su área de conocimiento. Por tanto, el hecho de que cada estudiante sea consciente de que, al margen de su más honda particularidad, depende como todos del lenguaje para vivir, y no solo ya para sobrevivir, resulta decisivo.

Pero vamos por el principio. El término motivación proviene de la combinación de los vocablos latinos motus (movido) y motio (movimiento); conforme la Filosofía y la Psicología, refiere a los conceptos de voluntad e interés, de modo que, básicamente, es posible definir motivación como aquello que, como estímulo, valioso por el significado que le ha sido atribuido por el sujeto, impulsa a este a realizar ciertas acciones y/o a mantener una conducta, hasta cumplir los objetivos que se haya planteado. De manera que al abordar la motivación en tanto proceso educativo, parte importantísima de la gestión de aprendizajes, nos vemos desde el principio directamente inmersos en un fenómeno de significación, en la médula misma de otra disciplina: la Lingüística. Y nos conviene.
Dejó dicho, Gadamer: «Así como el aprendizaje del habla es en el fondo un constante ejercicio de expresiones y temas, también nuestra formación en creencias y opiniones es un camino para moverse en una estructura preformada de articulaciones significativas» (1996).  En tal sentido, corresponde al profesor un rol más allá del de promotor; ha de ser acompañante y, como tal, agente que hace camino con el sujeto protagonista y aporta a la labor de ambos, a la labor conjunta (la del desarrollo de nuevo conocimiento), lo diferente que aquel, cuestionándolo, orientándolo por medio del diálogo al desarrollo autónomo de sus propios aprendizajes; finalmente, a entender y gestionar el modo en que va descubriendo, aprende para sí y para los demás.
Para desempeñarse apropiadamente en este papel, el profesor debe, en primer lugar, encarnar al usuario adelantado, ejemplar pero astuto, del lenguaje. Si cumple con ser un observador atento y lee apropiadamente al estudiante, atendiendo precisamente a su lenguaje particular –el que seguramente, por sí mismo, no entiende del todo–, si hace esto y se lo demuestra a través del comentario agudo, de frecuentes adaptaciones en el diálogo (muestra inequívoca de anticipación), de medidas provocaciones y del humor, con toda seguridad hará de este, primero, un atento colaborador, luego, un partícipe activo del proceso de aprendizaje y, finalmente, un entusiasta impulsador del trabajo de sus pares, exigente, ante todo, con el docente.
La atención que pone en cada estudiante, más precisamente, la conexión que establece con cada uno de ellos a partir de la lectura atenta de su particular uso de diferentes lenguajes, lo mismo que la lectura que hace del resto de condiciones de trabajo en tanto circunstancias aprovechables como oportunidades estratégicas, ha de quedar develada en sus mecanismos internos; debe mostrar al estudiante cómo funcionan, con la mayor frecuencia posible. Cada estudiante debe saber, por tanto, que el profesor, en el entorno controlado en que se dan las clases, lleva ventaja en tanto emplea más efectivamente el lenguaje: con precisión y agilidad, con prudencia y contundencia, según su intención comunicativa, y acorde lo requieren las más variadas situaciones comunicativas. En este mismo sentido, resulta conveniente que el estudiante entienda del modo más directo posible, si bien con la debida atención a su sensibilidad, que la inteligencia consiste precisamente en la capacidad de interconectar información y orientarla efectivamente al logro de determinados objetivos, a través de ciclos cada vez más hondos de evaluación. Del mismo modo en que una computadora es mejor –y más valiosa– por la velocidad con la que es capaz de procesar información ofreciendo resultados (muchos de ellos, nuevas y más fértiles interrogantes), y no solo poder almacenar enormes cantidades de datos, ha de entender que la evolución misma ha hecho de nuestra especie, de nuestra cultura y de nosotros como personas, más aptos cada vez, más competentes, por nuestra habilidad de generar y articular conocimiento.
Esto último resulta especialmente importante para el proceso de motivación. La competencia para la articulación de ideas, no es sino el fundamento de la escritura. Por tanto, si exponer la habilidad de uno en este sentido a través de la expresión oral, es importante, pero lo es más aún que lo haga en la elaboración de textos escritos. Con ello, nos referimos no solo al material que debe preparar por sí mismo para el desarrollo de las sesiones de aprendizaje, sino también a los que habrá de elaborar junto con los estudiantes, no solo en los procesos de evaluación y coevaluación, sino en ejercicios de composición conjunta. Digamos que se trata de un punto no negociable: es absurdo esperar motivación alguna de un profesor que no demuestra su habilidad de escritura como acompañante.
Cuanto más explícito haga el profesor, el funcionamiento de los principios del lenguaje verbal y no verbal, cuanto más próximos los ponga a los estudiantes, más oportunidades tendrán estos de experimentar con él, en primer lugar, entendiendo que el error no es sino un paso más hacia la perfección de los textos –y esto porque el profesor debe escribir con los estudiantes, de simples borradores, corrigiendo y editando, hasta composiciones complejas– y, segundo, atreviéndose a cuestionar el modo en que opera el propio docente, con el lenguaje. Llegado este punto, nos vemos, de hecho, ante una reacción 
positiva: hemos de saber que se debe al reconocimiento indirecto de un uso del lenguaje propio, en mayor o menor grado.
Volvamos a Gadamer, esta vez con una cita distinta: «… el hecho de que nos movamos en un mundo lingüístico y nos insertemos en nuestro ámbito a través de la experiencia lingüísticamente preformada, no nos priva en absoluto de la posibilidad de crítica. Al contrario, se nos abre la posibilidad de superar nuestras convenciones y todas nuestras experiencias pre-esquematizadas al aceptar un nuevo examen y un nuevo diálogo con otros, con los disidentes» (1996). Efectivamente, la clave es el diálogo. Se trata no solo de fomentar la conversación ágil a través de un uso solvente de recursos de oratoria, sino también de emplear al máximo, pertinentemente, nuestra capacidad de referencia intertextual, con alusiones significativas a la mayor cantidad de textos posible. Llevar la atención de los estudiantes a fuentes más hondas de conocimiento: textos que trascienden su época y lugar de origen.
Acorde a lo dicho antes en otro ensayo publicado en esta misma página, conviene reconocer a la tradición de la ficción, a la literatura en sus distintas formas, como medio para la transmisión de conocimientos en atención de distintos niveles de comprensión de los textos –asombrosamente sofisticada si tomamos en cuenta la antigüedad de su aparición–. Así, la elección de la ficción para la comunicación de experiencias parte del reconocimiento de los límites propios del lenguaje, útil a nivel literal solo circunstancialmente, efectivo a nivel inferencial, fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico, precisamente a nivel crítico, y especialmente significativo para entender la realidad, merced de una comprensión a nivel metacognitivo.
El asunto toca incluso a la dignidad, al trato entre pares, y conviene recordar, al respecto, que estudiantes y profesor forman parte del mismo equipo de aprendizaje, lo que al caso, una vez puestos en juego el lenguaje como medio de cuestionamiento, los equipara en oportunidades, si bien no en alcance, dado el mayor conocimiento del conductor, situación en la que ya se hizo hincapié. El buen clima de aula, el clima motivador, depende en efecto de la capacidad comunicativa de todos, empezando, claro, por el docente. El principio para la motivación general, en este sentido, es el siguiente: Cada ser humano puede, en determinado momento, potencialmente, generar una imagen de la realidad a partir de su experiencia; representa para los demás integrantes de la especie, una fuente de conocimiento invaluable. A fin de cuentas se trata de más variables de conocimiento. No es casualidad que la capacidad de adaptación de los seres humanos, directamente dependiente de su capacidad de aprender, refiera de inmediato a su capacidad de aprovechar no solo las circunstancias del medio por sí solas sino, sobre todo, la comunicación misma, factor determinante de su sociabilidad. El diálogo con nuestros pares es nuestra principal fuente de conocimiento sobre situaciones y circunstancias que aunque no compartimos al presente, tarde o temprano podríamos experimentar, o de las que podríamos aprender por simple analogía. De hecho, la abstracción, la extracción de la experiencia de la vivencia es producto del trabajo con el lenguaje; se aprende por medio del diálogo. Cuánto mejor si es con textos de gran profundidad.
En efecto, subrayamos, aunque huelgue decirlo: El profesor ha de ser, como observador, pero también académicamente, strictu sensu, un gran lector.
En una obra literaria, la verdad de la palabra, equivale a la verdad del autor respecto de la realidad; el autor la descubre también y ante todo para sí mismo, mientras la desarrolla y la ofrece al medio –casi siempre, sin pensar en nadie en concreto–. La misión, de hecho requiere de enorme firmeza: integridad ante la tentación del disimulo, la complacencia y el mero lucimiento. Así, un buen texto exige disposición plena, entrega al motivo provocador, a la cuestión que revuelve al propio autor, que entonces se ve a sí mismo, a menudo, como una suerte de médium, habida cuenta la universalidad de los asuntos que le ocupan.  
Llegado este punto, queda claro que cuestionar equivale ya, a motivar. Bien, hay dos maneras de cuestionar. La más directa, menos sutil y, por mucho que se la aderece, menos desafiante, formulando una pregunta directamente. La otra, siempre provocadora, se da afirmando ante el otro una posición problemática, merced de la cual, cada quien ve cómo plantearse a sí mismo la pregunta de fondo y demás que la acompañen…, según el impacto. Desde luego, nos referimos a la motivación de la escritura como ejercicio literario.
Finalmente, recomendamos especial cuidado, una vez nos vemos en el plano creativo. A través de Heidegger: «Quizá lo que aquí y en casos semejantes llamamos sentimiento o estado de ánimo, es más racional y más percipiente, porque es más abierto al ser que toda razón, la cual convertida en ratio se interpretó equivocadamente por racional. Si miramos lo irracional, como si fuera el engendro de lo racional irreflexivo, no accedemos a la cosa existente, sino que la embestimos» (1958).
La razón es una herramienta primordial, pero no constituye un fin en sí misma y no alcanza sola para entender –que no comprender– la complejidad de la vida. En todo caso, resulta paradójico que en la medida en que hacemos nuevos descubrimientos y abrimos puertas a nuevos conocimientos, establecemos, también, así sea por breve plazo, nuevas fronteras. En efecto, ampliamos nuestro uso de lenguajes y así, nuestro mundo. Más allá de la razón y, acaso, de la autoconsciencia. No sometemos la realidad al lenguaje tan simplemente como pregonan ciertos discursos. De hecho, el pensamiento crítico opera en primer lugar sobre el propio discurso.
Acaso el desarrollo del pensamiento crítico, por sí mismo, aun en sus más básicos niveles, constituya finalmente la mejor motivación: la que resulta fértil para su propio cuestionamiento, en un ciclo creciente, de renovado asombro. Acaso por eso, los mejores docentes no paran de aprender.

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