Detrás de la noche: Sobre Moonlight, la película de Barry Jenkins

Por Mauricio Jarufe

  

De repente, azul. Un azul vívido, resplandeciente; un color que, de a pocos, toma nuestra atención. Nos sigue adonde vamos. Un plano-secuencia, azul. Una toma nocturna, lo mismo. Lo vemos constantemente, en los detalles, en el fondo. Moonlight nunca pierde color.
Así compone Barry Jenkins. El azul, melancolía. De la intimidad. Esa que incita a la memoria. La complejidad, contenida en un par de tomas casi a oscuras, con aquel color delineando las imágenes. A través de él, la cámara transita por entre los barrios bajos, donde la violencia y las drogas, por los malos caminos.
Y es aquí donde crece Chiron. La cámara, la mayoría de las veces, la lleva él, como pegada al cuerpo. Esta lo sigue; lo confronta: emociones contenidas en su mirada, su hablar pausado y su silencio. Negro, gay y pobre. Él, que siempre parece tener algo qué contar.
 
 

Podría tenerse a Moonlight por un film sin más encasillado. Uno sobre conflictos de raza, de desigualdad. Pero toda posible predisposición se quiebra mientras seguimos al protagonista, que crece. Resulta inevitable pensar en ciertas películas, de las que hablan de la juventud, la perdida, o la que está a punto de perderse. Suerte fílmica de bildungsroman. Como, recientemente, American Honey, Un prophète, La vie d’Adele. O, el mismo año, Lazzaro Felice…; filmes, por otro lado, sobre la vida en cierto grado de hastío, en que el mundo conocido se reduce a un par de calles y unos cuántos rostros conocidos. Naturalmente, se pide libertad. Se trata de llegar a ella. Y para ello, vamos a la cuestión de partida: La de la identidad.

Existen pocos términos tan maliciosamente trastocados como este…, identidad. Por cuestiones más bien comerciales, de tendencia, palabras así llegan a perder su peso. Ya dados a la simplificación grosera, resulta que todo es identidad: una novela, un álbum, hasta un film. Ahí, el error. Se habla de identidad en el cine, pero no se entiende muy bien qué es. Se afirma, se pregona, eso sí…
 

 

Resulta adecuado, en cierta medida, referirse a la identidad como un concepto solo aproximativo; uno entre varios que refieren a la persona humana con más o menos precisión. El ideal del yo, por ejemplo, en que se unifican el narcisismo y las identificaciones con los padres, donde fragua un modelo a seguir. O la identificación, a través de la cual se asimilan las características de un individuo y, finalmente, se construye una personalidad a partir del ambiente.
Acaso es a través de esta diferenciación que se narra Moonlight. La pauta, en todo caso, parece sencilla: saber de Chiron. Conocerlo, a fondo. Partir de la infancia, seguir con la adolescencia y, finalmente, acompañarlo en su adultez. Todo en menos de ciento veinte minutos.
Vaya… Apunta al exceso.
 

 

Pero Jenkins va por su lado y apuesta a lo simple. Prioriza honestidad sobre revelación, detalle antes que generalidad. Todo lo cual implica, claro, ciertos sacrificios. Dejar de lado los habituales parámetros de narración lineal. Aventurarse a una suerte de filme de línea espontánea, un film conciso, aunque, no por eso, menos cuestionador. Elegir tres episodios de una vida: días de apariencia corriente, como estampas a través de cuya interrelación pueda cada quien constatar: los personajes crecen, aman, sufren y maduran. Con todo, logra hacernos partícipes de su realización en cuanto a ficción fiel, reflejo de la propia vida.
Así, cobra pleno sentido la fragmentación. A fin de cuentas, la vida la recordamos a retazos. Esta historia, como tal vez todas las demás, es apenas una versión… voluble, quebradiza: de tránsito hacia otras nuevas. Como suele decirse, lo fugaz es, seguramente, lo que más importa…, lo que queda.

 

 

Tres instancias:
Little: pequeño, tímido, curioso, protegido por Juan, el narcotraficante del barrio. El que huye de su madre, de sus compañeros y sí, también de los afectos. Fag, le llaman. Él solo se pregunta lo que eso significa, y si acaso eso dificulta aún más las cosas.
Luego, Chiron adolescente, aún en silencio pero que, de a pocos, empieza a aceptar lo que siente, aunque sigue huyendo. De su propia madre, de sus más francas preferencias.
Finalmente, Black. Solitario, criminal: el mismo niño asustadizo tratando de ser alguien distinto.
No sorprende que por momentos Moonlight roce lo teatral. Cuánto peso depositado en los diálogos. Cuánta confianza en la confrontación. Efectivamente, las palabras son escasas, pero precisas. Con ese lenguaje escueto, duro, de la calle, es suficiente.
Barry Jenkins y Tarrel Alvin McCraney, autores del texto, saben de lo que escriben. Se percibe fácilmente la esencia del Miami agresivo, de Liberty City. Y con esta misma gracia es que se componen las escenas.
El protagonista no sabe quién es. Trata de buscarse, a duras penas, en quien puede. Idas y venidas, preguntas y –vagas, erradas, misteriosas– respuestas. Las palabras mismas conflictúan a Chiron, consigo mismo y con esos otros yo que, a su modo, lo componen.
Little le pregunta a Juan si es que le vende drogas a su madre adicta. Chiron le confiesa a Kevin que, de vez en cuando, solo llora. Black escucha, con la mirada rígida y de rechazo, como Paula, su madre, en rehabilitación, le dice que nada es su culpa. Ni siquiera es necesaria una respuesta. La mirada curiosa del niño se enfrenta al rostro del traficante. Chiron y Kevin, con el ruido del mar o la música de la rocola, transmiten más que cualquier intervención hablada.
Y es esto lo que más importa: en Moonlight, si las palabras funcionan, más aún los silencios. Lo honesto está en el subtexto. Lo que no se dice es lo que termina siendo de mayor valor.

 

 

Cine. Aquí se apela a los sentidos: las imágenes, los planos, la música; cada momento es relevante. Aquí resulta esencial atender a los detalles. No solo las escenas, sino reconocer que cada escenario vale incluso por sí mismo. De tal forma, Miami cobra vida.
Este paso –arriesgado, mucho– dota al film de aliento lírico. Tienta, incluso, generar una experiencia sinestésica: Las luces de neón, la arena de la playa; el agua helada… Todo entra en juego.
Chiron crece y, como personaje, crece también como ente de ficción: un tejido que reúne cada impresión.
Destaca, en tal sentido, la paleta multicolor. Luz pulcra; haces radiantes, brillos incluso fosforescentes. Destellos en tonos caprichosos que parecen salirse de la pantalla. Reflejos inesperados. Hasta la suciedad torna en algo bello.
Es posible sugerir que, entre una toma y otra, sucede: la iconografía supera el diálogo. Y, finalmente, es este el mecanismo más efectivo para que Jenkins haga del contexto aquel lugar incómodo, vivo, el sitio en que Chiron proyecta su ideal, donde sueña, más allá del crepúsculo, adonde –delirio, alma– se proyecta, amando. Dejando su dolor. Aceptándose.
El contraste con la realidad cruda, brutal, potencia de manera singular la intensidad conque estas mismas abstracciones se elevan.

 

 

Toca preguntarse, luego de la experiencia, si la búsqueda de Chiron ofrece resultados, digamos, positivos; si su historia merece réplica.
Chiron asume quién es; aun así, no sabemos si lo acepta. No es el hecho de ser gay o ser negro o pequeño; se trata de identificarse, reconocerse en sus mismas limitaciones. Y a partir de este reconocimiento, recién, proyectar algo distinto. Un ideal. Y una vida en tal sentido, que, claro, tendrá sus propios cambios sobre la marcha, con la transformación misma del ideal.

 

 

El cine es empatía. Observar. Atreverse a decir cosas. Seguro. Utilizar las imágenes, unas pocas palabras, todo lo que se pueda, para decir algo que valga la pena. Moonlight, sin una historia especialmente novedosa, cuenta de veras algo distinto. Regresa a esos lugares comunes, los de la infancia, los de la juventud, los de auténticos conflictos, y nos confronta, en la propia intimidad, en el detalle que compone nuestra particular experiencia.
En el cierre, otra vez, azul. Plano americano de Little, frente a la playa. Por un instante, silencio. Suena la partitura de Nicolas Brittel.

Sí. Volvemos a la melancolía.
Un poco de vida, hecha cine. Sublime. 
 
 
 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *