Por un carácter: Sobre la propuesta de Rekha Garton

Por Luisa Deguile
 
Cuestión de carácter. De personalidad.
Entendemos por carácter al conjunto de rasgos que permite identificar la particular manera de ver, pensar y proceder de alguien, por el que se diferencia del resto. El carácter se manifiesta con el otro, en la interacción que conlleva siempre comparación y contraste, incluso si es a través de la más lejana observación.
Rekha Garton desarrolla, en parte de su obra, de la que compartimos aquí una muestra más o menos aleatoria, la exploración clásica a través de la cual se procura la formación de un carácter.
A través de su visión, se cuestiona respecto de la práctica de la exploración, del viaje significativo, reducida hoy a turismo y asomo.

 

 
Resulta especialmente interesante que las protagonistas de las escenas sean casi siempre mujeres. Esto refiere a una caracterización previa. Al respecto, conviene advertir, de todos modos, que tanto los rasgos que les tocan a ellas como los que se atribuyen a ellos, son en realidad componentes de cada ser humano, y que su balance o, más bien, su uso oportuno constituye un equilibrio ideal para todo mundo.
Se suele identificar a las mujeres con la plenitud. Cada una, un centro. En su seno el tiempo se anula, de forma que las partes del todo se igualan entre sí; la fuerza que las conecta es una única fuerza; no hay jerarquías. Prima la percepción. Uno contempla. Acuden a la memoria múltiples recuerdos simultáneamente. La visión es, por tanto, amplísima; tiende a la totalidad, pero por esto mismo resulta, finalmente, caótica y puede llegar a ahogar. De modo que si en principio centra, concentra y sana, es importante que dé paso, al sentido, al procesamiento, a la articulación. Esta implica orden, jerarquías, prioridades, así como una clara noción de las múltiples dimensiones en juego. Esta última función entraña necesariamente un desplazamiento.
Hablamos del viaje.

 

 

En general se conciben, por sobre el desplazamiento propio de la actividad cotidiana –aunque a veces, también, a través de esta, en su acumulación–, dos clases de viajes decisivos, formadores: los que implican adentrarse en el bosque y los que implican hacerlo en el desierto.
¿Qué entendemos por bosque y qué por desierto a nivel de imágenes arquetípicas, como las aquí retratadas?
¿Adónde van las mujeres de Rekha, y cómo pasan del asomo al viaje a través?
¿Dónde es que se encuentra uno mismo?

 

 

El bosque transforma… porque enfrenta nuestro caos con un caos mayor, exuberante… Tienta en su fertilidad, en el modo en que la muerte alimenta la vida y los ciclos, como el follaje mismo, se enredan.

 

 
En el desierto, la aridez nos devuelve a las sombras del interior: el bosque de cada quien.
Acaso quien supone que en el bosque habrá de encontrarse, no pretende en realidad dar consigo mismo, sino que alguien lo encuentre. El bosque puede devorarte.
En el desierto, la muerte se da cuando uno se devora a sí mismo.
 
 
 
El asunto remite con facilidad a la visión de autores como Olga Tokarczuk:
¿Quién desea la totalidad? El retorno al conocimiento anterior al lenguaje, entendido así como trascendental a la cultura, implica el abandono de nuestra condición de personas humanas. Somos criaturas del lenguaje. Efectivamente lo hemos llevado, quizá, demasiado lejos. Pero es probable que el lenguaje viva a través de nosotros, así como que sea nuestra vía para encontrar un equilibrio entre la realidad silente y el orden que corresponde a su exposición.
Al respecto: El lenguaje es consciencia del tiempo. Usar palabras mágicas equivale a darle vida a una realidad. Las palabras son señas muertas que, debidamente articuladas, permiten dar vida a una imagen. La escritura, en tal sentido, tiene por supuesto algo de místico, pero también de mágico, sin más.
Uno da con la palabra en el desierto. La voz propia. Estas imágenes, así, provocan el diálogo verbal.
 

 

Sontag ha dicho mucho muy interesante sobre la fotografía. Pero mejor ha sabido penetrar en la imagen, en general, Berger, un artista más agudo, penetrante, a la vez que humilde. Más auténtico, diría, y sabio. ¿Quién ofrece su mirada cuestionadora a ser cuestionada, incluso cuando reconoce su incapacidad de aprender tanto como el otro, y esto, por ejemplo, ante la propia Sontag, a quien, no obstante, obliga a preguntarse respecto de cuánto sabe realmente?
Los intercambios entre ambos eran siempre ejercicios de valentía.
Veamos, a propósito, la la relación entre valentía y verdad, así como entre vergüenza y verdad, claro. Conviene, me parece, partir de la segunda relación para entender mejor, y reforzar, en realidad, el sentido de la primera:
Avergüenza quedar en evidencia respecto de una falta relativamente involuntaria a la verdad, de la estupidez de haber creído poseerla, así, en general, sobre los demás. Por ejemplo: presumir delante de gente mucho más competente que uno en una labor y ver, repentinamente, lo que ellos son capaces de hacer; deducir, entonces, el juicio que ha provocado en ellos por haber creído que el ámbito en que destacaba, su mundillo, era el mundo entero. Se trata, siempre, de un error de perspectiva y proporción. Otro ejemplo: alguien se avergüenza por haber sido visto desnudo. En este caso, la verdad que se ocultaba, la imagen del cuerpo propio tal cual, literalmente al desnudo, así como la del efecto que causa en otros, escapa por completo del control de uno. Quienes sienten vergüenza de ser vistos desnudos –lo que no equivale a procurar cierta reserva por pudor, por recato (que importa siempre evitar molestias en el otro)–, no suelen haber indagado suficiente respecto de sí mismos, no se conocen bien, en cambio, sin duda han fabulado bastante al respecto: se han etiquetado varias veces, cambiando, por cierto, de etiquetas; suelen ser contradictorios respecto de la valoración que tienen de la imagen de su propio cuerpo y de su imagen, en general. Así, en la exposición en que se ven sorprendidos, su ficción es hecha trizas y ellos resultan, como en todos los demás casos, descubiertos falsos. He aquí la palabra clave…
 

 

Un valiente, por su parte, enfrenta, siempre, una situación que lo atemoriza; de hecho, vence su miedo a quedar en evidencia respecto de cuán errado era lo que creía, constituía su verdad. Reconoce que enfrentar su verdad con la realidad desconocida es el único modo de resolver el problema en que se ve comprometido, comprometiendo, además, inevitablemente a todos quienes creen en él. En otras palabras, procura ser auténtico, lo que implica que enfrente sus propios errores y se haga cargo de las implicaciones que estos han generado.

 

 

Quien es valiente acepta que ni siquiera puede saber, sino hasta que ha atravesado entera la situación, a qué realidad se enfrenta. Efectivamente, la lucha con lo desconocido implica una reinvención, la construcción de una nueva verdad a partir de la percepción de la realidad, entonces, y por tanto, también nueva. A menudo incomprendido, quien está dispuesto a reinventarse continuamente, mas por el bien común. Sabe que su propia veracidad arrastra consigo verdades de otros. Reconoce una responsabilidad. De ello que su virtud se demuestre, en ocasiones, por medio de cuanto afirma callando (por el propio gesto, no porque otorgue valor de verdad a cuanto otros creen, necesariamente), y no siempre declarando la verdad. En efecto, cuida su palabra. Sabe que esta solo evoca, no constituye en sí misma cuanto el resto vive.
La realidad lo envuelve a uno, de modo que las crisis se desarrollan en múltiples sentidos y la verdad comprometida se transforma, no necesariamente con publicidad, pero sí, siempre, en coherencia con todo proceder posterior.

 

 

Fotos, fotos.
Fijar un instante, de convertirlo en condición. La imagen cuestionadora, el arte, por tanto, siempre compromete movimiento: afirma la imposibilidad de la quietud; así cuestiona precisamente el afán de fijar cada cosa en su sitio, manifestación del pavor humano a desaparecer. Se trata de enfrentar la solución espantosa de la negación, con el caos que acarrea.
La pose no contraviene este principio. El arte es ficción. Artificio. Lo importante es la efectividad del lenguaje.
 
 

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