Y lares a través: Cuatro poemas de Kurdistán, de Juan José Rodinás

Raíz du Bouchet (un árbol invisible)
 
Algodón madre:
la foto de mi cabeza oscura
y una lámpara que acumula vacío tras mis ojos.
 
Como arrojar la mano y esconder la piedra.
Un aeropuerto para salir del mundo.
Un mundo para salir de mí.
 
Este lugar donde escribo una cápsula:
hotel de mis heridas y un vaso de carburo.
 
Doblo mis manos y las guardo baja la piedra negra
y el corazón del caballo que me mira dormir desde pequeño.
 
Alguien es la melena de un hombre arrodillado,
un rostro en mi casa de niño que dice a la hormiga del pasto,
“transita, Mi Señor: el universo alcanza para ambos”.
 
Alguien. Algo.
Amarillo sin dónde,
                   carretera sin rostro,
retorna corazón-cabeza a donde no perteneces:
sé que alguien, lejos de mí, te espera.
 
 

Blind Dance, de Serenella Dodi

 

 

Sobre un cuento de Dino Buzatti

 

 
Leo el evangelio de las cosas en el ojo del caballo:
una carretilla (que no entiendo,
pero que avanza con tripas arrastradas
sobre una carretera de hielo).
 
La nieve es nieve.
Leo la descripción de esa carretilla
y la palabra carretilla se copia aquí.
Eso leía o eso leo.
 
Leo una historia muerta
(fragmentos de objetos que no hay:
un pozo diseñado para imaginar
que hay un pozo ahí donde está el pozo).
Imagen que trucamos para que nos crean
cuando decimos la verdad:
la carretilla lleva tripas hacia la casa donde…
 
El caballo sueña un caballo inmolado
sólo para demostrar que hay sufrimiento,
pero lo que leo es un montón de vísceras
y un caballo sagrado por fuera de la foto.
 
En fin, entrar y salir del cuadro:
el propósito es mostrar que los caballos no corren libres,
pero podrían y ese podrían impulsa al caballo irreal
por fuera de la foto: la realidad es que la masa
de órganos un día atravesó el campo muerto,
entonces vivo.
 
Después de todo hay cedros (y rosas
clonadas en genoma laboratorio dentro y algunas
vacas) y hay cedros y cráneos de conejo y tarros
de basura.
 
Hay mucho campo muerto, pero el caballo
estaba vivo en el campo muerto, pero hoy yo estoy vivo
y muerto.
 
El caballo y yo estamos hechos de neuronas,
palos y piedras para que la gravedad no nos olvide.
El caballo y yo somos dos carretillas de vísceras
que nadie lleva.
 
 
 
Rapsodia sobre el avión de tamaño real que no pesa sobre mi mano
 
La cabeza sobre un plato y un sonido de tilos.
Mis días que habitan salamandras.
Son días con dolores de hueso, querido Philip K.
Abres un hospital donde leen la biblia de los juguetes rotos,
donde yo orinaba mi vida una tarde del 79.
 
Mi primer recuerdo es un automóvil en el patio del restaurante La Isla.
En la cocina, mis tías ordenaban sus trenzas.
Yo estaba encerrado en un datsun viejísimo.
 
¿Quien sabe cómo los caballos se encierran,
crecen adentro de los árboles
y las savias mercuriales y su lugar de origen?
Mi madre, mis abuelas, mis tías, los caballos.
Yo encerrado en un auto del que no sé salir.
Yo encerrado en un mundo del que jamás se sale.
Yo pliso la cofia de la ventana y escupo
las magnolias negras que no le pertenecen a mi taza de huesos.
 
Al fin, los muertos abandonan sus casetas de niños
y reposan en las piernas de sus padres.
Exprime, tú, cactos de entraña ardiente,
voluntades convexas, porosos molimientos.
 
Santo Domingo, Mayo de 2015.
Un higo perla habita el pecho del hombre triste:
se hunde la bujía en los vacíos cosechados.
¿Quién sabe si alguien duerme en las nubes numeradas,
cavafis y una grecidad de tres monedas?
 
Mira la cabeza expulsada del corazón
hasta las arterias donde el mendrugo de pan flota sobre los urinarios
que instalan junto a las avenidas.
 
Calle Anacaona: un guiño de Cheo Feliciano.
Quiero que mi cabeza hable, que mi cabeza diga: ”sé niño de nuevo”.
Quiero aglomerarme bajo ubres de animales cansados que no lloren.
Soy mi único padre.
Fui abandonado por el padre que no soy.
Quiero tener un hijo para no ser su hijo,
para no ser su padre y abandonarlo dentro de mí y
que se pierda para siempre. Y quizás entonces yo me encuentre.
O, lo que sería mejor, este lenguaje se destruya.
 
Un cielo mide la mano:
es la altura del poema inevitable.
Son los días que la vida crea:
cálidas sucesiones, florecidos setos de avenidas
con muchachas que se llaman Gabriela o vaso de vencejo azul
que vuela, circulante, sobrio, en su propia botella.
 
Los días están embotellados, Philip K.
 
Me siento a mirar televisión
Mi cuerpo pesa sobre la silla.
Yo que nunca pesé bastantes flores
visito montañas de una casa abandonada.
Era mi cuerpo regresando.
Los días tienen cosas cálidas.
Yo, mi vacío.
Un hombre frente a mí revisa su teléfono.
Hay células entre nosotros.
Lejos un tren que suponemos alejarse.
Un árbol, un arrimo.
 
El riesgo de seguir el surco, la rosa metabólica.
Recojo flores amarillas en el azul metilo. Volteo mi cabeza.
 
Nunca tuve país donde volver.
Mi país es una carretera que recorren cabras,
como máquina escribiente:
es un país de hijos que pasean sobre
mi país llamado carretera del norte.
Mi país solo tiene montañas.
Montañas que crecen en las empuñaduras de las nubes.
No hay regreso.
Creo en la fragmentación.
Creo en la costumbre.
Estrella del paisaje, la nave, la llave, mi cabeza.
Un fósforo para encender:
todo lo que sea el monigote de año viejo
que saltábamos con mis primos
buscando una fortuna que jamás llegaría.
 
 
 
Rapsodia para un niño zombi
 
Si te odias, dilo con rostros y tijeras: nunca uses caballos.
Repite “mi yo es este alambre que retuerzo
con un solo dedo de mi mano”.
 
Este poema no es actuado: es artillería ligera.
Este poema es actuado:
es un hombre que trata de tocarse el rostro mientras huye.
 
Soy un fantasma: no puedes dañar lo que no existe,
no puedes dañar lo descompuesto.
 
Soy lo que resta de la violencia cuando se ha ejercido:
un delfín arrastrado desde la playa
con una soga hacia la carretera. O fijar esa imagen en la mente.
 
Soy la cabeza que las personas cubo desprecian
porque no encaja en sus teorías y panfletos.
Aquí no hay política, pero hay alguien.
 
Soy la cabeza que las personas traje odian
porque a veces protejo el musgo en lugar de arrancarlo.
Aquí no hay dinero, pero hay algo.
 
Soy lo que las personas suaves odian porque parezco sólido.
Y engaño inclusive a la piedra que yo llamo cabeza.
Que ya no llamo alguien.
 
Soy lo que las personas duras odian porque habito una casa de mimbre.
            Disparar sin pistola.
            Agredir sin movimiento.
            Hablar sin habla.
 
Retrocede y siéntate. Siéntate y escúchame.
Un hijo no deseado del caos y su delicadeza fría,
esos bucles donde la materia oscura parece abandonada de misterio.
 
Acá soy edificado en Cristo.
Mi vida se arruina nuevamente.
Acá encontré al amor de mi vida, la muchacha de los equilibrios.
Mi vida se arruina nuevamente.
Acá miré el cielo un instante contenido de luz entre rosas celestes.
Mi vida se arruina nuevamente.
Acá puedo apreciar el vacío, la nada, el puro desapego.
Mi vida se arruina nuevamante.
Acá creo en la ciencia, en la lógica formal, en el transfeminismo.
Mi vida se arruina nuevamente.
Mi vida está salvada en su desmembramiento.
Así no más las cosas.
Todo es acumular engranes de una máquina abstracta
que a veces parece evaporarse.
 
Un río amarillo me lleva, pero yo permanezco aquí
llenándome de preguntas y de fotos de trenes que recorren
las vías que hay frente a mi casa tantas veces.
Ese roble o ese Wolkswagen rojo que bautizamos
con nombre y apellido para recordar siempre
que nuestro casa es Nadie. O una pantalla
donde se proyecta nuestra vida en un auditorio vacío.
 
Sí, jamás escribiré poemas militantes.
Me uno al partido de los que no existen.
Me uno al partido de los que nunca tendrían la razón.
Y lo saben. Y no la buscan.
Sólo creo en el movimiento de las cosas a través del espacio,
en su travesía por las leyes del tiempo y la materia,
en el movimiento de las hojas cuando tienes la completa certeza
de que te morirás un día. Y que ese día estarás solo.
Y que en ese detalle se explicaba tu vida.
 
Creéme si te digo que el fuego más azul
sólo se ve en los precipicios.
 
 
(Juan José Rodinás nació en Ambato, Ecuador. Escritor, crítico. Actualmente reside en Londres, Inglaterra.)
 
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *