Acaso furia: Sobre la propuesta de Margarita Georgiadis

Por: Lena Marin
 
De una parte lo simple nada más; de otra lo sencillo, consistente. Esto último, se emparenta, desde luego, con la complejidad, la riqueza; algo bien distinto de la complicación, aparente profundidad que en realidad delata nada más exceso (al cabo indisimulable, por enredo en nuevas justificaciones).
La contemplación de una obra de verdadero valor se prolonga en cuanto más hondo y más lejos nos lleva, conforme vamos descubriendo en su composición, de una parte, la complejidad aludida fuera de ella, a partir de un reducido número de elementos, lo mismo que la grave consistencia, el peso penetrante con que nos afecta a la par que vamos entendiendo de veras el juego que teje con varios de aquellos…
Vamos, a propósito, con Margarita Giorgiadis…

 


Ciertamente, el tiempo se lo dedica uno a una obra, más que obedeciendo a ciertos «tópicos» preexistentes –de los que apenas y puede surgir una siempre superficial primera impresión–, asimilando de veras su impacto, para darse luego a penetrar en su misterio (al que invita revelando en nuestro interior profundidades, de otro modo cómodamente ocultas).
Hay obras que llaman la atención. Hay otras que gritan, provocando una sacudida inicial a partir de la cual habrá de decantarse nuestro interés, conforme aparta el miedo (lo que requiere energía).
¿Qué es esto, Margarita Georgiadis…?

 

 

Hablar de causas, de razones, tranquiliza. Contenidas unas y otras en el misterio del tiempo inenarrable, digamos, de la pre-pintura, los gritos nos envuelven en reclamo de un entendimiento acaso más humano. A por motivos.
Esta violenta participación implica un compromiso pleno en la medida en que, fracturada toda línea argumental, aísla el momento de toda posible explicación de arribo a la crisis, lo mismo que diluye toda esperanza de salida con los cabo atados.

 

 

Vamos más de cerca:
Están ellas, sobre y ante todo. Pero también está el entorno, que –gracia de la mano al pincel, a la paleta– envuelve, como niebla. La probable bruma en que ellas mismas se pierden, o acaso se encuentran.
Padecimiento. Meditación. Trance. O gritan o se internan a su modo en una emoción que ha de corresponder, desde luego, a su circunstancia particular.
Provoca, entonces, enunciar algo sobre la mujer con respecto a la sociedad o cosa por el estilo. De momento, basta con reconocer directo el mensaje a partir de la figura femenina, abriendo así un amplio abanico de implicaciones.
 
 
El mensaje llega a nosotros a través de la sustancia que por color y textura cobra en todo sentido, forma de medio. Espeso, denso, contiene los ecos del mensaje en clave suspendida, intrigante.
Quienes contemplamos, los demás, los de fuera del cuadro, debido a este contacto, participamos de la pena o la provocamos. O de ambas cosas, en distintos momentos.
 
 
Como ya fue dicho, el instante retratado, el momento sensible contenido en cada uno de los cuadros, se halla suspendido no en relación a una probable realidad exterior, si no de la tensión misma que la sacude una y otra vez, que la mantiene vibrando. Conviene resaltar, no hay miras a ningún horizonte.
Los cuerpos concentran todo ángulo, su masa obstruye el horizonte. Ocupan. Absorben. Agotan.
 
  
La concentración aludida es terrible. Dura lid de sentires con la obra.
La trampa obliga a ciclos cada vez más profundos. Pretende labrar camino hacia el interior, hacer surcos, marcar. Más todavía: provocar un ciclón que desprenda energía, como emanación del violento proceso. Renovando o engrosando el manto de niebla.
 
 
Vestidas de blanco, de ceremonia, para la entrega, arde la pureza en otra franca provocación.
Mujeres sin rostro:
Margarita convoca: He aquí, cualquiera de nosotras…, quizá, aun en toda su variedad, en lo primitivo, La mujer
Y entonces arranca la de preguntas, nuevamente; estas se elevan con el ciclón.
Lo sencillo, lo complejo…
 
 

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