Lumbre: Sobre la novela Los simuladores, de V.S. Naipaul

Por Guillermo Cóbena
 
En la tierra, las raíces; una base. Las ilusiones, arriba, en el cielo. No hay camino ascendente; lo que hay es casi siempre espacio abierto aquí abajo, senderos que puede uno seguir, convencido incluso de que avanza.
El abandono de la tierra natal implica como tal, la marcha en pos de algún ideal, por difuso que este sea; de elevados objetivos, suele decirse. Alzar vuelo. No por azar la ambición es corrientemente representada en aves de presa. Sin embargo, solemos encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo después de haber caído un buen par de veces del andamiaje de la ilusión, cuando empezamos de veras a hacer camino, a rastras o a pie, de lado la idea de adelantar a los demás.
Naipaul se ocupa, entre otros, de este asunto en Los simuladores, quizá la más agria de sus novelas.

A la luz: Sobre Comienza Cabot Wright, de James Purdy

Por: Lena Marin
 
Es verdad que, cada cierto tiempo, la obra de James Purdy es reivindicada, pero también que a continuación y casi de inmediato, se la echa de vuelta al olvido. Esto se debe quizá a que su carácter, la visión que refleja en ella, obliga al lector –como ante una gresca inevitable– a tomar partido, cuestionando su época, cualquiera sea esta, pero más todavía a sí mismo, cualquiera sea su edad y experiencia.
Certeros puñetazos, más que empujones o tirones de la camisa: el lenguaje de Purdy, áspero, denso, es enormemente efectivo; conecta y sacude de inmediato lo más delicado, esa fragilidad tras el punto que, además, pareciese elegir con especial malicia. Asesta, en permanente movimiento, frases y oraciones; de ello que, en lugar de un matón agresivo, nos veamos ante un ligero púgil, de gran maña y sangre fría.
Su obra representa el desafío de la cruda calle, desnuda de pronto, sorprendente, dolorosa, si anduvimos demasiado tiempo haciéndonos de la vista gorda: es la luz sobre la sombra, que siempre pudimos encender, por la que alguien ha venido por fin a preguntarnos.
Comienza Cabot Wright es un buen ejemplo de todas estas cualidades.
  

A un lado el ruido: Sobre Las chicas, novela de Emma Cline

Por: Guillermo Cóbena

 

Hay primeras novelas de jóvenes autores, sorprendentes. Y hay obras enormes. Llámalo sueño, Los reconocimientos, Los Buddenbrock rebosan madurez artística. También en Dientes blancos la juventud palpita, apuesta mayor: a todo o nada. En la suma, vaya que trascienden. Pero conviene recordar que estos son casos excepcionales. Cabe afirmarlo no por gratuito escepticismo, si no porque, en efecto, la riqueza de una obra, debida directamente a la fidelidad para con el valor auténtico de su sentido (en juego, la visión entera del autor), revela contenido y forma comprometidos en una entrega personal respecto, evidentemente, de lo que mejor sabe y/o conoce.
No hay edad que garantice del todo, ni el saber por sí mismo, ni el saber comunicarlo.

Finalmente, hay novelas como Las chicas, de Emma Cline, que resultarían sorprendentes si no se las anunciara a gritos como obras mayores.

 

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Navegar el tiempo: Sobre El atentado, de Harry Mulisch

Por: Guillermo Cóbena
 
El tiempo. La memoria. El olvido. La verdad (de cada quien) y la realidad (tanto aquella a cuyo margen vivimos, a menudo ciegos por intención, como aquella que al cabo nos alcanza y compromete). La Historia. Ética y moral. Responsabilidad y culpa. El amor y el perdón. Todo un mundo. Y un mundo en que los hechos vuelven, sin repetirse, a través de nombres, de cuadros y de símbolos.
Sí, en esta novela, la ambición es de clásico; Mulisch, además, hace alusión directa a la gran Tragedia Griega. Auténtica prueba de pulso…

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Contratansferencia: Sobre Música, de Yukio Mishima

Por: Guillermo Cóbena

 

Los motivos por los que aquí se propone, vale la pena abordar Música, de Yukio Mishima, van un poco más allá del ámbito de la escritura como oficio. De hecho, digamos, por quienes nos hemos preguntado qué hacer, y qué no, con lo que sabe; cómo incorporar al propio discurso una nueva perspectiva, con su correspondiente jerga, y cómo no hacerlo. A muchos nos cuesta vencer el deseo de lucir la nueva lección, curiosamente, a menudo, hasta que de veras la hemos aprehendido.
Pese a lo pronto quizá no sea necesario, pero me permito advertir que esta propuesta no va de halagos al autor japonés. El mismo, por otra  parte, los merece sobradamente a causa de otros títulos. En tal sentido, aprovecho y si me permiten, os recomiendo al margen, la tetralogía completa El mar de la fertilidad, la novela Confesiones de una máscara e incluso la también excesiva Sed de amor; asimismo, su narrativa breve: notable.

 

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