Soledades: Sobre la propuesta de Alesia Gudkova

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

  

Soledades, tiempo que se va.

El instante, sin embargo, vuelve por gracia de la captura, a ofrecer un nuevo sentido para el resto de la historia; da paso, incluso, a otras historias distintas, en planos distintos, una vez completado el diálogo.
Alesia Dudkova se distingue en un medio sobrepoblado: tanta gente al afán con aparatos de lo más sofisticados. Ganas no faltan, sí, pero de qué; al cabo, ¿qué muestran?
Cuestión de enfoque, por sobre la técnica sola.
 
  

En términos más o menos sencillos, la clave se encuentra en el instante: De qué instante se trata. Cuál es la situación. Pero no por sí misma en tanto porción de la realidad o reflejo de ella, si no como símbolo de una visión a propósito, punto de partida para la reflexión, por tanto, como afirmación que cuestiona.
En este caso, veamos respecto de cuál o cuáles temas.
 

 

Alesia nos enfrenta a la soledad y al asunto de su valor relativo. A la imposibilidad de comunicación plena. Al afán de abstracción como huida, al egoísmo y también, de modo especialmente potente, a la inquietante cuestión de los variados roles que desempeñamos en conjunto, como sociedad o simple masa.
De tal forma da pie a reconocer, por ejemplo, la diferencia entre autonomía y autosuficiencia, y los conflictos que entraña precisamente distinguirlas y actuar en consecuencia. Lo mismo en cuanto a los engaños que se imponen a propósito y el modo en que cada quien inventa un modo de lidiar consigo mismo, con los demás y también con las ausencias que, como parte de esta misma invención, reconoce o se figura, forman parte de su historia.
 

  

Para apreciar mejor el cómo, vamos más directamente a las imágenes.
Los edificios revelan la acción del tiempo en ellos. Un uso y un desuso. La acción es pretérita, pero el efecto, con cada protagonista al frente, como signo de la vida presente, patente, poderoso.
¿Pero por qué una persona sola? ¿Por qué mujer?
¿En qué medida y de qué forma los ecos de otras voces, las de los ausentes, con toda la actividad y la vida que en esos mismos escenarios transitó, actuó, se hizo, son confrontados por el silencio de quien sí está presente y representa claramente una mayoría silenciada, además de origen, fuente, matriz?
 
 
La distinción entre acción y movimiento resulta, también, fuente de preguntas en amplia libertad, mas sutilmente encausadas en un mismo sentido; este lo determina, una vez más, el medio, como hábitat cultural.
Alesia invita a cuestionar al universal personaje solitario, en esa otra particular vastedad del espacio sin medida, a través de la llaga del tiempo que sostiene abierta para nosotros, en la contemplación.
 
 
Con la aparición de nuevos personajes, en su interacción, notamos, sin embargo, que no se pierde para nada el sentido de lo personal. Su lente rompe con lo privado, llevándonos a lo íntimo, con signo en lo que curiosamente no se diceEl instante, en estos casos nos dispone a reconocer, en juego sinestésico, tonos de voz, gestos en desarrollo: esa suerte de contacto real, cada vez más escaso, al margen de las palabras y los íconos.
 

En este mismo sentido, la mujer se eleva una vez más como representante, por naturaleza, nuevamente en los principios, en los orígenes en que el contacto es, de hecho, coexistencia en la más profunda intimidad. Mágico signo del cuerpo que se escinde.
 

Verificamos, por otra parte, que los objetos, en general, resultan componentes del cuadro no estadístico, imposible de cuantificar: lo vivo. En la visión de Alesia, lucen una carga latente, nuevamente entre el uso y el desuso, merced de la que nos enfrenta esta vez, tanto con la propia memoria como con la a menudo triste evidencia del olvido, como aprendizaje.
 

  

La vida como curso, desarrollo, incluso tránsito, es incuestionable desde la propia vida. La experiencia vital difiere de la experiencia artística. Esta última, surge de afuera, del artificio, provocando las cuestiones a través de un determinado lenguaje.
El arte del buen vivir a que alude Montaigne, radica más bien a una atención permanente, en una plenitud aprovechada a través también de la estética, por el ideal.
Alesia, por tanto, interviene en la imagen: refracta la luz de la realidad en el complejo prisma de su propia humanidad; nos la ofrece…, sin otra concesión.
 
 
La distinción respecto de otras propuestas, referida en un principio, va más allá. Habida cuenta la generalidad de lo antes dicho, en cuanto es posible atribuirlo a otras obras (desde luego valiosas también) y otras coincidencias aparentes (en los tonos –con eso de añejo tan en boga hoy–, en la palidez y los brillos, en la caprichosa difuminación “accidental”), acaso se revele especialmente como un asunto de grado e intensidad.
Para Gudkova, la soledad, la voluntad y la acción son cuestión determinante en extremo.
 

 

Aquí, la composición, la forma, el volumen, el color y cada tono se hallan dispuestas ante un silencio mayor, en el límite en que efectivamente nadie más dirá nada. Donde acaba el juego.
Así, intensidad, profundidad, cada pertenencia y la propia piel en juego perduran como signo de resistencia. Una resistencia, no obstante desesperanzada. Es lo que hay, parece decir.
En su lenguaje, no obstante, la afirmación resalta poderosa.
   

  

La vida no cuestiona a la vida. El ser humano solo se cuestiona a sí mismo al respecto, apartándose de ella. Se asombra y maravilla… en el dolor, en la certeza de su finitud, en el instante como límite y punto de partida.
El arte nos hiere, como dejó dicho Auden, porque nos enfrenta en este límite, por tentar cuestiones que nos sobrevivirán.
No hay respuesta eterna…
 

  

… La vida se prolonga en tanto cuestión, pero no necesariamente contra el tiempo, si no a su vera. A lo más alto, en tanto más hondo.
A cada paso, lo que toca es aceptar, y seguir andando.
                                               

 

Gracias, Alesia.
 
 

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