Alta narrativa menor, también en cine: Tomando de ejemplo 1917, de Sam Mendes

Por Juan Pablo Torres Muñiz

 

En ocasiones, los mejores ejemplos a propósito de determinada forma de composición, son los de textos en los que hacen falta elementos importantes, pues por contraste con obras más bien conocidas, que obviamente cuentan con ellos, es posible reconocer claramente el valor de estos a partir de su función. Esta clase de crítica, obviamente, conlleva sus propios riesgos, pero no más que las otras; como todas ha de exponer los criterios en base a los cuales llega a un juicio de valor respecto del texto bajo análisis, poniendo a prueba, precisamente, el sistema con que se ha hecho la evaluación; en este caso particular, dicho sistema enfrentará a los que justifican halagos al mismo texto en relación a los mismos elementos de análisis y debe, de hecho, alcanzar a demostrar su efectividad aplicado a casos semejantes.

Puede parecer bastante pretencioso apuntar así a un libro o a una película harto reconocidos, por ejemplo, pero dado que el principal objeto de la crítica es poner a prueba el sistema en que se basa, fomentando ante todo el diálogo, cuanto mayor el esfuerzo, mejor habría de ser recibida esta; es decir, con más empeño. Para bien o para mal. Bienvenida la discusión.
 

 

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La creación del infierno cotidiano: Sobre la propuesta de Béla Tarr

Por: Cristina Mancheno
 
Béla Tarr insiste en que sus películas no caen en períodos distintivos, prefiriendo identificar algo parecido a una evolución constante en lugar de puntos de inflexión marcados. Argumentando, por ejemplo, «si los observas todos juntos, puedes ver que este es el trabajo del mismo hombre”, hay cambios notables en su filmografía, al menos en la superficie. Quizás la idea no sería tan rutinariamente postulada si las últimas partes de su producción no se distinguieran de forma tan poco imitables. Ciertamente hay continuidad en términos de temas, puntos de trama y caracterizaciones, pero en sus películas más recientes, Tarr graba una impresión definitiva e incomparable en el cine moderno, embelleciendo la pantalla con cualidades formales instantáneamente identificables: imágenes en blanco y negro, el prolongado uso de única toma, configuración deprimida y austera, y un elenco de personajes abandonados, cínicos e indigentes. De todos modos, independientemente de si uno ve su obra como una progresión ininterrumpida de elementos comunes o como un avance claramente dividido, es que, en el transcurso de solo nueve filmes y un puñado de cortometrajes, producciones de televisión y documentales, Tarr ha desarrollado una visión singular dentro del panorama cinematográfico internacional. 
 
 

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