De pasión y sentido: Sobre BlacKkKlansman, de Spike Lee

Por Mauricio Jarufe y Luisa Deguile
 
¿Cabe decir que felizmente existen todavía formas de cuestionar a propósito de prejuicios raciales sin encallar en la simple provocación? ¿Y a quiénes habría que cuestionar de ese modo?
En cuanto a la primera pregunta, acaso el problema sea, como suele ocurrir en general –más allá del estilo–, el adverbio: ese “felizmente”. Si de veras surge la cuestión, ha de ser a través del dolor, del asombro y del dolor. Nada más lejos de la popular acepción de felicidad. Lo que no implica, desde luego, que se tenga que dejar de lado el humor.
En cuanto a la segunda cuestión, queda claro que a quien más le conviene revisar su punto de vista es a quien obvia que este mismo sea solo eso, una perspectiva y, por tanto, en buena medida, una elección consciente; quien se identifica con alguien más o con un grupo  de gente y hace de la identidad su supuesta causa, pues todo lo torna en falacia ad hominem.
El cine de Spike Lee provoca y hasta machaca, pero curiosamente, como de lado, al margen la habitual estridencia de otros medios. Se sirve del arte.
Mauricio tiene algo que decir al respecto, especialmente a partir de su último trabajo…

 

En el contexto: Ser negro. Ser policía. De arranque, vaya contradicción. Una doble vida. Vivir bajo las sombras o del todo en un escondite. Acostumbrarse a preparar, delinear, ensayar y asumir permanentemente una ficción. Estar involucrado en un conflicto de modo que ambos bandos te consideran un enemigo. Luego, claro, cuestionarse permanentemente la identidad. Con todo, asumir el rol de paria, jurarse uno mismo, rechazado; una simplificación que se adopta en parte como solución. Total, parece una faceta más.
Ron Stalworth, policía. En Colorado Springs, el primer negro. No la tiene fácil. Como se lo esperaba, lo ponen de infiltrado. Su presencia en un rally político negro le hace repensar las cosas. No pinta tan mal: enfrentarse al sistema desde el sistema. Meterse en el Klan. No solo, junto a Flip Zimmerman, policía blanco. Judío. Ambos idean la forma de adentrarse en las tres K sin ser detectados: Stalworth será la voz y Zimmerman el rostro. Pero el Stalworth se verá atraído por Patrice, dirigente que, indirectamente, cuestiona esos dos mundos separados. Stalworth pone la operación en marcha. Inicia su tiempo en el Klan…

  

Veamos: Un joint sobre los tiempos de segregación racial y los conflictos civiles en EEUU, no podría ser de otra forma. Tenía que mostrarse rapaz. Más en la actualidad…

 
¿Por enfrentar fuego con fuego? Ciertamente, pocas olas más rapaces que las de la victimización. Al grado de convertir verdaderas tragedias en excusas para cacerías irracionales. Allí donde la identidad es fijada por una clase, el individuo es una ficha en juego, “por el poder”. Rollo común.
El diálogo parte de los individuos. La representatividad es solo parte del sistema instrumental…
Spike Lee ha jugado con el concepto decenas de veces. Con las paradojas que encierra implicarse en su conducción; en ser objeto de un flujo masivo, ciego.

 
Esta vez, dirige no con odio, pero tampoco con resignación. Digamos que se trata de la perspectiva de cierta impotencia. Parece decirnos que la lucha racial viene socavada por una dosis de hipocresía y corrección política. Él no cree en medias tintas. Su cine, con esa naturaleza suya confrontacional, incluso escabrosa, es muestra patente de ello. Presenta ahora, de hecho, un filme agresivo, incluso hasta la arrogancia.

 

 

A menudo se atribuye a la pasión un sentido y un sentido a la pasión. El equilibrio refiere a momentos distintos para cada asunto, no a su acción simultánea. Véase, al caso, cualquier manual de psicología clínica o textos sobre la práctica del Tao, pasando por Neurociencia y Antropología, así como mitología, a cargo, por ejemplo, de Dumézil. Nada superficial y, por tanto, ni remotamente relacionado a lo políticamente correcto.

En la diferencia, el diálogo. Lee opera con inteligencia. El asunto es si en este caso, su provocación, consigue como antes lo ha hecho, llevar a fondo ciertas ideas que, de lo contrario, suman como simples apuntes en una agenda política. Como tantos en una contienda.
No es disparatado referir este film como una nueva exposición de “teatro del poder”, en apelación directa a la institucionalización de la barbarie y al modo en que la realidad parece imitar aparentes disparates artísticos, con resultados por demás, grotescos. Pero también como teatro cómico, desde luego. Sobre los disfraces del poder.
  


Las paradojas se suceden una tras otra. ¿Quiénes se disfrazan? ¿Es posible hablar de una masa encapotada y con otra piel? ¿De responsabilidad corporativa? ¿Visto así el asunto, de qué libertad se trata aquí? La respuesta en apariencia obvia se deshace, tras la simple cuestión del individuo, en grumos pegoteados de cantinela marchante…

 

BlacKkKlansman duele. Su sentido de urgencia, felizmente, no termina por nublar el juicio crítico que le da sustancia. Se mantiene firme camino a la esencia del conflicto, el que procura abordar desde la mayor cantidad de ángulos posible. Reprende, pero con justificación. Y con risas. Tiene un elemento propagandístico claro y seguro.
Lee reconoce que su talento está en la provocación. Sin embargo, esta vez apela a un discurso más sutil. Desde ese vídeo introductorio: el asunto  está en usar al cine como medio de comprensión. Y como arma. Para conectar a las masas, es preferible no alienarlas con cosas del pasado, sino ofrecerles algo tangible ahora, presente. Pero de forma fácilmente digerible.
Aquí se elige un formato accesible, por la universalidad que entiende el autor, tiene su mensaje.
 
Pues vale la pena reiterar: ligero no equivale a superficial.
La parodia era el modo, al caso…

Una mezcla astuta de lugares comunes, a través de un estilo ya, inconfundible. Del buddy cop, del cine serie B, de la comedia negra, del cine biográfico, del más elemental non-fiction.

 

Intercambios, reemplazos, aparentes errores, suplantaciones…
Las supuestas tomas en que Baldwin, por ejemplo, desarrolla correctamente un mensaje asignado, se alternan con las descartadas, tomas en que el personaje trastabilla de distintas maneras. Desde luego, resulta desternillante, pero el juego de contrastes, aparte una gran prueba de actuación, demuestra también constituirse en clave de la trama: ¿Quién usa uno u otro discurso? ¿Quién lo encarna? Pero esto último, ¿es de veras posible? ¿Por qué usar el lenguaje de otro? ¿De otro, en serio? ¿De qué hablamos cuando hablamos de identidad? ¿Qué hay detrás del interés por hacerlo? ¿Cabe un propósito a partir de una negación? ¿Se trata de fuerza o de poder? Pues bien, la fuerza es siempre acto, afirmación. Y conlleva siempre una responsabilidad, aunque múltiple, de acuerdo “al tiempo de sus implicaciones”.

De hecho, aquí se nos plantea lo de ser negro, por ejemplo, como dicotomía permanente. La identidad como factor removible, intercambiable, sencillo de manipular. Y cada quien tiene su manera de hacer con algo al respecto. Stalworth aprovecha esa confusión permanente y se la lleva al trabajo; es negro, pero no lo suficiente (según los suyos) como para dejarse llevar por las pasiones y no hacer su trabajo. Ella asume esa figura de lidereza estudiantil y black panther. La identidad al extremo. Flip Zimmerman, por su parte, elige el silencio. Reconocerse judío, pero a medias y apenas de rato en rato.
 
Como queda claro, la película se presta al abordaje fragmentario. Prueba del carácter prismático… O síntoma de este, si se quiere.
¿Hasta dónde llega?

Son varias las situaciones en que el problema parece arder ante nuestros ojos. Por ejemplo, la mujer de Stalworth dirigiendo un rally político del Black Power. El propio Ron, no de infiltrado, en un ritual de iniciación en el Klan. Es más o menos obvio quién está del lado correcto de la historia. Pero… Por un momento, ambos frentes se entrecruzan. Black Power por un lado, White Power por el otro. La edición de corta y pega, sutilmente: dos frentes totalmente dispares y dos escenas que bien podrían ser parte de películas diferentes, pero allí están, juntas. Las mismas arengas. Igual convicción. ¿Balance? ¿Equilibrio? ¡Condiciones equitativas, cuasi legítimas!

Asunto de la voz individual. Las causa de más gente que la del número básico de una familia nuclear, hace, quiérase o no, estadística…

  

David Duke, en su onda espontánea y simplona, casi agrada. Un supremacista blanco, el líder del Klan, que aparenta ser un tipo cualquiera. ¡Y estamos hablando de Spike Lee! Esto, por supuesto, no es un desliz.
Lee combate al racismo. Para hacerlo, lo desmonta. Humanizándolo (!). Efectivamente, no se trata de victimizar al pueblo negro y de caracterizar al blanco como desalmado, simple opresor… Humanizar al que consideramos enemigo. Demostrar así que, realmente, no deja de ser uno de nosotros. Los tipos que se unen al Klan son gente corriente, con trabajo, familias, hobbies y demás. Por eso mismo es que el racismo es tan peligroso…

 
Toda justificación ajena de la propia cotidianidad constituye siempre una oferta seductora. ¿Quién de veras afronta los últimos vacíos, sin temblar? Quien no se conoce y no se acepta, a menudo viene postergando la ocasión de hacerlo, pues ojos adentro, sabe, intuye, todo quema, si bien solamente, aunque de modo horroroso, en un primer momento.
La cuestión la plantea el artista, como una afirmación problemática. ¿A qué grupo te unes o de cuál te sientes parte? ¿Puedes eludir dicha identificación? Si la obra es fértil en complicaciones, lo es a través de su propia complejidad. He aquí, la técnica.

 

BlacKkKlansman es cine. Una historia de amor. Un conflicto político y un crimen por resolver. La adrenalina de una persecución.
Cine, como una forma de disfrutar la vida y de entenderla. Y así, claro, el cine manipula. Recoge y amplifica lo que quiere recoger y amplificar. Como diría Susan Sontag: “capturar una imagen en una cámara implica también, dejar algo fuera. Y eso es decisión pura, y subjetiva, del autor.” 
 

 

Pero Spike incluso defiende que su cine es propaganda. Parte de una agenda. Así como The Birth of a Nation recoge los sentimientos de odio que marcaron el retorno de la KKK, BlacKkKlansman está hecho para otro tipo de contención; sin embargo, el grito de guerra, la incitación y el megáfono están allí. Si bien, siempre, con juicio.
El cine de Lee requiere de giros y de vueltas de tuerca. Necesita que, en lo temático, sea tan enrevesado como se pueda. Pero, en la distribución, en el empaque, debe ser sencillo. Un poco más fácil de tragar. Relativamente cómodo.
 
Y he aquí el peligro. Del mismo modo en que Foucault, al margen de la calidad de su prosa y del valor de parte de sus estudios, representa un fácil comodín para parlamentos rabiosos en campus adolescentes, del mismo modo en que la igualdad de resultados resulta insostenible ante preguntas simples de nivel escolar, la complicación suele arrimarse bien con la superficialidad, en lugar de la dupla complejidad y ligereza. Cuando la técnica opera por sí misma, cuando la pasión permea la sagacidad del discurso, el dominio del lenguaje. Entonces tenemos un alegre embrollo de apariencia seria. Solemne en las explicaciones del paratexto…
¿Cuál es la pregunta aquí? ¿En qué medida, esta entrega de Lee no redunda en su propia lista de hits, aunque con especial mérito técnico? O sea, ¿en qué medida, efectivamente, es algo más que un punto más en la agenda y, por tanto, dada su utilidad, poco más que eso…?
 

 

Alma…
Se trata de un film escandaloso, entretenido, Rhythm and Blues.
La música de Terence Blanchard, a puntillazos, lo hace: destila el salvajismo y la furia, entremezclados, a veces, con heroísmo.
La música es parte del alma de BlacKkKlansman.
 
Efectivamente. Una celebración.
 
Más que nunca. Es es cine que enfurece. Como debe ser…
 
Cuando se confunde pasión con sentido…

 


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