Línea difusa: Digresiones en diálogo con Celia Anahín

Con Juan Pablo Torres Muñiz
 
Hay ocasiones, cuando los sutiles modos de, digamos, una invitación resultan particularmente apropiados, una ofrenda, producto pleno del esmero que en sí mismos revelan, materia seductora en su conjunto, y no obstante, en apariencia, apenas medio para situarnos en un estado de lo más favorable a la contemplación…, y de pronto nos enfrentan sin más con – la cuestión misma de fondo.
Entonces basta corresponder con un mínimo de delicadeza para caer en cuenta, nos hallamos comprometidos en el asunto, hondamente. Aunque ignoremos el momento en que cedimos, ni de qué modo lo hicimos, dónde estuvo “la trampa”, y en qué medida fuimos nosotros mismos que nos metimos en esto. Aparte de qué es “esto mismo”…
Tal especie de insinuación, por lo delicada, se sitúa provocadoramente cerca de la complacencia, nefasta; mas desde tal cercanía, la enfrenta, rompe el cristal del espejo que la representa. Libera el aire del humor de sus poluciones y abre paso al asunto de nuestra fragilidad, cierta propensión a ceder dóciles a determinados perfumes.
Las imágenes de Celia Anahin crean una atmósfera que, digamos, enmudece el entorno, evoca por detrás de él susurros de horizontes lejanos, abandonados en amaneceres y de tarde, a los sueños, – al olvido.
Nos lleva. Vamos. A perdernos con ella.
 
 

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