La voz, la historia: Un cuento de Antonio Ortuño

Historia del cadí, el sirviente y su perro

  

He llegado a saber que hace tiempo, oh afortunado Señor, vivía en la ciudad un cadí que, a fuerza de ser útil a los propósitos del visir, había conseguido hacerse de una fortuna. Tenía ese cadí un sirviente y ese sirviente un perro. Habitaban los tres una gran casa, con caballerizas, patios y fuentes, a la que acudían los habitantes del barrio de los artesanos en busca de justicia.
Eran, cadí, sirviente y perro, muy requeridos. Al cadí lo solicitaban los comerciantes, sus esposas e hijos y hasta los poetas del rumbo para mediar en sus disputas, aconsejarlos e instruirlos. Poca sabiduría, si alguna, poseía el juez, pero amplio era el lugar que ocupaba en el corazón del visir, así que se acostumbraba fingir ante él, ya fuera su veredicto disparatado o sensato, un palmario asombro por su tino y pertinencia. Al sirviente, un esclavo comprado en el bazar de modo azaroso (pero no hay azar sino Voluntad Altísima, oh afortunado Señor), apenas se le conocía fuera del tribunal, pero el cadí dependía de él de modo absoluto. Pues no siendo su ingenio y maña suficientes como para escribir sus propias sentencias, sino apenas para recitarlas ante los demandantes, debía el siervo arremangarse y escribirlas según le dictaban sus propias y cortas luces o, mejor, según la dirección de los intereses que sabía propicios a su amo.

 

Georges Mazilu

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Labrando, una voz: Adelanto de Decir Umbral (Extravío), novela de Roberto Zeballos Rebaza


[ 1,999 ]
 

 

 

Me desperté junto al mar, en un lugar desconocido. La niebla de la madrugada se había disipado y del cielo emanaba una blancura resplandeciente, a la que sólo desafiaba, en el lejano horizonte, una tímida franja de luz anaranjada preconizando la próxima plenitud del día.
Bajo aquella efímera iluminación el agua del mar parecía como de una consistencia lechosa, de una suavidad casi espectral, y la arena de la playa, tersa y compacta, daba la impresión de no haber sido nunca perturbada.
Estuve contemplando largo rato aquel panorama, desde mi asiento en el ómnibus en el que viajaba a lo largo de la playa, hasta que finalmente desapareció. ¿Cuál era aquel lugar, aquella desierta playa sin nombre y aparentemente resguardada del contacto con los hombres? Nadie parecía saber o querer informarme, debido quizá a la propia inexactitud de mis descripciones.
 

 

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