Lumbre: Sobre la novela Los simuladores, de V.S. Naipaul

Por Guillermo Cóbena
 
En la tierra, las raíces; una base. Las ilusiones, arriba, en el cielo. No hay camino ascendente; lo que hay es casi siempre espacio abierto aquí abajo, senderos que se abren y que puede uno seguir, convencido, incluso, de que avanza.
El abandono de la tierra natal implica como tal, la marcha en pos de algún ideal, por difuso que este sea; de elevados objetivos, suele decirse. Alzar vuelo. No por azar la ambición es corrientemente representada en aves de presa. Nuestro verdadero lugar en el mundo, sin embargo, lo encontramos a menudo después de haber caído un buen par de veces del andamiaje de la ilusión, cuando empezamos de veras a hacer camino, a rastras o a pie, dejada de lado la idea de adelantar a otros.
Naipaul se ocupa, entre otros, de este asunto en Los simuladores, quizá la más agria de sus novelas.

 


Asistimos, se supone, a la composición de las memorias de Ralph Singh, hombre de ascendencia india, criado en Isabela, una isla caribeña, retirado ya de los negocios y de la política, instalado apenas a las afueras de Londres. Nos hallamos ante sus recuerdos de infancia, cuando aún respondía al nombre Ranjit Kripalsingh, a los de su breve matrimonio con una mujer blanca, aparte lo ocurrido tras bambalinas de su vida pública y el retorno a la isla; finalmente, a los del último exilio. En distintos planos, el dolor y el sufrimiento. Y la reflexión conque pretende poner en su sitio cada cosa, pero sobre todo, dar consigo mismo.

Es a través de estas páginas, del testimonio mismo de la labor en marcha, que el narrador expone, junto con sus hallazgos, las claves de una visión penetrante, implacable con su persona y con el mundo, una mirada lúcida y, por fuerza de la narrativa, iluminadora.
Los tejidos se mueven bajo esta poderosa lumbre, palpitan, a veces supuran; ninguna llaga es dejada bajo gasa, a la sombra. Así, con cada sueño y cada contradicción, con cada paradoja de la vida de Singh. Esto, a través de un lenguaje claro, de imágenes elocuentes. Una nevada, por ejemplo.
Ralph gusta de la nieve; soñaba con ella y con los paisajes en que esta cae, estando allá en el trópico. La isla, su entorno, estrecho en más de un sentido, lo sofocabaSirva esto como arranque: ¿Qué pasó por medio, desde entonces y aquellos sueños, hasta este retiro? –En fin, si la literatura es una celebración, ¿qué celebramos aquí?

El grado de infelicidad de uno es directamente proporcional a la distancia que supone lo separa del objeto de su deseo. Esta distancia es determinada, desde luego, por la situación propia –ubicación temporal y espacial, así como las circunstancias– en que se ve a sí mismo –de nuevo:– apartado de donde quisiera e incluso siente, debería encontrarse (esto, como parte de la ilusión de depender de una voluntad superior, de un orden supremo y de una soberana condescendencia). Ahora bien, en lugar de una simple vía tendida ante nosotros, lo que veremos, siempre que estemos dispuestos a abrir bien los ojos, será un vasto horizonte que enreda las supuestas vías, una región nublada de pura incertidumbre. Cuando nos proyectamos en ella, lo hacemos por medio de un espectro particular, un yo de compuesto retazos, de imágenes, símbolos y otras referencias, de remedos en proceso de fragua –acaso a partir de la propia deformidad–; y mutamos a través de ella, procurando ora imponernos, ora adaptarnos. Si nos movemos a la sombra de una tradición, esta nos permite reconocer en el camino, formas nuevas por contraste. Con un legado a la espalda, tenemos al menos algo concreto con lo cual romper, una estructura qué ampliar o recomponer, un antes a partir del que cada paso representa más que vapor sobre la arena, conforme el peso de los motivos que empujan a darlo, además, claro, de su propia efectividad.
Ciertamente, no creamos. Nada nuestro surge porque sí de la nada. Ese don se lo atribuimos a los dioses; nosotros inventamos haciendo uso de cuanto podemos. Nos hacemos una vida, nos tejemos una personalidad, creemos en ella. Jugamos distintos roles; nos movemos, nos desplazamos. Nos reconocemos aupados o desplazados.
El narrador plantea todo esto con sutileza encomiable, aunque sin endulzar nada ni ahorrarnos ningún golpe, ejemplar respecto a la diferencia entre franqueza y crudeza, pertinencia y atropello. La honestidad del discurso, por supuesto, se agradece; a fin de cuentas, puede uno cerrar el libro y ya: fin del asunto. Pero he aquí que la cuestión hubo sido planteada antes de que nos diésemos cuenta… y palpita… ¿Quién se atreve y quién no a seguir? Tratándose del último caso, ¿por qué? ¿Quién encara con éxito, de veras, la pregunta; quién, al menos, cree poder hacerlo?
¿Qué hay de quien no cuenta con una historia, de quien ha nacido consciente apenas de ciertos ecos, de una remota tradición, una de la que además, material y espiritualmente se halla apartado; qué hay de los huérfanos de patria? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Cómo emplear ese plural? ¿Quiénes son los nuestros?
Tortura del buen, o más bien muy humano y por tanto algo miserable, Singh. Tortura nuestra.
¿Quién eres? –resuena–… A lo mejor quien habla mientras dice en qué podría llegar a convertirse, pero solo mientras no sea demasiado tarde. En efecto, solemos perder la voz, también y poco a poco la agilidad y nos resulta más difícil ya no simplemente mudarnos de región, sino, en lo profundo, mudar de postura. Crítico; de esto último depende, en definitiva, que nos sintamos bien adonde vayamos. Ser uno mismo, lo llaman. Y el tiempo vuela.
Una buena luz, potente, revela, con una verdad más amplia, en el detalle, la última y más íntima vergüenza, la más triste debilidad, la impotencia en que con frecuencia acabas resumido; cuanto solo te queda aceptar para emprender marcha. Cosa seria…

¿Quién eres? Alguien contradictorio…
Surge en Singh joven, la manía. El fantasma enorme de la desgracia asoma en sueños en que se viene abajo la casa en que vive. Como todos los miedos de este tipo, el suyo revela una esperanza sin sentido. Que algo barriera con el absurdo de Isabela, de su padre y la fama que este vino a ganar, con la envidia; en fin, que algo le supusiera la oportunidad de empezar de nuevo, lejos de su realidad, no constituye más que el pozo particular en que, como muchos en algún momento de nuestras vidas, él se sintió tentado a diluir, sino ahogar, su voluntad.
Felizmente, digamos, el narrador, antes de saberse tal, dueño de una historia, se sostuvo en la palabra, en la estructura de esa visión suya, al amparo de una red amplia, mucho más allá del recortado horizonte de la isla. Sobre este punto, la sutileza es mayor: las menciones de lecturas en la novela son las justas para darnos a entender que el personaje a que acompañamos hace méritos por un férreo afán de cultivo; pero de alardes, nada. Se trataba, a fin de cuentas, de su único modo de escape. Escape que, por otro lado, lo llevaría a Londres, a enfrentarse más brutalmente aún con sus propias farsas.
¿Qué rol juega en todo esto la política, la descripción de un pueblo en sus contradicciones? La imagen de la masa, que nos tienta a hablar de nosotros, de comunidad, ese conjunto de almas, ese todos, entre más o menos desarraigados, igualmente extraviados, cuestiona. Pero poco importaría la descripción de políticos, de movimientos y de enfrentamientos sino atravesara la consciencia de ese alguien, nuestro narrador, ajeno en la medida suficiente para permitirnos identificar, entender, diferenciar y juzgar, cada quien a su modo, el mundo que nos pinta. Una medida amplia, terrible.

Es necesaria una carga de drama, dice el mismo Ralph, sabiendo que, por todo lo dicho, le cuesta. reconoce el grito colectivo: Vamos, sigamos a los hombres cuyo predicamento refiere a nuestra identidad, sigamos a quienes en la marcha pintan de verdad un camino que no es nuevo, que refleja en cambio la promesa que anduvimos esperando se nos hiciera, aún si no es para cumplirla: un pedacito de historia a la mano, alguna relevancia… Participar en los acontecimientos es lo que importa.
Mientras la gran ciudad te devora, el pueblo pequeño te define en la diferencia… Con tu nombre. Si este no significa lo que pinta, te borra. Dejas de existir si tu nombre pierde significado. El traslado a la masa te anula como grano solo en la playa. ¿Cómo destacas, entonces, en el imperio, como parte del poder? Solo hay un modo, al parecer: como agente de su fuerza. El nombre de uno se vuelve significativo en la medida en que verdaderamente contribuye con la causa histórica, a menudo incomprensible, pero fácil de confundir con una supuesta voluntad superior. En verdad, lo que uno hace es interpretar el rol de heraldo, de emisario, de cumplidor de la voluntad popular, siempre y cuando el pueblo sepa de sí mismo: cuál y cómo es… Los viejos.
¿Qué pasa con las relaciones interpersonales?
El narrador nos presenta, por último, una cercanía que desbarata toda imagen sofisticada, cualquier ideal bosquejado con comentarios agudos, discursos motivadores y estudiados gestos de solvencia ante las masas. La de la carne. Ralph juega a ser un dandy, pero acude a prostitutas; si bien esto resulta de por sí elocuente, es en los encuentros con mujeres interesadas de veras en él, por lo que reflejaba consciente e inconscientemente, que repentinamente da con una imagen de sí mismo compleja, pero asombrosa y dolorosamente menos controvertible.
A todos estos descubrimientos, provenientes de planos tan variados, hay que darles una forma, al menos  provisional, para no enloquecer.
La escritura revela una nueva invención, refractaria de la del pasado, de la de cada época. Así, el propio Ralph brinda una explicación de por qué obvia el orden cronológico, típico de las memorias, en su narración: Es el orden secuencial el que refiere de inmediato a las consecuencias, y ninguna confesión podría ser hecha en orden cronológico sin permearse de culpa. Libre de ella, sus descubrimientos son también nuestros, paso a paso.
A menudo, como en una inquietante escena en la playa con gamberros, se trata de cosas terribles. Veamos el ejemplo: El protagonista debió haber sabido, cuando le apuntaron con un arma, que se trataba de una farsa; pasados los años, ante su escritorio, solo, se dice a sí mismo que debió haberse reído y no, como pasó en realidad, haberse quebrado en llanto… Farsante, entonces no sabía si interpretaba un rol cuyo personaje debía morir, o si era él mismo, el verdadero quien moriría. Su risa habría dicho a quien portaba el arma, algo como no me matarás a mí, idiota, ya basta de juegos… Pero no fue así. El arma apuntó a su dolor, a una humillación real, al punto en que carne (familia, sangre) y espíritu (afán político) se tocaban…

 

  

Es luego de la última etapa de su periplo, también accidentada, que el protagonista se pone a escribir. Superado por las circunstancias se ha visto de vuelta en Londres, donde no es nadie, para contar su verdad al margen del dolor (con clave en la lógica aparente de los acontecimientos). Descubre, entonces, que se halla a sí mismo a través de la forma en que mira, sobre todo a sí mismo en el pasado. Él, en efecto, es su voz, su pensamiento…, de lo que provenía su capacidad para movilizar a gente con parlamentos.
El libro que dice, quizá publique, y que supuestamente tenemos nosotros entre manos, no representa más que una versión momentánea de su historia personal, y en ella importan más el desarrollo mismo de su discurso, las posibilidades que abre, que los acontecimientos en sí mismos, la sucesión de hechos. Se trata, por tanto, de un hito a partir del cual es posible hacer camino de nuevo… Vuelta a la vida, a andar…

De eso se trata…
Algunos somos más críticos que otros con nuestros asuntos, con ese yo que echamos a andar entre la niebla; poquísimos más que Sir Vidia Naipaul, especialmente a través de la voz del señor Singh.
He ahí una luz terrible. Asombrosa.



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