Risa contra el hielo: Sobre la vuelta de Joker en la cultura popular.

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
¿Qué tanto sorprende de veras el éxito que cosechan hoy, a través de las pantallas, varios viejos héroes, especialmente los de historietas? Al respecto, ¿no era de esperarse el contraste de estos con Elsa, la protagonista de Frozen, personaje, según muchos, revestido de una dignidad de la que ellos carecen? ¿No refuerza el resultado de este contraste la idea de que los machos Iron Man, Spiderman, Flash y los confundidos Skywalker, son en realidad los favoritos solo de los niños y de los hombres aniñados, aparte coleccionistas serios y  otros nostálgicos?
Que esta sea una época de reescrituras apresuradas, remakes y, sin más, plagios a escala industrial, no es coincidencia: Rambo y Rocky, aunque este por medio de su legado, hacen el refrito en franquicia, aparentemente sin cansancio; de hecho, el club entero de veteranos de acción, encarnaciones de la violencia por causa justa, con rostro propio: Schwarzeneger, Van Damme, Lundgren, el mismo Stallone, en otros papeles, y compañía, vuelven porque el puesto quedó vacante demasiado tiempo ya, y porque la burla aquella en relación a las historietas, se da también entre congéneres: de supuestos adultos a mocosos.
Acaso la aparición de Neo, en Matrix, sirvió para declarar solemnemente dicha vacancia: Un héroe desarrolla una lucha, y a través de esta hace significativa su vida, ofreciendo, además, un sentido a la vida de los demás; el personaje interpretado por Reeves (mucho mejor como John Wick, empero remedo de sus predecesores y, por tanto, indigno de mayor mención aquí), encarna al perpetuo adolescente extraviado, de padres ausentes y sin referente alguno que le permita saber de dónde viene ni mucho menos si sirve para algo o apenas vegeta ante su ordenador como tantos otros en un mar de estadística. Sin la menor idea de qué diablos hacer precisamente, ni de quién es él mismo en realidad, vuela y reparte golpes, como típico dibujo luchador de anime, a lo largo de tres filmes cuyo planteamiento inicial, si bien es interesante, incluso cuestionador, finalmente, y justo por la inconsistencia de su protagonista, nada nos dejan, salvo un curioso listado de efectos especiales estrenados cada vez.
Alguien por ahí dice que Neo es en realidad el padre conceptual de la masa Millenial, ese que nunca se enteró que le habían fallado los preservativos, seguramente porque no sabía a qué cuerpo ponérselos, ni cómo, pues a lo mejor había que resolver un acertijo para eso y ya tenía suficiente saltando niveles a lo Mario.

 

 

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Alcance y magnitud: Sobre las pretensiones de Christopher Nolan, a partir de Dunkerque

Por: Ernesto Carlín y Juan Pablo Torres Muñiz
 
Un thriller de suspenso épico. Suena rimbombante, pero así lo llama el mismo Christopher Nolan –rimbombante. Dunkerque cuenta con momentos notables; luce un lenguaje cuajado, revelador cuando el excesivo recorte queda de lado y una secuencia supera la dimensión de estampa espectacular, libre al fin de la habitual tendencia del director por el sesgo desconfiado: la nota pedagógica y condescendiente conque, fuera de tiempo, suele darse a surcir la sobrecarga de cabos sueltos.
Esta película se presta bien a un balance de méritos acumulados, así como de posibilidades abiertas más o menos intencionalmente por Nolan y Cia., para próximas tentativas de ambición semejante. Porque vuelve siempre, apresurándose, a temas de peso: las diferencias entre verdad, realidad, experiencia y –ahora– historia. Incluso, algo más.

  

Fecundación: Acerca del videoclip de Earth, de Dream Koala

Por: Luisa Deguile


Como una simple línea, una progresión.

Partimos de nubes en movimiento. Ondulan en cadena. Son estremecimientos de un cuerpo cuya piel apenas y soñamos acariciar con la mirada, sobre el horizonte.
Sin hombres ni otras criaturas menores yendo y viniendo, robando plano alguno, la danza inmensa se alza ajena a todo valor asignable, tan siquiera una escala referente; queda apenas contemplar. El espectáculo conmueve, pues nos devuelve siempre a nuestros límites, violentamente, a la vez que nos aparta de ellos, cuestionándonos respecto de otros horizontes, inmateriales.
Pero el drama, aquí, pretende sembrarlo la música… Por debajo de sus notas, el rumor, los silbidos, para remover una común esencia.

Se nos invita a asomarnos vía ficción, pero mientras, el monóculo se engrosa y la luz llega más y más deformada. ¿Acaso es posible referir un cataclismo si no a través de una ilusión, cediendo además al afán de ponernos en contacto, al menos una pizca, del lado de su causa?

 

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