El rumor detrás: Sobre la propuesta de Thomas Dodd

Por Lena Marin


Paradójico, sí…; aunque derive en decepción, la idealización de un personaje suele implicar una resta significativa a su auténtico valor. Descubrirlo es solo cuestión de tiempo. A fin de cuentas, los engaños consisten apenas en un cambio conveniente, no en una mejora  o  una desmejora, objetivamente; complacen, reflejan un deseo, y por eso atrapan.

El misterio atrae; con frecuencia completamos cuanto no sabemos con ideas “positivas”, operando así la resta en lo profundo. Preferimos dar con el primer brillo, cerrar de inmediato los ojos (!) y entonces, oh, pensar…, acaso es esta la materialización del anhelo.

El misterio atrae, mas no siempre cuestiona…
Vamos con las damas de Thomas Dodd.
 
Un espíritu salvaje y sofisticado.
Bosque, tierra; marañas de papel, de chatarra. Letras muertas, y las raíces y el humus mezclados con el plástico…
 
 
Un enorme poder contenido en el gesto sin tiempo de las soñadoras, perplejas, acechantes. Niñas, jóvenes, mujeres maduras.
Un asomo de intuición, que no conocimiento; lo vemos en los ojos, abiertos y cerrados; anticipa, siempre, una confrontación, con la revelación de cierta verdad dramática. Una pretendida verdad de ellas, acaso universal.
 
 
Se trata de una propuesta que invita, a su modo, al ánimo expectante. Tienta a la curiosidad…
¿Qué tan verosímil resulta? ¿En qué medida la provocación no se debe a la facilidad con que la imagen se presta a una contemplación indolora, anticipando, de hecho, la satisfacción acorde el prejuicio? ¿Hay algún riesgo? ¿Cabe suponer quizá un contacto, un movimiento, una muda de posición al cabo de la experiencia? De ser así, ¿cuál es la cuestión, y adónde nos lleva?
 
 
 
El motivo se repite:
De una parte, el juego de reinas, destinadas al drama; cercanas, mucho más: parte misma de una naturaleza poderosa, peligrosa, cambiante. Como coreando una y otra vez el verso de la canción: La donna e mobile
También, como ya fue dicho, la terrible maraña en las cabezas. Acaso ellas llevan como corona un lío.
Finalmente, los colores cálidos, encendidos: de hogar… y de incendio. Así como los tonos fríos de la helada; y siempre, siempre, oscuridad. Fórmula simple del misterio.
 
 
Presente, el elemento mágico, y siniestro.
Pero sin configurar en ningún caso una auténtica tragedia.
Es el negocio a partir del miedo; propiamente, del terror como clave de identificación. Este complace en la medida en que le permite a uno nada rendirse sin más a la humillación, para luego esperar el cobro merced del nuevo estatus de víctima. Como si fuera un precio justo.
 
 
Tal concentración en el drama, en determinada configuración visualmente atractiva, resulta en un lamentable sesgo; resta al conjunto el encanto de mito que sí que alcanzan a ofrecer algunos de los trabajos en particular…
 
 
En fin.
Hermandad del sufrimiento, nada de consciencia del dolor. Victimismo. Temor a la condena, al infierno. Terror, no miedo. Sí, negocio: manipulación.
Nadie confía en nadie. Todos aguardan, entre sueños a dientes apretados, despertar, pero para andar despiertos con los ojos apenas entreabiertos, para abrirlos de veras solo con la alharaca; y manipular: victimar, para luego, en confusión ruidosa, victimizarse.
 
 
Felizmente, la vida que brota de las modelos, aquel elemento real inicial, a menudo escapa y deriva en más. Thomas consigue preservar la belleza misteriosa, libre de sofisticación. Ahorra la mueca conque el estereotipo, en otros casos, digamos, más populares, marcaría los labios de las modelos. He aquí la clave simple: estos permanecen sellados. Las bocas cerradas preservan el silencio que puede cuestionar.
A fin de cuentas, el terror es grito, de la horda. El ruido es el signo de la divisa.
 
 
 
En el balance: ¿En qué medida Thomas nos lleva a volver, desde una tradición poderosa, al lugar común? ¿Y en qué medida establece, más bien, un claro punto de partida para explorar de nuevo las raíces de la mitología popular, cuestionando su vigencia su regeneración[!]? ¿En qué medida la simplicidad de la pose, este aparente rasgo de pobreza, que no de austeridad en la propuesta, se eleva a acierto insitante?
 
 
¿En qué medida se reflejan aquí elementos endebles de nuestra habitual percepción del carácter de la mujer, y su indudable magia?
¿En qué sentido se revela nuestra brutalidad?
¿En qué modo decir hadas, ninfas, etcétera, no significa apenas invocar fantasía, llamar de veras a nadie?
 
 

(Se anunciaba una confrontación.)
¿Cuándo abren ellas la boca?

 

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