Comprometidos: Sobre la convivencia en tiempos de pandemia

Por Juan Pablo Torres Muñiz
  
Para Cintia Ugarte
 
<<El hombre de Neanderthal aprendió a llorar, probablemente, al darse cuenta de que después de matar el bisonte
y arrastrar la pieza a su cueva, no tenía con quién compartir su orgullo de cazador ni a quien enseñar sus heridas.>>
Magda Szabó (La Puerta)
 
 
De pronto, millones de personas se ven forzadas a permanecer en sus casas, sin poder salir. Familias reunidas, encerradas, salvo un miembro cada vez, encargado del abastecimiento. Al menos en teoría. Los que circulan sin más, no solo se apartan de los suyos, que se quedan momentáneamente a salvo del contagio, aunque solo hasta la vuelta de los paseantes, sino de la norma por medio de la cual se vinculan de un modo más amplio con el resto. Su acercamiento físico a los demás deja de lado otra forma de contacto, abstracto, al caso, no menos importante, sino mucho más, de momento. He aquí un nuevo conflicto entre deseo de plenitud y afán de sentido.
Bastante, de hecho demasiado se ha venido diciendo respecto de la soledad, de la supuesta confirmación del vacío en la vida de mucha gente, desnudo ante la muerte. Lo propio se ha hecho respecto del aprovechamiento del tiempo en soledad o, como algunos se han lanzado a llamarlo, la capitalización de dicha condición. También se habla de las ventajas del contacto por medios digitales y hasta se ha insinuado –lo que tristemente era de esperar– que lo que viene ocurriendo constituye un paso más, simple pero brutal, hacia la modificación definitiva de nuestras relaciones interpersonales, según estos pretendidos optimistas, destinadas a desarrollarse sobre todo en un plano virtual. En todo caso, hay que distinguir comentario de exploración crítica, lo mismo que boceto de juicio lanzado al aire de planteamiento de discusión.
Toca preguntarse cómo es que viejas formas de organización, más allá de la amplia variedad con que hoy se dan, continúan su tradición fundamental, respondiendo a una nueva situación de crisis demostrando porqué son tan longevas –a fin de cuentas, esta mal llamada «era» es muy reciente y nuestros problemas básicos apenas y han cambiado, en realidad–. Obviamente, la cuestión atraviesa múltiples aspectos de nuestra naturaleza, así como de lo que entendemos por cultura. En este texto pretendemos explorar el asunto desde la manifiesta distinción entre autonomía y autosuficiencia, patente en el compromiso social, siempre, para el logro de aprendizajes. Atravesamos el tema de la gestión de la soledad en el marco de una nueva sociedad, cuya mayoría se muestra afanada en que cada quien vaya sin más por su cuenta, rechazando o relativizando todo compromiso.

 

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Cuestión de cuestionar: Sobre la motivación en aulas de Literatura

Por Juan Pablo Torres Muñiz
  
Un breve ejercicio de imaginación:
De pronto, abrimos los ojos. Ante nosotros, un cruce de calles desconocidas, y a nuestro alrededor, movimiento: gente desplazándose, unos van y otros vuelven, cada cual adonde sus asuntos la requieren o adonde el ocio los invita.
Lo primero que hacemos, claro, una vez nos reconocemos perdidos, sin un paisaje ni monumentos a la vista que nos puedan servir de referencia, es buscar carteles, la portada de un diario o de una revista, algún texto que nos permita saber… Y si no es posible o, peor aún, si lo que vemos está escrito en un idioma para nosotros desconocido, buscaremos contacto con alguien, intercambiar palabras con quien sea nos entienda.
¿Cabe alguna duda? Así estamos requetebién motivados a aprender el nuevo idioma, así como los demás lenguajes de uso en esa supuesta locación.
Es esta una forma de empezar el curso con los estudiantes, salvadas las distancias con la atrocidad de aquella escena. La forma del ensayo nos permite, sin mayor problema, desarrollar el tema apoyándonos en el testimonio, en la experiencia significativa; esta se prestará a diálogo, con miras a responder: ¿cómo motivar a los estudiantes de los distintos niveles de educación, especialmente en cuanto a Lengua y Literatura?

Consciencia de la forma: Sobre ciertos reduccionismos en torno a la persona humana

Por Guillermo Cóbena

 

Para C.

   

Es fácil dar por sentado que las comodidades de que gozamos al presente forman parte estable de la vida de todos, que corresponden, sin más, a la cultura, que por sobre dichas comodidades, sin alterarlas, es posible cambiar drásticamente el sistema que permite su normal funcionamiento. A menudo damos por supuesto que nuestra posición, la de los seres humanos respecto del resto de la naturaleza, apenas y guarda relación con ella, que tiene de alguna forma vida propia, al margen, por ejemplo, de la evolución. Y se supone que la evolución humana depende directamente de la tecnología; por tanto, del lenguaje. Digamos que desde tal perspectiva los medios son tomados claramente como fines: definen, según muchos creen, al propio ser humano, y a la persona.

¿En qué medida la humanidad requiere realmente un tratamiento distinto del que se da a otras especies? ¿Es posible entender y, ni qué decir luego, atender debidamente a la persona humana si se la tiene como parte de una especie, nada más? ¿En qué consisten las diferencias que justifican la clara distinción de trato?

 

 

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De lo ideal y lo fértil: Reflexiones a partir de una lectura de T. Szasz, en el ámbito de la educación

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
A la muerte de Szasz, parte de la academia psicoanalítica suspiró con culpable alivio: era el adiós a uno de sus críticos más duros. Por otro lado, muchos, dentro y fuera del mismo círculo, lamentaron su partida: las observaciones de Thomas daban lugar, frecuentemente, a fértiles debates.
La aguda, aunque muy discutible observación del Dr. Szasz, al empleo del término enfermedad mental en el ámbito de la Psiquiatría, resulta aprovechable para contemplar la posibilidad de su aplicación por analogía en ámbitos como el de la Educación. En este se da, de hecho con cierta frecuencia, una suerte de tipificación en exceso específica de ciertos extremos considerados perniciosos, así como una idealización parcializada de otras conductas bajo el sesgo de un credo, de una ideología o, sin más, del aliento de una época.
Szasz plantea que el término enfermedad mental ha dejado de servir como referente válido para la constitución de una disciplina, cuya buena intención, finalmente, también pone en entredicho; asimismo, plantea que el mismo término ha venido a reemplazar, con fines egoístas, al mito, antes común, de la brujería y otros similares, dando lugar a prácticas arbitrarias de consecuencias lamentables.
Transitemos: ¿Existe de veras una educación apropiada, óptima, ideal? Y, por cierto, ¿equivalen lo mismo, estas tres calificaciones? ¿Qué determina, en todo caso, si una conducta se encuentra objetivamente fuera de lo esperado como fruto del proceso de aprendizaje, y cómo garantizamos que este criterio sea justo, pertinente, útil más allá de un contexto puntual?

 

 

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