¿Dónde estaban las sombras?: Poesía de Eleonora Finkelstein

 
 
LECCIÓN DE ANATOMÍA
 
Esta es la Escuela de Medicina.
Esta es la materia del cuerpo.
Más allá, el horizonte, el bisturí.
Más acá, el corazón, la cabeza.
Hay que tener cuidado,
que no les tiemble el pulso.
 
Los ojos vuelan en carne viva.
¿Cómo van a saber si morirse
es el comienzo de la muerte?
Los ojos entienden todo a su manera.
 
Que no les tiemble el pulso, por favor,
aprendices de mala muerte
Esta es una mirada peligrosa.
De filo.
Pone bajo amenaza
los huesos, el pelo, las uñas
la piel y la mala conciencia.
 
Y puede llegar todavía más lejos:
hasta la parte gris,
donde tenemos a Dios
o a la idea de Dios,
que hay quienes dicen
es la misma cosa.
Quién sabe.
 

(Imagen: Juan Pablo Torres Muñiz)

 
LIVIANA EN LA TIERRA
 
Ahora la que viaja soy yo.
Y viajo lejos: por el espacio y por el tiempo,
como decían mis héroes de la infancia.
Hasta donde el calor me destroza los nervios.
Toda vestida de blanco, con ropa liviana
y de nuevo los pies sucios, tan sucios
que no parecen mis pies.
 
Blanco sobre blanco, pienso y sonrío.
Negro sobre blanco, pienso y sonrío otra vez.
Parezco una virgen de yeso, un fantasma.
Puede que algunos de los que pasan
caigan de rodillas frente a mí.
Qué incómodo, después de tantos siglos,
no poder cumplir ningún deseo.
 
Me arden los ojos por la tierra y el sol.
Arden en nombre de todos estos años
de humedad y de frío.
Y no es tan maravillosa la historia
ahora que me toca a mí. Está sucediendo,
es el momento en que lo mundano impone su dominio:
la sed, el hambre, el dolor,
las cosas que nos queman.
¿Qué ganas pueden quedar
de ponerse a ver el paisaje?
 
Casi querría ser esa virgen de yeso,
para solucionarlo todo. Pero no alcanzo
a ser tan sólida, tan estática, tan lúcida.
Tendría que vivir un millón de vidas más
para ser la estatua que parezco.
Aunque prefiera no andar rápido
o quedarme quieta. No alcanza
porque a cada movimiento
el sol entra en mi carne y me diseca.
 
¿Qué podría hacer solo con esta ropa blanca
y la cabeza cubierta?
¿Cómo podría defenderme
nada más que con las manos?
Ya lo dije: no voy a mirar este paisaje.
Quizás, podría abrir los brazos y volar.
Porque a pesar de todo me siento tan liviana:
apenas 500 gramos de ropa blanca
y este cuerpo pequeño, con los pies negros,
descalzos. Unos pies sobre la tierra.
 
Aquí mismo
donde ahora, de solo pensarlo,
casi estoy flotando sobre las cosas.
¿Por qué sería entonces
tan pesada en el aire? No lo creo:
si no soy nadie, ninguna.
Apenas tengo unas flores en las manos
pero eso no me hace más buena.
 
Es hora de que lo sepan.
Levántense ahora mismo del suelo
y les prometo que no haré más milagros.
Y rogaré por ustedes,
como me lo han pedido tantas veces.
 
 
NOCHE EN BLANCO
 
Anoche soñé en blanco:
creo que se asomó la muerte pero no me vio.
En la ventana del hospital vibraban las hojas de un árbol
que tampoco se veían. Así de blanco era.
Un aterrizaje nocturno en Nueva York.
Con esas multitudes regadas por el suelo,
brillantes como hormigas de oro puro.
¿Qué más puedo agregar?
¿Dónde estaban las sombras?
 
Muchos aviones. Muchas pastillas.
Muchos besos y el primero
ahí tirado latiendo todavía en la vereda
con su lucecita agónica e intermitente.
Lo demás: animales rugiendo y alcohol
(detrás de la cortina esa donde las azafatas
preparan algo para tomar).
—Enfermera, un Bloody Mary, por favor.
Estamos ansiosos por salir a escena.
¿Cromado? ¿Sangre? ¿Suero? ¿Instrumental?
 
Daba miedo olerlos porque no se veían.
No se veían, pero era mi voz y la de ellos
la que sonaba de fondo como aquella música
que nos acunó antes de ponernos a volar.
El cuento era fabuloso
y en él me reconocía: era yo pero no estaba ahí,
todo sucediendo al mismo tiempo,
así de vivas, así de blancas:
esas voces, los perfumes construidos en el aire
eran lo único que se distinguía.
Además de la muerte que andaba rondando
y se pegaba a mis costillas. 
 
 
 
NIÑOS
 
1.
Igual que Ginsberg, Patti Smith,
yo también pensé que eras un chico.
Fue la primera vez que te vimos:
Allen en el Chelsea Hotel, en los 70, creo.
Yo, en una foto, en la década siguiente.
 
Soñé que dormíamos juntas.
Me pegaba a tu espalda
y era la noche, como siempre,
algo parecido a una cabalgata.
 
Entonces, me despertaba para dibujar
un retrato tuyo con un lápiz negro.
Un lápiz como una rienda, que cuando quería
se volvía blanco para iluminarte el cuello.
Era un camino largo donde pasaban los caballos
galopando hacia tu cabeza sin salida:
en uno iba montada yo.
 
En ese mismo sueño me salía del cuerpo
y miraba de lejos mi nuca rubia con el pelo revuelto.
Estaba dormida sobre un papel que tenía tu cara de chico.
 
Al otro día y al otro, repetía tus gestos y tus actos.
Por ejemplo, me corté el pelo frente al espejo
con una tijera desafilada y un cuchillo de cocina.
El efecto fue grandioso: escribí poemas.
 
2.
 
Por aquel tiempo besé a dos mujeres
las únicas de toda mi vida
(éramos solo niñas),
Blanca e Inmaculada se llamaban.
—Una de las dos afirmaciones anteriores es falsa—
 
También, para andar a tu ritmo,
tuve un novio gay tan guapo.
Un artista trágico, el más guapo.
Sus ojos eran igual de verdes
y abiertos como lagos.
Bautista se llamaba (vaya nombre)
y andaba traficando agua bendita.
—Una de las dos afirmaciones anteriores es verdadera—
 
Me adoraron, pero nunca fue suficiente.
Ellas lloraron por mí. Pidieron
por la salvación de mi cuerpo (¿o de mi alma?).
Él, como prueba de su amor, pasó una noche entera
acariciándome los brazos destrozados.
—Todo lo que afirmo es verdadero y falso al mismo tiempo—
 
3.
 
Estas son de las buenas historias de mi vida
y digo sus nombres para que me crean a pesar de todo.
Porque no era fácil seguir aquellos pasos.
El arte nos fregó, dijo Bautista en su lecho de muerte.
Blanca asintió: triste pero cierto. Inmaculada
se volvió negra, así, frente a nuestros propios ojos.
—Es verdad, lo juro, es falso—.
 
Éramos niños, querida, claro
y todavía no ha cambiado nada.
Seguimos creyendo en los milagros y somos
inestables como sueños. Hipersensibles:
estamos hablando de caballos.
 
 
LA VIDA DE LOS INSECTOS
 
1. (Día del Señor)
 
Ese domingo bajábamos por los cerros
(donde la gente es rica y feliz)
en un Volkswagen bajábamos
pero no del todo,
patinábamos, en verdad,
sueltos y saltarines,
como si el viejo Volks se hubiera
convertido en trineo.
Íbamos igual
que aquellos niños de Eliot
pero por montañas sin nieve,
rojas y azules.
 
2. (Rezo por vos)
 
¿Cómo bajar?
—Todos en misa, como siempre —dijo.
Y era cierto:
tantos culpables reventando las iglesias.
Más de diez en veinte
cuadras a la redonda. Qué ciudad tan especial.
 
—Debería rezar —susurró—, mi madre está muriendo.
—Todos estamos muriendo
(“With a little patience”, pensé)
“con un poco de paciencia”, recité.
—En cuanto a rezar, tengo mis dudas:
un poema es una oración.
 
3. (El primo Gus fumaba grass)
 
—Guíame —pidió—, nací en una ciudad ajena.
A mí, a una recién llegada.
Le di tales señas que terminamos
en la cima del mundo. Bien.
—¡Guíame! —rogó, ahora con los ojos en blanco.
(¿Estaba rezando?)
 
Pero yo miraba las luces allá abajo como almas
y la luna allá arriba como a la hostia consagrada.
(—Qué buen pot —pensé).
—Primo —le dije—, no puedo guiarte,
pero debo confesar algo incómodo:
últimamente rezo casi todo el tiempo.
Me parece que creo en Dios.
 
 
LA FUNDICIÓN
 
Era lo que quedaba de una antigua industria
que se recortaba bien negra
contra un cielo negro de menor intensidad.
Ya estábamos en México: había que ver
a la muerte de cerca, metérsela en la boca.
Dulces calaveritas y te lo digo todo.
Salvo por eso, podría haber sido
cualquier sitio después de los 90. 
 
Ahí estábamos nosotros, uno por uno,
descorazonados, un poco cínicos,
especialistas en toda clase de vestigios.
Parecía terrible, pero no era del todo real.
El eterno desaliento de los trabajadores
ennegrecía los muros y la silicosis
hacía rato que había consumido los pulmones.
 
La historia sorda y engrasada, la enfermedad
se acodaba entre nosotros y bebía.
Extrañamente, eso nos ponía más felices:
comadres y compadres, densos y desencarnados,
de a ratos melancólicos, de a ratos
lanzando risotadas de borracho.
 
Sí, era la vieja esperanza de fondo para todos:
fantasmas de carne, fantasmas a secas.
Cada quien de su lado, en el mismo lugar.
Porque el paisaje había cambiado pero el paraíso
era la misma idea recurrente.
 
Andábamos casi en el aire, inestables
por unas escaleras de fierro, unos andamios.
Mirábamos la fiesta desde arriba,
algo cultural, lo de costumbre: muchas caras
y música y alcohol y algunas drogas.
Solo se trataba de pisar con cuidado
sobre los peligros de siempre.
Pero nos seguían unas mujeres, unos niños,
unos hombres demacrados.
No éramos tan diferentes de ellos,
excepto por lo inestables.
—Aquí tienes algo para equilibrarte, güera
—me ofreció uno—, por si das un paso en falso.
Acepté, nadie quiere ser un chingado aguafiestas:
—¿Crees que de verdad pueda equilibrarme
entre los vivos y los muertos,
entre lo que fueron y lo que somos ahora?
—No, claro que no —dijo—.
Está mal formulada la pregunta.
 
Ah, mis amigos de corazón implacable,
y todo ese rollo de la eternidad perdida.
 
 
 
 
(Eleonora Finkelstein. Poeta y editora. Nació en Mar del Plata, Argentina, en 1960. Actualmente reside en Santiago de Chile.)
 
 

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