Del otro lado, siempre: Sobre la propuesta de Luca Galavotti

Por Guillermo Cóbena
 
Suele decirse que el éxito con una fotografía depende del dominio de la luz. Saber dar con la luz más apropiada para la imagen; más precisamente, con la luz que efectivamente hace de la imagen significativa; saber intervenir en sus efectos para lograr el mejor ajuste posible, según la visión que se tiene de ella.
Así, la labor artística fotográfica empieza como una búsqueda, un tanteo, y torna, luego, en la realización misma de la visualización del artista a partir de sus capturas: el procesamiento de la imagen ha de resultar en la concreción aproximada del significado de la cita entre objeto-lugar y momento. Uno sabe que la imagen es la esperada, cuando una vez revelada y/o editada, confirma la pregunta a que nos indujo, de forma más o menos precaria, con el primer encuadre, antes, y como motivo mismo del disparo.
¿En qué medida las imágenes refieren, en conjunto, al carácter de una búsqueda en particular?
¿Y qué hay del trabajo de Luca?
 

Debido a la composición, cabría pensar acaso en algo sencillo, pero ¿qué tanto sencillo puede ser una revelación de la propia forma, a la vez diáfana y misteriosa?

El secreto de su efectividad, su capacidad de transmisión de la cuestión –¿qué es eso que estamos viendo en realidad y qué nos dice de nosotros mismos?– radica, como ya fue señalado, en la luz; al caso, por la forma en que esta se divide.
  

 

No se nos muestra, nunca, un solo campo. Aunque esto, por supuesto, es de lo más  común, vemos que la pluralidad de espacios luminosos, aquí, se debe a que entre ellos, haciendo medio, a menudo como recta o como un borroso margen, y otras veces como una línea sinuosa, hay siempre una separación en que se identifica claramente un trazo.
Los contados elementos se hallan dispuestos en torno a estas separaciones, unas veces acentuando, otras suavizando el impacto de estas, pero nunca disimulándolas, de manera que lo que se nos ofrece es siempre un signo sencillo: legible en términos de espacio y tiempo: como distancia… y camino para el hombre. Un signo.
 

 

¿De dónde proviene esto que, al parecer, ejemplifica tan bien el trabajo de Galavotti?

El camino a que refiere surge del punto que primero se duplica y luego continúa multiplicándose en sucesión; la línea que rompe con el caos ininteligible, par de la noción de la era sin tiempo, de el todo como centro y, por ende, anterior a cualquier clase de interacción, como un eco de la situación en el vientre materno. Surge del valor atribuido a las dimensiones, como contraparte del disvalor o la ausencia de aquellas.
Inconcebibles la nada y el todo, tenemos en principio, el disvalor y el valor en la primera división: cero y uno. Y partimos de ello.
El pensamiento es escritura en el mismo sentido; es decir, trazo inteligible: forma de la idea; abstracción de la realidad cuya sustancia, de todos modos, es inaprensible; marca, evidencia, expresión del entendimiento.
 

 

El ser humano trata de entender la naturaleza desde un principio; necesita hacerlo para adaptarse de manera más efectiva; incluso lucha por controlarla; su arma en todo caso es el conocimiento.
Una vez se conoce algo, se lo nombra. La denominación más apropiada refiere, en efecto, al nombre que mejor determina la comprensión, el conocimiento y, por tanto, el dominio que se tiene del ente (in abstracto) a que uno se refiere.
 

 

Adonde quiera que vayamos, buscamos pasos precedentes, evidencias del paso de otros hombres y, si no, de alguna otra voluntad a nuestra espera. Siempre, signos, señales… Para conectar y confirmar nuestro conocimiento. Porque el desconocimiento provoca miedo. La incertidumbre completa y la imposibilidad de ejercer de ningún modo la voluntad, terror.
 

 

Luca nos ofrece paisajes en que nos reconocemos inmersos, partícipes de su realidad en la medida en que nos sabemos integrantes de una comunidad disconforme, de culturas en movimiento, frecuentemente en choque. Figuramos en ella, o bien dispuestos a encontrar respuestas, a ir por ellas nosotros mismos o, como la creciente nueva mayoría, a la espera de ellas, de ser acogidos por otros igual de temerosos, homogeneizados en el temor, a menudo bajo la etiqueta de víctimas.
Como fuere, estas imágenes nos enfrentan con nuestra propia ingenuidad, con la forma en que nos vemos reducidos a esquemas de lo más simples ante la complejidad de la vida (entendida del modo más amplio posible).
Luca nos lleva consigo en busca de trazos, de geometría.

 

Las líneas que aquí dividen los espacios iluminados, coloreados, representan, en lugar de fronteras que encierran la forma, trazos a partir de los cuales se abre en diferentes sentidos, lo inconmensurable, cuanto queda por conocer y cuanto probablemente quede por siempre más allá de nuestro entendimiento.
Galavotti explora el trazo y el cuerpo en que este hace huella, su mensaje agazapado, no obstante, tras el lenguaje.
 
 
Somos seres textuales. Necesitamos nombres para las cosas, una lógica para los hechos, poesía para invocar lo que se nos escapa de los sintagmas; jugamos con sonidos y silencios, articulándolos, lo mismo que con fondos y trazos; necesitamos historias, explicaciones; significados. Todo contra el supuesto absurdo de nuestra temporalidad.
¿Pero qué hay de admitir el absurdo, nada más? ¿Y si lo hacemos, cómo qué?
A través de estas imágenes se cuestiona claramente la idea de consuelo.
Acaso la única esperanza yazca en la humilde aceptación de que no podemos, ni podremos nunca alcanzar el conocimiento absoluto; que no hay revelación, por lo que, mientras, y por tanto, queda todavía mucho por descubrir… a nuestro modo.
 

 

En la obra de Galavotti, el acabado en sus más mínimos detalles refiere a la mecánica, a la física de la fotografía; al fenómeno del descubrimiento, con la realidad lejos, siempre, del otro lado.
Asombroso.
 
 
 

Un comentario

  1. ¡Cuánta melancolía!
    Y aunque parecen fotos como otras, se distinguen bien en el conjunto, aunque me asombra que el enlace sea, de hecho, esa cosa matemática de los límites.
    No se me ocurre cómo discutirlo.

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