Sueños y visiones: Sobre la propuesta de Rondal Partridge

Por Lena Marin

  

Inocencia: ausencia de culpa. Ingenuidad: ausencia de malicia.
La ingenuidad, al contrario de la lucidez, implica la carencia de una noción funcional del tiempo; permite concebir apenas estados, como estampas o, cuanto más, situaciones que se superponen a las de la realidad compleja y fluctuante. Al ingenuo, el pasado apenas le duele; el presente le sucede como síntoma de una vejez que asoma desde su interior sin que él mismo se percate de ello; el futuro, en consecuencia, se le ofrece, según ve, como garantía del cumplimiento de sus deseos.
Mezcla y confusión de fe y de esperanza. Y asoman los mitos: Una tierra prometida. Prosperidad. Éxito. El progreso según la receta de masas…
La obra del maestro Rondal Partridge –asistente, en su momento, de Dorothea Lange y Ansel Adams– nos cuestiona al respecto, hoy bastante más, quizá, que cuando fue expuesta por primera vez.
  

   

La lucidez no refiere directamente a la malicia. Consiste más bien en la capacidad de evaluar la complejidad de una situación a través del tiempo, sopesando riesgos y oportunidades. Su precio, acaso, es evidente en la mirada misma de los lúcidos; de ello cierta confusión. Digamos que el brillo de sus ojos suele ser por momentos metálico, deslumbrante, pero duro; por otros, intenso, mas de límites difusos, como si concentrara la luz para tragársela; en todo caso, provoca siempre algo de tristeza: aparta, divide. Asombra, pero nunca alegra; irradia el conocimiento de cierta incontrovertible intrasmisibilidad. El lúcido se distingue del simple melancólico porque este, pese a los pregones de excusa, reclama siempre compañía.
 

 

¿Sonríe el lúcido tanto como el ingenuo? ¿De qué sonríe? ¿Hay solaz para él, sin morbo?
Vallejo hace mofa de la idea de compasión en un ente –su Dios– supuestamente omnipotente, omnipresente y que, desde luego, lo sabe todo porque es él mismo la respuesta:
 
“Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.”
 
Lejos de los mitos que provoca el afán de personificación, ¿qué tanto nos es posible ver a nosotros y en qué medida esta capacidad de visión –y previsión– limita la emoción? Ciertamente, a mayor conocimiento en ciertos ámbitos, menores las posibilidades de sorpresa en ellos, pero esto no implica para nada que se altere nuestra capacidad de asombro. Asunto de sensibilidad.
 

 

La obra de Rondal, aparentemente, responde a la necesidad de esperanza de su gente. Las suyas son criaturas inocentes. Al asombro que provocan las imágenes, acuden fácilmente, términos como diafanidad o transparencia. Basta, sin embargo, un poco de atención para descartar no solo cualquier afán de complacencia, sino incluso de consuelo; para reconocer, en cambio, la compasiva disposición de hasta el último de los elementos en cada imagen.
Rondal nos ofrecerle con sutileza una duda honda, y con ella la oportunidad de enfrentarnos con nuestra propia expectativa y nuestras propias justificaciones, cada vez.
El cuestionamiento se presta, bien aprovechado, a germinar en aprendizaje.
 

 

Es la suya una forma de visión de doble fuerza, amplia y penetrante; se presta a la contemplación que anula el tiempo, pero no promete nada.
Se trata en cada captura, del momento, presto a la memoria.
Bien, sienta cada quien lo que quiera, pero recuerde, fe no es lo mismo que esperanza. Aquella se sustenta en las personas, bajo la condición de que aprendan, de que no dejen de hacerlo y procuren justicia entre sí. Que sepan, también, dejarse llevar.

 

  

Dice Kavafis en Ítaca:

“Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues –¡con qué placer y alegría!–
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.”*

 

  

Fe. Esperanza. ¿De cuál se nutre, en cada caso, la voluntad?
Más puntualmente, ¿qué hubo del american dream; qué queda de él, hoy, tanto en la tierra de Rondal como fuera de ella, con esa suerte de proyección del aliento más ligero de occidente? ¿Qué ideales de los antiguos perduran, y acaso hay nuevos…?
Se entiende, resuene a menudo la pregunta de adónde vamos; se entiende, además, que sea casi exclusivamente entre adultos, o más bien viejos, mientras el resto marcha presuroso.
¿Quién brinda una voz a este tiempo? ¿Con qué distancia de reflexión, dado que es todo ahora tan inmediato? ¿Y para qué nuevo tiempo?
 

  

Ideales, decíamos… Pero vamos más allá…
Dice la RAE del término abstracción, “que significa alguna cualidad con exclusión del sujeto”. En efecto, refiere a una desvinculación de la realidad. Aquello que distingue al ente, lejos de este y, por tanto, como sea, fuera de contexto.
Se entiende, por tanto, que la abstracción constituya con frecuencia una simple forma de evasión. Permite hacer a un lado la noción de tiempo e instalarse en un estado de permanente anhelo: el pasado no se ajusta del todo al sueño, el presente, menos (porque permite menos fabulación) y el futuro se abre a la lucha, pues es más difícil negar que otros piensen y vayan a pensar distinto.
 

 

A partir de este punto pasan muchos a pelear por un mundo no mejor, aunque como escala nada más de otro, uno perfecto –otra vida, otra realidad, dicen: el cielo–, enarbolando la bandera de la verdad absoluta en nombre de un ser que resulta de la suma de todas las virtudes –menos la elocuencia–, fruto último de la más primaria abstracción. Antes, franjas, estrellas, martillos y ni qué decir de coronas y cruces, sobre todo rojas.
Pues bien, la abstracción, cuando resulta involuntaria, hace al ingenuo. Y el ingenuo protagoniza a veces escenas conmovedoras.

 

Entran en cuestión, la confianza que nos tenemos a nosotros mismos. Ante rostros de intención transparente. Las imágenes nos llevan a revisar la disposición conque entendemos, acogemos o rechazamos la esperanza que abrigan los demás respecto a su inmediato porvenir, que a menudo nos incluye; a evaluar en qué medida participamos de una esperanza colectiva y en qué medida esta desplaza la noción pura, siempre dolorosa, arriesgada, de la fe. Nos plantea dudas sobre nuestra capacidad de aceptar los errores propios, más que los ajenos, y el fracaso, que casi siempre arrastra múltiples voluntades.
Nos hermana a todos en la situación de expectantes criaturas en pos de la certeza que trae consigo el tiempo: la caída o el impulso presto al siguiente paso. Además de la muerte.
 

   

De un lado, los seres humanos; del otro, la tierra, sus fuerzas…, la vida misma.
Se trata de una prueba de determinación, pero en ningún caso, para los modelos del fotógrafo, de porfía. Luce en el discurso de este, una vez más, la confianza, y por ella, llegado el caso, la aceptación. Lo importante, en todo caso, es darse. Creer.

 

  

Podemos, desde luego, no estar de acuerdo con dicho enfoque. Lo cierto es que Mr. Partridge va más allá de la representación de una época, o de la de un ideal para una nación; nos plantea un punto de referencia, relacionado directamente con la posibilidad de una obra personal, de una vocación humana, con el cual contrastar nuestra propia realidad, en toda su complejidad.

 

 

Blanco y negro: materia para el balance. El proceso de fragua del sueño se da, no obstante, en el juego entre la luz de sus imágenes y la visión, más amplia, y ciertamente más oscura, de nuestra propia realidad.

 

 
* Traducción de Pedro Bádenas de la Serna.
 
 


Un comentario

  1. Extraordinario fotógrafo y hace tanto bien ver lo que nos dejó

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