Poeta del asco: A partir de La moneda falsa, de Charles Baudelaire

Por Héctor Daniel Rosales Lobato
 
Baudelaire escribió un poema, nunca publicado en vida, llamado La moneda falsa; versa acerca de dos amigos que al caminar por los bulevares de París se topan con un mendigo, concediéndole una limosna inmediatamente, sin embargo, uno de ellos es mucho más generoso; al ver la superioridad de la moneda otorgada el narrador se sorprende, pero se sorprende aún más cuando el amigo generoso confiesa tranquilamente: “Era una moneda falsa”.
Pero en mi cerebro miserable, siempre ocupado en buscar lo que no se halla (¡qué abrumadora facultad me ha regalado la naturaleza!), entró de repente la idea de que semejante conducta por parte de mi amigo sólo tenía excusa en el deseo de crear un acontecimiento en la vida de aquel infeliz, y quizá el de conocer las distintas consecuencias, funestas o no, que una moneda falsa puede engendrar en manos de un mendigo. Pero él rompió bruscamente mi divagación recogiendo mis propias palabras: Sí, estáis en lo cierto; no hay placer más dulce que el de sorprender a un hombre dándole más de lo que espera. Entonces vi claro que había querido hacer al mismo tiempo una caridad y un buen negocio. Nunca le perdonaré la inepcia de su cálculo. No hay excusa para la maldad; pero el que es malo, si lo sabe, tiene algún mérito; el vicio más irreparable es el de hacer el mal por tontería.

 

  

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De lo ideal y lo fértil: Reflexiones a partir de una lectura de T. Szasz, en el ámbito de la educación

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
A la muerte de Szasz, parte de la academia psicoanalítica suspiró con culpable alivio: era el adiós a uno de sus críticos más duros. Por otro lado, muchos, dentro y fuera del mismo círculo, lamentaron su partida: las observaciones de Thomas daban lugar, frecuentemente, a fértiles debates.
La aguda, aunque muy discutible observación del Dr. Szasz, al empleo del término enfermedad mental en el ámbito de la Psiquiatría, resulta aprovechable para contemplar la posibilidad de su aplicación por analogía en ámbitos como el de la Educación. En este se da, de hecho con cierta frecuencia, una suerte de tipificación en exceso específica de ciertos extremos considerados perniciosos, así como una idealización parcializada de otras conductas bajo el sesgo de un credo, de una ideología o, sin más, del aliento de una época.
Szasz plantea que el término enfermedad mental ha dejado de servir como referente válido para la constitución de una disciplina, cuya buena intención, finalmente, también pone en entredicho; asimismo, plantea que el mismo término ha venido a reemplazar, con fines egoístas, al mito, antes común, de la brujería y otros similares, dando lugar a prácticas arbitrarias de consecuencias lamentables.
Transitemos: ¿Existe de veras una educación apropiada, óptima, ideal? Y, por cierto, ¿equivalen lo mismo, estas tres calificaciones? ¿Qué determina, en todo caso, si una conducta se encuentra objetivamente fuera de lo esperado como fruto del proceso de aprendizaje, y cómo garantizamos que este criterio sea justo, pertinente, útil más allá de un contexto puntual?

 

 

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Equidistancia: Diálogo con Fernando Escobar Páez

Con Juan Pablo Torres Muñiz
 
Enfrentar. Cuestionar. Bien, de eso se trata. Pero qué hay de provocar. A menudo se dice que la provocación refiere en sí misma a un cuestionamiento, pero qué ocurre si lo que se provoca con un texto, cualquiera sea su clase (gráfico, audiovisual, etcétera), es en realidad cierta reafirmación de la posición del espectador, del lector, respecto de la realidad, a partir de su indignación. Por otro lado, ¿qué hay de provocar al instinto, nada más?
Llevar a una cuestión de fondo, implica, exige inteligencia. El erotismo, por ejemplo, requiere imaginación, de modo que el sentido del mensaje es completado por quien atribuye, a su modo, las cualidades faltantes al cuadro, a la escena, etcétera.
Hay, además, sistemas y mecanismos de seducción. ¿Los hay de provocación? ¿Nos dicen algo las categorías y los géneros, las múltiples clasificaciones académicas cuando orientan la producción de determinados tipos de textos, en lugar de prestarse, ante todo, a facilitar la clasificación de estos como obras inventivas, sujetas nada más que a su intención comunicativa?
Fernando Escobar Páez ha sido acusado de provocador. Ha sido, también, y no pocas veces, amenazado. ¿Esto último no habrá sido más bien por haber cuestionado bien?
 
Salvo en mi primer libro, Los Ganadores y Yo, de 2006, en todas mis otras publicaciones he mezclado narrativa e incluso algo de crónica con poesía. Escribía acorde a lo que me dictaba el momento; por ello, muchas veces imprimía a mi poesía cierto tono narrativo, que no tiene que ver con la estructura del texto sino con la intención de narrar una historia bien pendeja.
Supongo que se podría decir que como escritor fui anfibio o travesti. Me movía torpe y monstruosamente en ambos terrenos: poesía y narrativa.

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Dignidad: Sobre Vida con estrella, novela de Jirí Weil

Por Lena Marin
 
Dignidad. Correspondencia, proporción al mérito de alguien o algo; merecimiento; referencia a que algo posee un nivel de calidad aceptable. Valor.
¿Cuál es el valor de una vida? ¿Tiene precio una vida? ¿Por qué vale la pena morir, si no por la vida de uno mismo o la de otro?
Ante situaciones dolorosas, dos posibilidades: La negación; abstraernos de ellas y, por ende, postergar el enfrentamiento con la realidad. O abrir los ojos: ver y aceptar, para decidir entonces qué hacer ante esta nueva situación (la que creamos con nuestra participación).
Cuestión de tiempo. Pero también de fuerza y de aptitud. Ciertamente, no solemos enfrentarnos todos a la vez, voluntariamente, a situaciones problemáticas. Y hay quienes se la pasan huyendo de ellas. Acaso el único verdadero escape sea la muerte.
Jirí Weil nos cuestiona al respecto con Vida con estrella, una novela de asombrosa transparencia y hondura vertiginosa, una novela de verdad sobre el Holocausto.

Contra el tiempo: a propósito de los libros de Leonard Cohen

Por Katiuska Molina
 
Poeta, novelista, ante todo cantautor; artesano de la oscuridad y del dolor, Leonard Cohen, como cantara Neil Young, “… ha muerto, pero no se le olvida”. A dos años de su partida, se confirma que logró lo que muy pocos en el mundo del arte: unir a tradicionalistas y rebeldes, amantes en general, con su prosa y sus versos, con sus canciones, congregándolos en torno a su legado como el viejo amigo que bien sabe de nuestros predicamentos antes de que nos confesemos.
 
 

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Lumbre: Sobre la novela Los simuladores, de V.S. Naipaul

Por Guillermo Cóbena
 
En la tierra, las raíces; una base. Las ilusiones, arriba, en el cielo. No hay camino ascendente; lo que hay es casi siempre espacio abierto aquí abajo, senderos que puede uno seguir, convencido incluso de que avanza.
El abandono de la tierra natal implica como tal, la marcha en pos de algún ideal, por difuso que este sea; de elevados objetivos, suele decirse. Alzar vuelo. No por azar la ambición es corrientemente representada en aves de presa. Sin embargo, solemos encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo después de haber caído un buen par de veces del andamiaje de la ilusión, cuando empezamos de veras a hacer camino, a rastras o a pie, de lado la idea de adelantar a los demás.
Naipaul se ocupa, entre otros, de este asunto en Los simuladores, quizá la más agria de sus novelas.