Pro(b)oca(s)ión: Tres textos de Miss O’Ginia, de Fernando Escobar Páez

 
Paleontología de una traición
(soap opera)
 
Si puedes llevarte a la mujer de tu mejor amigo, lo harías. Esto
quizá sea lo más importante: acumular (auto)goles en el paquete
testicular.
LUIGI STORNAIOLO
 
Mamut y Celacanto eran los mejores amigos. Se encerraban a beber en la ciénaga del Celacanto durante eras geológicas enteras. Tan cercanos eran que intercambiaban fósiles y libros para luego salir a gruñir a los ciudadanos a cambio de moneditas y así comprar más alcohol.
 
 

Por motivos estrictamente académicos, el Celacanto emigró hacia la costa atlántica, pues quería convertirse en un mejor pescado. Cuando regresó a las altitudes andinas, trajo consigo a una Trilobite hembra a la que le había perforado la concha.
Celacanto tuvo que retornar al río de La Plata, pues todavía no culminaba sus estudios para ser un docto en la bestialidad marina. Su crustácea novia se quedó a cargo del Mamut, el cual le tomó un sincero afecto, pues ella le desenredaba la pelambrera con sus dulces tenazas, elogiaba la probocis del mamífero y le obligaba a comer vegetales verdes, pero sobre todo porque se dejaba acariciar el culito cuando se embriagaba.
Pasaron los años y la situación se volvió insostenible: Mamut estaba perdidamente enamorado y fantaseaba con la muerte de su mejor amigo. El paquidermo era consciente de su vileza, pero ya no podía vivir sin el cariño de la invertebrada. La traición estaba tatuada en sus colmillos.
Cuando Celacanto se enteró de lo que sucedía por detrás de sus escamas, montó en cólera y juró venganza eterna. Mamut no se esconde, pues está dispuesto a jugarse el pellejo por su amor. Desde entonces peleas y reconciliaciones falsas turban el corazón de los examigos, mientras la Trilobite los abandonó para dedicarse al teatro y a fornicar con cualquier sujeto que no le recordase a sus antediluvianos amantes. Ella procreará cangrejitos y llevará una vida mediocre, mientras las dos bestias seguirán mostrándose las garras y maldiciendo a aquella puta invertebrada.
 
 
 
La bolsita
 
Cuando follo con Rosa necesito tener cerca una bolsita negra de plástico donde quepa mi cabeza. Puede parecer ofensivo que durante el sexo le preste más atención a una funda que a su rostro, por eso debo aclarar que no soy fetichista o pedante y que Rosa es casi guapa.
Si necesito de una bolsa para follármela es porque mi excitación se basa en anular el pasado. El problema es que ella jamás accede a usar la bolsita en su cara, así que Yo Soy El Que Se Emplastica para salvarnos de sus pómulos surcados por nuestras vergüenzas.
He tratado de luchar contra la bolsita poniendo a Rosa en cuatro patas e ignorando su cara, pero cuando estoy a punto de lograrlo, ella gira esa cabeza viciosa hacia mí, dedicándome una sonrisa contaminada por miles de contubernios que me condenan a usar una bolsita barata en el rostro para poder quererla.
Con Rosa he aprendido que la abyección se lleva en las facciones de Los Otros y que la única redención posible es la invisibilidad compartida.
 
 
 
Yo soy la Reina de Inglaterra
 
Cuentan que La Reina Victoria de Inglaterra desvirgó su estilete forrado con piel de marta cibelina por un diplomático expulsado de un páramo yerto. Los historiadores también apuntan que dicho funcionario fue montado en un burro al revés y exhibido por la Plaza Murillo para deleite de los campesinos, quienes le obligaron a ingerir un cántaro de salitre congelado.
La reina descarga su mustélida arma sobre el mundo que creía conocer, planisferio de serpiente marina y diamante, con la certeza de que uno de Los Imperios Donde Nunca Se Pone El Sol ha sido arruinado por la mezquindad andina. La Soberana murmura: No longer exists, You no longer exists bitch, Bolivia no longer exists. Bitch.
Trafalgar Square, La Hora Del Té, los cilicios y hasta sus impolutas bragas le recuerdan la impotencia de su fuerza naval —otrora gloria de La Corona— frente a ese país miserable, que no debería llamarse Bolivia, sino llevar Tu Nombre, pues las dos son desiertos gélidos y receptáculo de seres grotescos.
Por eso comprendo la irrisoria venganza de Su Alteza: nada más atroz que territorios y rostros que no conocen el mar.
 
 
 
 
(Fernando Escobar Páez nació en Quito, Ecuador. Escritor, crítico. Actualmente reside en su país de origen.)
 
 
 
 
 

2 comentarios

  1. Horrible y muy, muy interesante. Y qué tal bronca…

  2. A este tío lo deben tener amenazado jaja

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