Fecundación: Acerca del videoclip de Earth, de Dream Koala

Por: Luisa Deguile


Como una simple línea, una progresión.

Partimos de nubes en movimiento. Ondulan en cadena. Son estremecimientos de un cuerpo cuya piel apenas y soñamos acariciar con la mirada, sobre el horizonte.
Sin hombres ni otras criaturas menores yendo y viniendo, robando plano alguno, la danza inmensa se alza ajena a todo valor asignable, tan siquiera una escala referente; queda apenas contemplar. El espectáculo conmueve, pues nos devuelve siempre a nuestros límites, violentamente, a la vez que nos aparta de ellos, cuestionándonos respecto de otros horizontes, inmateriales.
Pero el drama, aquí, pretende sembrarlo la música… Por debajo de sus notas, el rumor, los silbidos, para remover una común esencia.

Se nos invita a asomarnos vía ficción, pero mientras, el monóculo se engrosa y la luz llega más y más deformada. ¿Acaso es posible referir un cataclismo si no a través de una ilusión, cediendo además al afán de ponernos en contacto, al menos una pizca, del lado de su causa?

 

 

¿Acaso es posible tentar la comprensión del final de los grandes ciclos sin engañarse uno mismo?
¿Podemos asomarnos sin abandonarnos al vértigo y el terror, y entender de veras algo? ¿Podemos hacerlo, sí, a través de un juego retórico, representaciones abstractas, artificios técnicos?

 

Earth
Podría, respecto del tema y las imágenes, hablarse de superficialidad, más que de ligereza: tanta tecnología, tan pocos minutos, tan pocas palabras (y estas tan poco, además)…
 
Have you ever seen the lights
Of a thounsand exploding suns?
Kingdoms and cathedrals under the ocean
 
…, hasta el clímax con mano tembleque al pecho y la obviedad:
 
Because no god can save us of ourselves
No god can save me from myself
 
Felizmente, la producción de Les Gentils Garcons ofrece más. Una paradoja.
Así como ningún discurso verbal soporta ni la realidad que la provoca ni de la que brota, se nos ofrece aquí, como una especie de manifestación involuntaria de tal principio, que las líneas, los pobres versos, al caso, son arrasados al vuelo de la aproximación, mucho más tangible, de las imágenes. Pero recortan más, drásticamente, el alcance de la tragedia.
Sí, como cathedrals under the ocean.
Our time has come, dice luego la letra. Pero el videoclip, acertadamente, contradice la cantaleta profética: La vida es lo que viene. La vida es lo que se alza en la propia representación… En la propia voz de Yndi Ferreira, con la sosa letra…, gracias a la imagen, a la coreografía…

 

Cuestión de escalas, nuevamente.

Reconocerse de veras sobrepasado, obliga a cambiar de perspectiva, al menos a intentarlo, procurar salir un poco del propio pellejo. Sin palabras… Lo que requiere a menudo más que de silencio, del abandono de uno mismo a la sinfonía del fenómeno, entre el supuesto ruido, los ecos, para comprender solo y solo quizá– después…
Mientras tanto, la voz, como calza: un tenue lamento.
(Vale la pena repetir, en este punto, el videoclip.)

 

 

Hay más.
Una bala de conciencia; detrás de ella, el rastro, la cola que la hace serpiente. Sale del color, la convulsión, y atraviesa el espacio, impacta, rompe y raya –desde luego, trasgrediendo la realidad posible–. En fin…
El trazo, la aceleración, el ritmo acelerándose y la elevación de las notas, avivan el drama, acompañan una secuencia que parece provenir de otra concepción, quizá inspiradora de la misma canción. Y en pocos casos esta idea se impone con tanta fuerza. De aquí, la referencia a momentos de El árbol de la vida e Interestelar
No solo por estética. Veamos.
Asoma la tierra. Se da el encuentro esperado.
Fecundación. Para concretar el probable viaje inverso en el tiempo.
El planeta contiene la vida. Es potencia. Pero esa “conciencia” del viajante se plantea necesariamente en términos reducidos: colores, texturas que seducen…
La célula-voluntad, viajera, frágil. La célula-fértil en espera (o no)…
Son alusiones elementales. Que funcionan.
¿Hasta qué punto esta superficialidad es relativamente aceptable por la magnitud del objeto o fenómeno a que nos aproxima?



Lo cierto es que hasta ahí llega.
Señalar la propia “reflexión” ante un fenómeno de gran escala es como clamar uno mismo que, en efecto, llora ante un espejo su propia soledad.

En tal sentido, anunciar el videoclip con la etiqueta de “reflexivo” no puede resultar menos absurdo. Y se ha hecho. Con ello, más bien se puede afectar el flujo natural de ideas que con sus efectos, claramente pretende desencadenar.
Que Dream Koala sea calificado de artista reflexivo… sobra. Lo mismo que otras cosas, al caso. Pero felizmente, no la vida.



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