Del quehacer en el límite: Diálogo con Jorge Eduardo Benavides

Con: Juan Pablo Torres Muñiz
 
La escritura como oficio dista mucho del hábito, de la manía y de la práctica con otros fines, el catártico, por ejemplo (no obstante últimamente se publique por igual de todo). Se eleva como arte al realizar la vocación comunicadora, distinguiéndola principalmente del  afán de mero registro, del servir como herramienta mnemotécnica o de la sola transmisión de información, en que afirma y postula como tal, cada vez con cada obra una nueva realidad, plena. Esta, entendida la lectura, confronta las de los demás, o sus atisbos y bosquejos, sus vacíos, cuestionando respecto de las razones y demás motivos en unos y otros.
Como obra implica, por tanto, una toma de partido. Esta se revela a menudo, no tanto en las sentencias como en las formas mismas que adopta para cada expresión el lenguaje, transparentando en sí el modo de pensar, los mecanismos de la inteligencia en apuesta. Esto último nos lleva un tanto a eso que decía Eliot respecto de que cada quien es su propia sintaxis. 
Hablamos de consciencia y también del resultado de una posición paradójica en que bien se desarrolla mucho más que una teoría de la composición. Todo creador ha de entregarse a sí mismo pleno en atención, de modo que aquello que al cabo lo distinga, sea cuanto quede manifiesto en su elocución, reveladora de condiciones de su consciente, subconsciente e inconsciente, exponiéndolo apenas como remoto prisma, complejo y cambiante.
Conversar con Jorge Eduardo Benavides pinta ideal como ocasión para entrever más al respecto y aprender, especialmente en lo tocante a la novela. El testimonio que –siempre cordial– nos brinda, va, sin embargo, más allá de las letras. Sus modos coinciden en revelar un proceder más amplio. Y un carisma especial.
 

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Más que tender vueltas: Diálogo con Alexey Golovin

Con: Guillermo Cóbena

 

Tragedias, por lo general. El contento es más bien una promesa; nos separa de ella la acción que compromete el fuego de la pasión. Las voluntades, entonces, se tuercen expuestas a las circunstancias y cuanto tenemos de maleable chirría con la esperanza de que luego, por propia resiliencia, acaso, tenga lugar el disfrute.
Vieja imagen de triunfo. Vigente, al caso, destacando entre las sombras de una palidez uniforme.
Alexey Golovin tiende la mano, ceño fruncido en permanente evaluación.

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Arriba en lo profundo: Sobre el videoclip de Pstereo, de Emilie Nicolas

Por: Juan Pablo Torres Muñiz


Soñar. Más bien, al caso, sumergirse en el sueño. Dejarse llevar por la corriente que, ajena a nuestra intervención, deforma la ficción de la memoria, esta versión oficial en que desempeñamos un rol protagónico, y teje ante nosotros una nueva realidad: interpretación en sí misma de aquel lado del espejo, de donde venimos, a menudo exhaustos.

Hay que saber abandonarse. Ofrecer de nuestra parte, sencillamente, un poco de silencio. Y entretanto, claro, disfrutar.
Evocar un sueño no es sencillo. Para revivir la satisfacción del descanso de nosotros mismos que procura, basta en ocasiones con el roce tentador del signo. De libertad, de distancia, de calma o soledad. Activando como con tirar de un hilo, la saudade. Así, respondemos prácticamente todos, en el mismo sentido, con el mínimo de referencias.
Emile Rafael ofrece en su trabajo para el tema Pstereo, una oportunidad singular, encantadora.

  

 

Pecado y abstracción: Sobre la propuesta de Juarez Machado

Por: Luisa Deguile

 

El dicho va de perderse, para al cabo encontrarse a uno mismo de veras. Alberga lo suyo de cierto. Pero en cuanto a hacerlo en comunión, o más bien dar con uno en el otro, refiere apenas un ideal. Bien lo señala Albert Cohen, sobre todo en Belle du Seigneur: la completa unidad, sublime, difiere del amor; la pasión, por su parte, implica abstracción: mil veces, de la muerte, tan cerca. Es ilusión de afirmación, en realidad rechazo a la amenaza que sentimos, se cierne sobre nosotros.

Quizá por ello el afán de monumentalizar momentos, a menudo precisamente correspondientes a este extravío, como si se tratara del paso clave al más allá, en –gozosa trascendencia…
La obra de Juarez Machado provoca al respecto. 



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Desaforo: Sobre la propuesta de Kinki Texas

Por: Guillermo Cóbena

 

La alegría brota siempre del recorte de una perspectiva, de su violenta parcialidad. Se concentra en el favor de la fortuna, o la ilusión; en todo caso responde a la justificación del rumbo adoptado, la actitud tenaz, tozuda o inconmovible que nos ha traído adonde nos encontramos. El placer de creerse justificado impulsa a la sonrisa y a la risa. De manera que nos adelantamos a estorbar con ruido el probable asomo de la duda, por muy remoto que sea. Es nuestra vida, nuestra realidad la que se impone. Sobre la de los demás.
Muestran los dientes, sus armas, y aunque no pueda descartarse el riesgo de ser herido en plena algarabía, en tanto uno se manifieste claramente plegado al motivo del ágape (la muerte, inminente o potencial, del otro), será bien acogido.
Es la fiesta.
Bienvenidos sean a las celebraciones de Kinki Texas…



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Labrando, una voz: Adelanto de Decir Umbral (Extravío), novela de Roberto Zeballos Rebaza


[ 1,999 ]
 

 

 

Me desperté junto al mar, en un lugar desconocido. La niebla de la madrugada se había disipado y del cielo emanaba una blancura resplandeciente, a la que sólo desafiaba, en el lejano horizonte, una tímida franja de luz anaranjada preconizando la próxima plenitud del día.
Bajo aquella efímera iluminación el agua del mar parecía como de una consistencia lechosa, de una suavidad casi espectral, y la arena de la playa, tersa y compacta, daba la impresión de no haber sido nunca perturbada.
Estuve contemplando largo rato aquel panorama, desde mi asiento en el ómnibus en el que viajaba a lo largo de la playa, hasta que finalmente desapareció. ¿Cuál era aquel lugar, aquella desierta playa sin nombre y aparentemente resguardada del contacto con los hombres? Nadie parecía saber o querer informarme, debido quizá a la propia inexactitud de mis descripciones.
 

 

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