Acaso detrás de las voces, y su sombra: Diálogo con Laura V. Alonso

Con Luisa Deguile
 
Voces. Imágenes, también. Incluso como principal punto de partida…
Conversábamos sobre Poundemonium, de Julián Ríos, del viejo asunto de los géneros. Pero lo más importante, la música que contiene, precisamente a través de la cual parece posible desafiar las categorías, no como en otros casos, por eclectismo, sino por una suerte de auténtica renovación a partir de un elemento puro: la palabra.
Al respecto, claro, es grato escuchar a Laura… Así fue que empezó la plática.
 
 

(Dispuesto el día, felizmente sin horas. Simplemente, luego de una comida de la que hablamos también; en general, todos los sentidos comprometidos, aprovechando la interrupción en el rodar de quehaceres, nunca a la deriva…)
 
Escuchar para ver, de alguna forma, para ver lo que se forma, detrás de o con los sonidos. La imagen parte de ellos más que de una imagen en sí. Si habláramos de écfrasis, sería a partir de lo escuchado. Pero no; no es nítida. Cercana a una borradura, una discontinuidad, sin solapes. Me gustan los vacíos. Los vacíos que abren el sentido. La cesura, la elipsis, los fallos, los saltos entre los movimientos del texto. También su velocidad. Por ejemplo, una charla en un ómnibus. De pronto, tenés que bajar tú, o quienes conversan. Algo no se completa, queda por algún lado…, suelto. Nacen posibilidades, y también amputaciones. Desearía captar, capturar.
 
Capturar… como con las fotografías… Curioso.
Convendría, a lo mejor, revisar eso de imagen. Porque el sentido de esta radica en el silencio. La manifestación del fenómeno, una vez se lo siente: lo que no se dice.
Y conviene recordar también que el uso del lenguaje implica por sí mismo una interpretación. Somos nuestra semántica. De modo que las palabras son instrumentos de aproximación al sentido…, acaso, de la imagen, como un conjuro.
 
Trabajo con el lenguaje. Esos residuos, interrumpidos, sólo me devuelven palabras; palabras que se ensamblan y se presentan bajo una especie de trance “imago-musical”. Palabras y el sonido de las palabras. Eso conforma para mí la imagen. Guardan una cadencia. Es casi como una composición musical. También voces que vienen de otros textos conversan, aparecen cuando estás escribiendo. Te interpelan. No siempre fui así de consciente de lo elaborado. Fue obra del mismo proceso.
 
Veamos:
De una parte, digamos, el natural afán de tentar el sentido por medio de palabras. Estas acuden a nuestra mente y se acomodan justamente en una secuencia, en una dirección, según los conceptos comprometidos. En caso queramos hacer una definición, para trazar justamente los límites del objeto a que nos referimos: ya se sabe: categoría o género próximo, primero, y luego, diferencia específica. Pero está también la sensibilidad para reconocer siempre más de un lenguaje operando a la vez. Finalmente, el trabajo. La Operar con estos elementos, si de veras se quiere dar pasos significativos…
Por otra parte, tenemos una suerte de atribución inmediata: dar por reales las figuraciones de las propias palabras y considerar su música como su realidad; a partir de esta, pero es más, en esta misma, dar con las coordenadas del supuesto sentido inalcanzable: la sombra misma del silencio.
 
 
Bien…
El arte consiste en buena medida en artificio, sí. Mas su impulso primordial, que condiciona incluso el menor esmero artesanal, es siempre comunicar.
Decir expresar equivale apenas a dar con menos de la mitad de la ecuación. Deriva en la diferenciación entre aprovechamiento de la tradición por un auténtico decir, aún sin reparar en géneros o corrientes, atendiendo la naturaleza misma de lo que queremos transmitir, y el mero afán de rebeldía, siempre alardeando de ignorancia. Explica la diferenciación entre el esfuerzo revolucionario… y la pretensión del revoltoso.
 
Creo que los géneros han sufrido una contaminación mutua. Si bien hay quienes trabajan con una frontera bien clara, delimitada, yo no estoy interesada en esa apuesta. El proceso de mi propia escritura, y sobre todo la lectura, ha dado cuenta de que hay textos que no son ni poemas ni novelas ni ensayos. Libros que no pueden contenerse en una definición clara, que se desbordan de esos límites. Explotan – y exploran  recursos de todo tipo. Alguien por ahí ha dicho que ya no podemos insistir en una escritura que se ciña a una ubicación precisa. Pero, más que un imperativo foráneo, a ello se llega desde y con el hacer. De ahí surgen los indicadores o mojones.
 
Las categorías responden, a menudo, a una pedagogía.
Están, sin embargo, como bien dices, otras utilidades.
 
La escritura es un laboratorio constante. Un laboratorio como los de aquellos juegos de caja de la infancia (no sé si existen aún) de químico principiante. Es algo lúdico. Los que juegan saben que jugar es algo serio y no por eso dejan de jugar. Cada libro es una aventura que se atiende como si se estuviera en un terreno hostil. Y no siempre respondemos de igual manera a una experiencia de ese tipo. No alcanza con lo estable. Siempre estamos como al tanteo. Imposible, desde este ángulo de la cuestión, no excederse a tal o cual género.
 
Claves del proceso de aprendizaje: problema, cuestionamiento.
El enfrentamiento que de todas maneras viene a darse, la lucha por la aproximación, depende del terreno inexplorado previamente –primero, dentro de uno mismo… En tal sentido, la inquietud permanente resulta un indicador saludable. No se trata de andar precisamente «a la caza» de lestrigones y de cíclopes; se requiere de una consciencia capaz de aceptar la propia cuestión, y de penetrar en ella, y a través de ella.
El lenguaje es un instrumento, pero es capaz de transformar la realidad. No obstante, aunque pretendamos trascendencia, la propia tradición y hasta el adolescente impulso a por ruptura, determinan ciertos márgenes y referencias. Al cabo se trata de diálogo.
Allí, la crítica.
 
Mi trabajo no ha estado demasiado bajo la lupa, salvo por breves reseñas, comentarios o presentaciones. Por años hubo silencio. Hoy me doy cuenta que es una bendición. Digo, al final, es liberador. Perseguís con más fuerza el riesgo. A veces te acordás y parece que no existieran tus libros. Por momentos, es así. Pero cuando el silencio externo se volvió regla, comprobé finalmente aquello que se repite como lugar común: se escribe para nadie. Y “nadie” es una hipótesis de lector potencial, que a su vez es una ficción creada por una. Después de todo, no está mal. Es una prueba para quien escribe. Empecinarse, seguir, no detenerse, no distraerse. Tener como crítica un criterio personal que se va elaborando con la misma escritura. Ensayar hipótesis y discursos propios. Curiosear en el proceso y elaborar una trama de él. Tachar tantas veces como sea necesario. Autodestruirse para despejar zonas desconocidas. Destituirse y aceptar esa destitución.
 
 
Nadie mejor que una como amo para sacudir con las palabras y esclavo para volver al silencio. Soy de las que prefieren, como punto de partida y de llegada, las dudas, las preguntas. No me interesa arribar a una solución definitiva en la escritura. Dejaría de importarme lo más apasionante que provee: la búsqueda. No deseo conformar un aparatito que funcione para toda ocasión y/o para confortar a cierta clase de lectores. Escribo lo que puedo y lo que puedo es lo que escribo y vuelvo a escribir, pero de otra manera. La escritura siempre es obsesiva y casi nunca produce textos interesantes cuando se arrellana en la autocomplacencia.
 
Valga el repudio a la sola insinuación de prioridad de la forma, en tanto piel gruesa que aparta de la verdadera pulpa, el hueso, la médula y el nervio.
  

 Sé que la escritura es mi lugar. Una forma de diferenciarme de la pseudo diversidad contemporánea, bastante homogénea. Eso la define como mi vocación, a la que tardé en llegar por cierto temor y no sin razón: abrís esa puerta de vez en cuando lo hacía  y todo tu proyecto de vida se suponía que era tu proyecto –: queda de lado. Y así fue; no fácil…, y no lo es todavía. Se relacionó a cierta debacle de mi vida y fue parte de ella… Aún hoy, congeniar el mundo, digamos, productivo, el mundo de la utilidad, el del trabajo, con el mundo de la escritura, me produce profunda angustia e indecisiones que no cesan. No soy una persona muy funcional con el “afuera”. Cada vez más taciturna, más silenciosa. Necesitada de silencio para escuchar y escribir, y de escribir para volver al silencio. Es un círculo vicioso, altamente inútil en un mundo de producción capitalista, pero altamente edificante para mí.

 
Entrega, sin cuenta alguna de los sacrificios…
Acaso esa vuelta al silencio corresponda a la entrega misma de la cuestión personal. La que finalmente compartimos y a veces alcanza al coro.
Nos nutren otras voces, las de los mayores.
 
Libros y revistas fueron mi de sobrellevar situaciones difíciles. Algo un tanto complejo. Es cierto que cuando uno hizo elecciones conscientes sobre la escritura fue porque vivió ciertos episodios de lectura que le fueron singulares. Por ejemplo, la llegada de Vallejo, en la adolescencia, a través de las clases de literatura del liceo… La forma en la que Vallejo experimentó con el lenguaje. Muchos años después, me sucedió también con Celan. Ese retorcimiento de la lengua, porque las palabras nunca alcanzan (algo que está entre mis obsesiones preferidas). A veces sólo queda el gruñido, el balbuceo.
También le debo mucho a Amanda Berenguer, poeta uruguaya que nunca se quedó quieta, que siempre “jugó” en cada libro. Desde la poesía gráfica al formato poema más tradicional, no le hizo asco a nada. Ni siquiera con los temas que elegía. Todo resultaba materia poética para ella. Investigaba y escribía. Era una exploradora. Por otro lado, tengo una extraña afinidad con la poesía de Selva Casal, también uruguaya. Se podría decir que la obra de Selva, en su conjunto, es un largo poema. Pero lo impactante es el derramamiento de la voz de Selva y el trabajo con el oxímoron. La fuerza que tienen sus poemas, en donde no existen puntuaciones, prácticamente. Vitalidad hecha escritura, como si viviera en un completo éxtasis. Me gusta la velocidad de ventarrón. Pulveriza. Y no puedo dejar de mencionar toda esa experiencia latinoamericana que fue el neobarroso, al decir de Perlongher. El papel preponderante del lenguaje.
 
***
 
Por medio, música…, frases y más imágenes, texturas; aromas, un mundo que excede cualquier etcétera, a mayor entendimiento, más decididamente camino del silencio.
Café. Paseo.
Terreno arrebatado a la cotidianidad.
La risa es otra melodía. Viene entre los acordes de lo que viene y se va entre la casa, el taller y la calle, nuevamente.
Más café. Humo. Poner otro disco. Sin soltar la tinta.
 
Creo que la música ha hecho lo suyo de forma, digamos, azarosa. No ejecuto ningún instrumento. Dos años de guitarra y de solfeo, pero fue hace años, y ya nada queda de aquello. Sin embargo, atiendo el estado interno que me producen las melodías. Si es en una canción, suelo darme a la relación entre música y letra. Cómo esa relación se internaliza en mí. Sobre todo porque allí acontece algo que podríamos denominar como “imago-musical”.
 
Dinámico. Ritmo, proporción. Geometría…
 
Sé que mi escritura está surcada de posiciones, de direcciones, de tamaños y/o escalas. De objetos en movimiento. Quizás acá es donde hace su entrada el cine; para mí… y para la arquitectura.
De unos años a esta parte, trabajar en la historia del paisaje y ahondar en categorías estéticas, en relaciones entre paisaje y cultura ha dado lo suyo. Intento llegar a la escritura como se llega a un paisaje: por sus ritmos y sus elementos. Esa transferencia que se produce en relación al paisaje: olores, formas, ruidos, construcciones, tráfico, vacío. La posición, delimitación de uno mismo, que refiere a la elección y por esta, habla del mundo… de forma potencial.
 
 
Potencia. Elección. Determinación. Por ende, renuncia. Andar entre ventura y error, e historia y experiencia.
La tragedia con su origen en la arbitrariedad. Simple. Los caminos complicados, que no complejos, obra nuestra.
 
Cómo se relaciona la escritura con el fracaso. No medido con la externalidad, sino como cualidad intrínseca; como hallazgo del proceso. Hay un texto de Blanchot sobre Henry James al respecto que es muy ilustrativo. James, en sus diarios, trazaba planes y proyectos para sus novelas. Blanchot ensaya, al comparar lo programado con la obra, el salto cualitativo en el desvío de la premeditación. Aquello que se había prefigurado aborta, se deforma; es otra obra, distinta al deseo original. Es puro deseo, no cautivo por las hipótesis de partida. Me interesa esa imprevisibilidad porque se relaciona con la cualidad del fracaso. Una suerte de arquitectura cambiante que es condición del propio andar de la escritura, de estar alerta a este. Estoy tantísimo enroscada con esto hace tiempo.
 
La tarde se disuelve, quizá directamente en un nuevo día: noche convertida.
Toca preguntar por la visión…
 
Un ilustre vertedero. La Literatura es un residuo más de la cultura…, con cualidad de reciclable.
 
Podríamos abordar, ahora, Larva de Ríos…
 
 

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