Contacto: Sobre la propuesta de Neil Craver

Por: Luisa Deguile
  
Tentación de contacto. Como suele ocurrir, bajo la ilusión de que son otras fuerzas las que nos conducen más allá de la propia voluntad…
Así, la curiosidad, el hambre que bien podría explicar el modo furtivo de las capturas, pinta de fuerza distinta, una como determinada por la Física: sí, surge del vacío. De tal forma que nuestro lado, el del espectador, digo, se ofrece presto al particular carácter de cada quien y sus circunstancias. A que lo llenemos.
La posición nos es concedida en el borde mismo de la sombra desde la que acechar.
En todo caso, a salvo: Son ellas las que están desnudas.
Pero Neil Craver nos hace partícipes de algo más…
 
 

Vamos nuevamente a la sustancia:
Líquido, densidad bien dada al juego de luces. Cada accidente: ondas, sombras de partículas, reflejos, la refracción, afecta no solo la imagen si no al aparato sensible entero.

 
Veamos:
La danza más que solo las danzantes se enriquece de brillos y reflejos; el espacio cobra carácter no solo por profundidad o densidad, si no por la variedad con que trasciende, sector por sector, la condición de lienzo. Representa en cada uno un estadio, si se quiere, en el retablo: desafío a la noción de tiempo lineal. De modo que asistimos a algo diferente a una función de tiempo suspendido; acaso a la coagulación del tiempo en materia, de luces  y de sombras.
Pretensión de provocar más sentidos. La piel…
 
 
El tiempo de nuestro lado, fuera de la fotografía, marcha a compás distinto. Otro pulso. Depende de cómo reaccionamos al evocar el contacto físico con la materia líquida. Influye la impresión por el modo en que flotan las criaturas. Su liviandad corresponde además a flotar en otra medida: tiempo, en la contemplación.
Brillan las alusiones al vientre materno. Al paraíso, también.
Como clave que se suma, además: la serenidad de los rostros. Como signo de su inocencia. No culpa; y no ciencia.
No nos ven. 
 
 

Hay más. En el resto: el entorno, más allá del agua. Ramas, árboles; el bosque. En los destellos bajo la superficie y sobre esta, la evocación del leve ruido de las olas, el eco del follaje (aunque no haya más evidencia de vida silvestre animada). La sustancia que nos sostiene, nos abraza, tentando la idea de exclusividad, corresponde al ideal romántico de maternidad: oh, madre tierra…

Seguimos.
El sonido viaja seis veces más rápido a través del agua que del aire: Propagación.
Aquí, sin embargo, el rumor no es de palabras. Es distinto. Voz de adentro, de oración, que remueve la sustancia de milagros luminosos. Quizá, llegado este punto, nosotros mismos…
 
 
Ello porque las visiones de Neil Craver implican intimidad. Mucha. Como un rito. Una comunión.
Ante nosotros, desnuda, la inocencia, con distintos rostros, a merced de la captura furtiva. Nos la entrega.
La aceptación del propio vacío, esa suerte de entrega, el abandono a ser vistos, también, traería consigo el fin del hambre, nuestra redención.
 
 
Pero no hay garantías. Si apelamos a la ilusión de óptica, es el perfil del observador el que queda pendiente de definición…
El tono del encuentro parece espontáneo en cada imagen, por ambas partes: Ya fue dicho que los accidentes suman al efecto; conviene resaltar, sin embargo: el encuadre mismo parece resultado directo de las circunstancias del ritual, mas por dentro de la escena. Una oportunidad única cada vez, que no pretende perfección.

 
Qué nos toca, de tanto hurgar…
¿De veras queremos ver? ¿Acaso «los accidentes» no nos protegen también? ¿Con qué se daría una y otra muchacha inocente si abandonáramos la sombra? ¿Por qué la insistencia en dar con los ojos del otro, en vencer «la interferencia», cada vez? ¿Qué buscamos y, más importante, dónde, en realidad?
Tocarnos



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