Continuidad de la visión: Sobre obras de Gustave Caillebotte

Por Victoria Viola y Guillermo Cóbena
 
Visión y visualización…
La confusión entre estos dos términos sobresale entre otros varios descalabros idiomáticos por el modo en que ha venido a formar parte importante –no sin caché– del argot pseudo profesional de gestores de procesos, de producción, a nivel material, económico, así como de capital humano. Nos topamos con «visualizar» aquí y allá en redes sociales, lo mismo que con «aperturar» en lugar de «abrir», pero por ser menos evidente en su sentido, el error aquel truena más, claro, en la medida en que a uno le importe lo que dice y oye decir. Guste o no, el lenguaje verbal es articulación y, como tal, tiento de sentido, incluso para desafiar este en otros planos…
Ver no conlleva más misterio, no literalmente; es de por sí, sin embargo, maravilloso. Uno ve, en efecto, lo que tiene ante sí. Pero visualiza justamente lo que no es posible de ver «a simple vista»; de hecho, lo hace visible por medio de algún procedimiento o a través del empleo de algún dispositivo. Así, uno ve efectivamente por medio de la vista, mientras que uno visualiza en la medida en que fragua ante sí una representación. ¿Qué media en este caso sino el prisma de la propia visión, esta vez como concepto en su acepción más compleja?
La forma de mirar, claro, depende a menudo de la propia concepción del cuerpo, antes aún, del espacio y de las dimensiones que uno mismo ocupa, incluso a nivel inconsciente, reflejas, reveladas, gracia del lenguaje inventivo, en lo que uno ve. La concepción del mundo impregna así, no solo la obra de un artista de su tiempo, sino que lo hace tal, graba en su visión misma, la visión de su época, con la que, en caso se trate de un auténtico visionario, romperá.
Victoria ve en el legado de Caillebotte, hondo… Comparte la experiencia, atravesando la generalidad y el detalle en torno, para llevarnos pronto a obras puntuales, muy a su modo:
 
 

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Decir de drama: Sobre la obra de Robert Heindl

Por Guillermo Cóbena
 
Efectivamente, hablamos de textos, pero qué tan preciso es preguntar qué nos dice, entonces, tal o cual imagen. A distintos lenguajes corresponden obviamente distintas lecturas; por tanto, la cuestión planteada de aquel modo alude tácitamente a una traducción, y supone, sin más, su plena fidelidad. Afirmar que el significado de la imagen es objeto invariable de transmisión a través de la palabra, del decir articulado en el tiempo, constituye un error, grueso, par a declarar idénticas reproducción y explicación.
Si bien esto resulta bastante obvio, la obra de Robert Heindl tienta, en su elocuencia, al intercambio de pareceres, más allá de los objetos de representación, directamente sobre la esencia de todo drama, como si contuviese ciertas claves de fácil traducción al respecto, acaso resumidas.
 

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Consciencia de la forma: Sobre ciertos reduccionismos en torno a la persona humana

Por Guillermo Cóbena

 

Para C.

   

Es fácil dar por sentado que las comodidades de que gozamos al presente forman parte estable de la vida de todos, que corresponden, sin más, a la cultura, que por sobre dichas comodidades, sin alterarlas, es posible cambiar drásticamente el sistema que permite su normal funcionamiento. A menudo damos por supuesto que nuestra posición, la de los seres humanos respecto del resto de la naturaleza, apenas y guarda relación con ella, que tiene de alguna forma vida propia, al margen, por ejemplo, de la evolución. Y se supone que la evolución humana depende directamente de la tecnología; por tanto, del lenguaje. Digamos que desde tal perspectiva los medios son tomados claramente como fines: definen, según muchos creen, al propio ser humano, y a la persona.

¿En qué medida la humanidad requiere realmente un tratamiento distinto del que se da a otras especies? ¿Es posible entender y, ni qué decir luego, atender debidamente a la persona humana si se la tiene como parte de una especie, nada más? ¿En qué consisten las diferencias que justifican la clara distinción de trato?

 

 

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(Auto)compasión: Sobre el videoclip de Gold, de Chet Faker

Por Guillermo Cóbena
 
La marcha. El compás se abre paso y da pie a la idea de camino, como sendero único. La única forma. Se trata, entonces, de una versión de la historia personal como destino: una visión con la que, acaso, se pretende explicar todo. Justificación…
Hay quienes construyen su vida como el probable guión de una historia; procuran, por tanto, que esta sea entretenida, pero mejor aún si resulta espectacular, así permite pasar por alto los más absurdos saltos, lo incongruente. Cada que se dan a contar de su vida, más todavía cuando dan explicaciones de sus problemas, superados o no, convierten a quienes los rodean en –interesantes– personajes secundarios (como si promovieran, de paso, el casting con su interlocutor).
Bajo la dirección de Hiro Murai, el videoclip de Gold, canción de Chet Faker, nos enfrenta a la farsa de las verdades resolutorias, los manifiestos con los que a menudo se pretende convencer al otro de que se halla ante una víctima…
 

 

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Del otro lado, siempre: Sobre la propuesta de Luca Galavotti

Por Guillermo Cóbena
 
Suele decirse que el éxito con una fotografía depende del dominio de la luz. Saber dar con la luz más apropiada para la imagen; más precisamente, con la luz que efectivamente hace de la imagen significativa; saber intervenir en sus efectos para lograr el mejor ajuste posible, según la visión que se tiene de ella.
Así, la labor artística fotográfica empieza como una búsqueda, un tanteo, y torna, luego, en la realización misma de la visualización del artista a partir de sus capturas: el procesamiento de la imagen ha de resultar en la concreción aproximada del significado de la cita entre objeto-lugar y momento. Uno sabe que la imagen es la esperada, cuando una vez revelada y/o editada, confirma la pregunta a que nos indujo, de forma más o menos precaria, con el primer encuadre, antes, y como motivo mismo del disparo.
¿En qué medida las imágenes refieren, en conjunto, al carácter de una búsqueda en particular?
¿Y qué hay del trabajo de Luca?
 

Lumbre: Sobre la novela Los simuladores, de V.S. Naipaul

Por Guillermo Cóbena
 
En la tierra, las raíces; una base. Las ilusiones, arriba, en el cielo. No hay camino ascendente; lo que hay es casi siempre espacio abierto aquí abajo, senderos que puede uno seguir, convencido incluso de que avanza.
El abandono de la tierra natal implica como tal, la marcha en pos de algún ideal, por difuso que este sea; de elevados objetivos, suele decirse. Alzar vuelo. No por azar la ambición es corrientemente representada en aves de presa. Sin embargo, solemos encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo después de haber caído un buen par de veces del andamiaje de la ilusión, cuando empezamos de veras a hacer camino, a rastras o a pie, de lado la idea de adelantar a los demás.
Naipaul se ocupa, entre otros, de este asunto en Los simuladores, quizá la más agria de sus novelas.