Fieras, rituales: Sobre el videoclip para Fade, de Kanye West

Por Luisa Deguile

  

La intención, desde luego, era impresionar; el resultado sobrepasa cuanto se estimaba de manos de una figura controversial, sí, poco más que eso, y no precisamente por su agudeza. Kanye West cuenta, sin embargo, con un solvente equipo de producción…

Russell Linnetz dirigió el videoclip para Fade. Juventud. Ímpetu, y poco a qué temer, de poco saber. Pero el concepto bien claro. Salvaje.
Se trata de una realización ambiciosa en clave de homenaje Pop, por un lado, y, por otro, de una alegoría que roza de modo fácilmente apreciable el límite de lo que comúnmente se tiene por buen gusto. Refresca, por puro atrevimiento, un medio abarrotado de juegos simplones y sofisticados mamotretos…
Valga la expresión, esto se ve simple, pero es otra cosa

 

 

Son evidentes las referencias; la realización porta, no obstante, como si se tratase de material original, la pretensión de la época, acorde la intensión de un título en particular: Flash Dance. De modo que dicha esencia cobra por gracia de la concepción sencilla, potente, nuevo vuelo, lejos del mero eco melancólico. Torna en ilusión de descubrimiento. Anacronía…
Energía, disciplina, el músculo, la voluntad adquieren repentinamente, contra el grado de definición de la imagen, de hecho, gracias a este, por contraste, su verdadero rol: todo, todo está en ese cuerpo y la danza y la mirada…
Energía. Delicadezas aparte. Esencias de violencia sin culpa. Deseo. Más…
 

 

Buen balance.
Apartar de su esencial brutalidad la letra del tema y elaborar a través de la imagen una suerte de filtro, un prisma a través del cual hacer pasar las luces propias (nuestra propia lucidez), en juego al afán de entender el mensaje.
En lugar de explicar, matizar o negar el contenido, el ánimo de las líneas rimadas, se nos enfrenta con una imagen de poder y fiereza indiscutibles. Abre de tal modo la interpretación del conjunto y nos pone de cierta forma contra las cuerdas.
 

 

Además de la figura de Teyana Taylor, sus enérgicos movimientos, la llama de lo tribal en el gimnasio: la geometría de las máquinas; metal, cuero, lona; soportes y pesos, líneas, ángulos y cruces contra las poderosas curvas de la carne. Todo en el color, el tono y los brillos.
La coreografía (de Jae Blaze) corresponde tan elementalmente a la percusión, los golpes de bajo y las voces, a los llamados, que las pausas, cada una, con los correspondientes cambios de escena, nos trasladan sin tropiezos, apenas con el aire sostenido, a nuevas afirmaciones, tan contundentes como las anteriores. Nada que tiente a acomodo para sensibilidades más gustosas de lo retórico.
 

 

Russell dispone uno tras otro, tres momentos –resuena: simple, directo–:
Primero, el ritual. Luego de este, el cuerpo libre, entregado…; y en sintonía: la melodía para dos uniendo la piel. Finalmente, el reposo, la contemplación…

De una intensidad a otra, se acumula la carga. Potencia. Hasta el cierre, con el cuadro más desconcertante, que se anticipa a cualquier expectativa y concentra directa y simplemente una idea obvia, disolviendo el afán de nombrar por cuenta propia de qué va todo, al menos en parte.

Así se van los tres minutos, cuarenta y cinco segundos…
 
  
Voluntad. Afirmación. Lo salvaje, sí. También la transición de la consciencia básica a la fe. Una entrega. Más que solo instinto, aunque apenas. Pero basta.
¿A qué despierta esta fiereza? ¿A qué el cuidado, la tranquilidad para los corderos en torno?
El fetiche es puesto a la luz con pompa, pero a la espera de una respuesta. Alguien que se atreva a reducirlo todo, sin reducirse a sí mismo, sin misterios… ¿Quién alza la mano y entra a la pista?
 
 


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