Afán sombrío: Sobre la propuesta de Michael Carson

Por: Isabel Pérez Bacorelle y Juan Pablo Torres Muñiz

 

Cuando observas por primera vez una obra de Michael Carson tienes la sensación de estar frente a un escaparate. Maniquíes equilibran el espacio, con esa apariencia de lo cotidiano, pero en esencia indiferente, comercial.
 
Barthes decía que las nuevas mitologías surgían de la publicidad y la moda. Es decir, al paso de la complejidad interior a la complicación provocada por la necesidad insustancial: base del mercado…

 

  

Es fundamento de la complacencia, atribuirle “peso de razón” al deseo, aunque sus auténticos motivos broten al margen de ella. Se trata de reafirmar la más cómoda posición. Abstraer del miedo. De manera que a cada quien, el mundo le parezca más o menos propicio a la leyenda personal.

 

  

Cubiertas las llamadas necesidades básicas, la simple existencia se apuesta por eso que al cabo, parece, queda pendiente siempre de saciar. Más vida. Al caso (triste), una de veras: realización  romántica. Vivir a través de los demás…, peor aun, en los demás, en el otro. Surge así la ilusión de poder. A través del sexo, por ejemplo. Los regalos…

 
La figura femenina permanece en un segundo plano, la ropa, el complemento que le es dado, se impone y llama mucho la atención. La sobriedad, los colores neutros, la línea sencilla, elegante. Con cierta preferencia por lo vintage, Michael Carson cuida con extrema rigurosidad el detalle, la caída, la forma e incluso la doblez.

 

  

… Control. Dominio. Su ostentación tiene por suprema expresión, la dotación de un poder análogo, desde luego coartado. Crear tendencias, pero con la capacidad de acabar luego con ellas… Atraer, conducir y, según el caso, reducir…
Concentrar el deseo…

 

Conoce el lenguaje para esa estética de masas que pretende explotar con el espectador. A este lo tienta en sus impulsos. La seducción apenas tiene cabida; es una alusión recortada. El golpe es directo. Al sistema límbico, digamos, donde la química del deseo se despliega ya en respuesta al estímulo.

 

  

Frente a una obra así… En fin, se nos pone el asunto como si se tratara de perros de Pavlov.

 

  

Carson no se guarda nada del esquema. Lamentablemente, la posibilidad de cuestionar a través de la expresa mención de los tópicos criticables, elevados a absurdo atronador, por ejemplo, se esfuma aquí entre los perfumes del rebaño.
Cada criatura espera su turno. La expresión en los rostros apenas denota ausencia de ideas, espera de una voz de afuera, una pauta.
Aunque una negación por sí sola es estéril y requiere, por tanto, para cobrar auténtico valor, de una afirmación clara que la dote de sentido y consecuencia, bastaría aquí para dar pie a una insinuación; sin embargo, ni asoma.
Fíjate en los ojos, cuando desnudos, aborregados…

  

  

Ellas responden claramente a los registros de lo que entendemos por bello en occidente: rostros simétricos, ovalados, facciones suaves, ojos grandes, labios voluptuosos; esbeltez, juventud, cierta exposición de lo sensual en sus posturas informales, que no casuales, con que lucen en repetidas ocasiones, algo lolitas…
Ellas, con sus miradas ensombrecidas, con sus tacones altos, se pierden en la memoria como extrañas, una vez te vuelves de mirarlas. Porque todas son la misma, el canon que se repite.

 
Responden. Reflejan. Reafirman. Una y otra vez.
¿Qué nos dice, de otro lado, la atmósfera decadente? ¿Yace el guiño ahí, para abrir las preguntas?

 

  

La lumbre de cada escena yace en las graciosas criaturas, que de tal modo le dan vida. Como los trofeos, brillan. La clave, por tanto, se halla en la interacción figurada, merced del rol reflectante de esas muñecas.
Acaricia a un ego externo.
Patético imperio.

 
Ellos.
Contemplan desde sus asientos suntuosos. No son necesariamente jóvenes, ni perfectos, pero siempre van bien vestidos. Aunque sin brillos. Se reúnen, beben, charlan, disfrutan de la música; parecen estar pasándola bien.

Ven a la mujer como un elemento más de sus salas.

 

  

Sí, surge, violentamente el enigma de la intención artística. ¿Por qué los ambientes decadentes, esa posición dominante del hombre y tan vulnerable, la de la mujer?

 
Porque la verdadera evidencia del dominio está en la pena de la voluntad vencida: La oscuridad por estela de la libertad arrebatada.
La armonía jamás representa la victoria; esta es resultado del combate. El dominio ha de ser siempre producto satisfactorio de la confrontación.

Una vez más tenemos como clave al miedo.

 

  

Ciertamente, en esta materia no existe el equilibrio pleno, no si no en instantes de consciencia extraviada, el sueño compartido, acaso en la petite mort.
La alternancia de dominio, el auténtico juego que conlleva conocerse cada vez más uno mismo y algo al otro, ese aprendizaje permanente, implica vivir sin arraigos. Una aceptación plena, por sobre la razón y las certezas.
Su negación cartesiana nos cita aquí. Pero el orden y la técnica no bastan para hacer signo. Si solo es respuesta, reflejo, apenas delata.



 

3 comentarios

  1. Que buena critica!
    Sin desviarse del arte por la moral, han logrado decir mucho sobre un enfoque cuestionable.
    Los aplaudo

  2. impresionante.
    encontrar esta pagina ha sido fantastico.
    muevan mas.

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