Navegar el tiempo: Sobre la novela El atentado, de Harry Mulisch

Por: Guillermo Cóbena
 
El tiempo. La memoria. El olvido. La verdad (de cada quien) y la realidad (tanto aquella a cuyo margen vivimos, a menudo ciegos por intención, como aquella que al cabo nos alcanza y compromete). La Historia. Ética y moral. Responsabilidad y culpa. El amor y el perdón. Todo un mundo. Y un mundo en que los hechos vuelven, sin repetirse, a través de nombres, de cuadros y de símbolos.
Sí, en esta novela, la ambición es de clásico; Mulisch, además, hace alusión directa a la gran Tragedia Griega. Vaya prueba de pulso…


De qué va la historia narrada –en muy ligero asomo, desde luego–; veamos:

Holanda, 1945. Harleem, ciudad portuaria. Ejecutan al jefe de policía local. El cadáver es dejado frente a la casa de los Steenwijk, y aquí mismo es hallado por las Fuerzas de Ocupación, que toman represalias contra ellos. Anton Steenwijk, con tan solo doce años, ve cómo en cuestión de horas su casa es destruida, sus padres y su hermano desaparecen, y termina la guerra.
Pasan los años y Anton lleva una vida, digamos, normal; es más, exitosa, gracias a haber sido recogido por sus tíos tras el atentado y, también, a su empeño en olvidar. Ya maduro, como médico respetable y padre de familia, verá volver el pasado a través de una serie de encuentros, hasta que se le revela en detalle qué y por qué ocurrió aquello de la noche a finales de la Segunda Guerra Mundial.





La novela se halla dividida en episodios, a cada uno de estos corresponde un paso determinante en la reconstrucción del atentado para el protagonista, pero cuestiona, a la vez, una serie de convenciones a propósito de cómo y en qué medida el pasado determina su presente –y el nuestro–, condicionando, además, el futuro; igualmente, respecto de la auténtica función de la memoria, subrayando la honda diferencia entre responsabilidad y culpa.
Una gran cantidad de referencias marca el relato desde un principio, especialmente a partir de la descripción del paso de un barquero ante Anton. Palanca con la pértiga desde su nave para hacerla andar: va caminando de cara hacia el trecho recorrido, de espaldas hacia el frente.
Mulisch plantea el pasado mismo como motor de la historia. Hemos de recordar, que a fin de cuentas, toda propulsión implica un empuje, algo como un ataque y un apartamiento. El desplazamiento resultante constituye la remoción de un orden estático. El movimiento es siempre, efecto, reacción. Y vida.
A propósito, algo más podemos sacar de la misma escena a las orillas del puerto, o más precisamente, de las impresiones que, según el narrador, provoca en Anton: Que la labor del barquero haya quedado por completo en desuso, que resulte impensable en el presente, salvo en una estampa de África u otro paraje en que persista lo primitivo, tienta a pensar que, irónicamente, acaso los antiguos, debido a esta misma y otras labores, entendían mejor, más de cerca, la propia vida (que a menudo se cobraba de ellos mucho más que cuanto hoy estaríamos dispuestos a aceptar).
Es esta capacidad de aceptar, reconocer la realidad lo más objetivamente posible, es decir, como algo fugaz (de lado el afán por poseer y retener, el apego), la que, junto con la de adaptación permanente, favorece en definitiva, no al llamado éxito en la vida, mas sí a su desarrollo en la mayor serenidad posible, y al mayor aprendizaje en cada una de sus etapas.
Parte del asunto consiste en reconocer el saber clásico al respecto –el padre de Anton le enseña griego–. Esto entraña múltiples dificultades. Y equivale a reconocer que antes, en algún momento, el ser humano estuvo quizá mejor dispuesto a entender la violencia, viviendo más consciente de la necesidad de aprender a lidiar con ella, disminuyéndola en lo posible, pero sin negar que resulte necesaria a menudo para sobrevivir.
El desaforo de la violencia, probablemente se ha debido siempre al afán por reprimirla, negación patética en pos de un orden general, uniforme (al que es imposible llegar sin imponer, supuestamente de modo pasajero, ni más ni menos que otra forma de violencia). Afán monstruoso.
Y sí, de todo esto dice lo suyo, la novela de Mulisch.
La abundancia de reflexiones, ideas provocadoras e insinuaciones sutiles, es vertida página a página con gracia semejante a la de un arroyo que canta mientras sus aguas se mezclan con las de otro afluente: Rumor del tiempo mismo, de sustancia oscura y lomo trizado de brillos.

 


 

 

En determinado momento, alguien recrimina a Anton por su buena memoria, le dice que debido a ella es él, en realidad, el chantajista que en cierta forma mueve los hechos. Acaso la memoria hace apenas venias a la voluntad, y enmascara, muda, el rol con que conduce desde lo hondo –a veces con guiños desde sueños–, nuestra conducta al presente.
Si el responsable de un hecho del que fuiste testigo, o peor aún, damnificado, te supone buena memoria, la culpa lo hará pendiente de ti. Tu imagen lo perseguirá, porque le devolverá una y otra vez la suya propia, culpable, viva mientras vivas tú. Serás grande, incluso monstruoso, en proporción directa a su miedo…
Si inspiras lo contrario del miedo, te desvanecerás en la nueva voluntad formada. Esta es, no obstante, la verdadera trascendencia, un salto mayor.
Toda experiencia preserva en luminosas claves, aun en medio de lo más oscuro, un amor, si este, desafortunadamente, tuvo lugar entonces, entre el espanto. Es que el amor entraña aceptación, de lo imperfecto; es más, toma su nombre a modo de virtud debido a ella. Bien lo expresa el propio Anton, en otro pasaje, cuando refiere que no hay verdadero mérito en amar a un ser por completo inocente, a un animal, por ejemplo.
Nos damos, por tanto, ante la invención de un ser nuevo, mayor, mejor, no obstante, reconozcamos en él, realmente, todos y cada uno de sus “defectos” (ciertamente, la aceptación nos llevará a hablar más bien de cualidades.). Y es que el ser amado será mejor, siempre, debido a la parcialidad de nuestra visión: cuanto queda por conocer, cuanto se nos escapa porque fluye en él, y de él mismo, en el tiempo, será en potencia, más, simplemente más. Esperanza…
Hay en todo ello, parte de ficción, sí, y por tanto, la necesidad de una memoria distinta. Una que dé valor a lo que no se sabe.
Surge la cuestión de si el amante no es entonces, el autor de uno mismo como obra. Lo cierto es que si esta vive más allá de nosotros, nos asombra, conmueve, nos basta: De este lado de las cosas, somos ya inmortales; nos han salvado…
 
 
 
El libro de Mulisch seduce por el misterio. Pero nos lleva mucho más allá de su trama. Nos enfrenta a nosotros mismos en el prisma de sus personajes, complejos todos. De ahí que su lectura provoque a decir lo propio respecto de tantos temas –y así entregarnos por nuestra parte a más memorias–…
Novelas como El atentado, en tal sentido, no se acaban. Nunca.
Enhorabuena. 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *