Adonde mires, la vida: Diálogo con Katerina Damitrinou

Con: Guillermo Cóbena
 
Entender la visión de otro… Conviene, para ello, distinguir su expresión de la comunicación que la tiene por parte; resultará decisivo para entender la diferencia entre pretensión artística (afán, ambición y hasta proyección) y la experiencia artística (un fenómeno comunicativo). Lo propio, respecto de intenciones, juegos con conceptos, de un lado, y obras de verdad, mucho más que materializaciones, del otro.
Katerina invita, e intriga. Pero no necesariamente en dicho orden. Su clave va de la elección de los elementos, y el modo en que los muestra, conservando, siempre elocuente, cierto silencio por medio: que las cosas, cada parte, diga lo suyo…

A la luz: Sobre Comienza Cabot Wright, de James Purdy

Por: Lena Marin
 
Es verdad que, cada cierto tiempo, la obra de James Purdy es reivindicada, pero también que a continuación y casi de inmediato, se la echa de vuelta al olvido. Esto se debe quizá a que su carácter, la visión que refleja en ella, obliga al lector –como ante una gresca inevitable– a tomar partido, cuestionando su época, cualquiera sea esta, pero más todavía a sí mismo, cualquiera sea su edad y experiencia.
Certeros puñetazos, más que empujones o tirones de la camisa: el lenguaje de Purdy, áspero, denso, es enormemente efectivo; conecta y sacude de inmediato lo más delicado, esa fragilidad tras el punto que, además, pareciese elegir con especial malicia. Asesta, en permanente movimiento, frases y oraciones; de ello que, en lugar de un matón agresivo, nos veamos ante un ligero púgil, de gran maña y sangre fría.
Su obra representa el desafío de la cruda calle, desnuda de pronto, sorprendente, dolorosa, si anduvimos demasiado tiempo haciéndonos de la vista gorda: es la luz sobre la sombra, que siempre pudimos encender, por la que alguien ha venido por fin a preguntarnos.
Comienza Cabot Wright es un buen ejemplo de todas estas cualidades.
  

Voz quebrada, espejos vacíos: Arbitrariedades en torno a la propuesta de Alex Kanevsky

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

De la triste seducción de la negación, el acomodo a solo yacer –como si esto fuera posible– en vida. También, como reza el título de Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso

De la quietud que, de modo en apariencia involuntario, provoca una reacción: posibilidad a partir de la parálisis.
Finalmente, entre los rápidos de una voluntad encrespada (que agota calendarios y envejece) acallando la intuición una y otra vez… dejándola aflorar solo saboteada, para el desbarro y la humillación: Los  condenados, replegados, deformes ya, en el sueño.
En su apuesta por exponer este universo de sufrimiento, además de dolor, Alex Kanevsky, se expone a riesgos atroces.
Invita a dos formas de contemplación: una, bajo el encanto de la técnica y, para los más atentos, el impacto por provocación, al límite de la impertinencia… Revela, en todo caso, una suerte de agonía insomne, pero volátil: presta al violento cambio, por chispa, aún de sensibilidades más adormecidas.
 

Como envés de las sombras: Diálogo con Judith in den Bosch

Con: Juan Pablo Torres Muñiz

  

En lugar, simplemente, de una atmósfera sombría, nos envuelve, entre las obras, una de luz… diferente. Corresponde, acaso, al envés de la realidad que habitualmente reconocemos durante el día. A su modo, quizá más luminosa. Una atmósfera de espectros, pero no de cuerpos ausentes, sino más bien de las sombras de los que tenemos ante nuestros ojos; proyecciones, por tanto, de un plano distinto…
He aquí, la propuesta de Judith…
Ella nos acompaña. Anda y observa alrededor, como atendiendo a los estímulos que el paisaje le provoca en un sentido distinto al de la vista, uno extra…

La voz, la historia: Un cuento de Antonio Ortuño

Historia del cadí, el sirviente y su perro

  

He llegado a saber que hace tiempo, oh afortunado Señor, vivía en la ciudad un cadí que, a fuerza de ser útil a los propósitos del visir, había conseguido hacerse de una fortuna. Tenía ese cadí un sirviente y ese sirviente un perro. Habitaban los tres una gran casa, con caballerizas, patios y fuentes, a la que acudían los habitantes del barrio de los artesanos en busca de justicia.
Eran, cadí, sirviente y perro, muy requeridos. Al cadí lo solicitaban los comerciantes, sus esposas e hijos y hasta los poetas del rumbo para mediar en sus disputas, aconsejarlos e instruirlos. Poca sabiduría, si alguna, poseía el juez, pero amplio era el lugar que ocupaba en el corazón del visir, así que se acostumbraba fingir ante él, ya fuera su veredicto disparatado o sensato, un palmario asombro por su tino y pertinencia. Al sirviente, un esclavo comprado en el bazar de modo azaroso (pero no hay azar sino Voluntad Altísima, oh afortunado Señor), apenas se le conocía fuera del tribunal, pero el cadí dependía de él de modo absoluto. Pues no siendo su ingenio y maña suficientes como para escribir sus propias sentencias, sino apenas para recitarlas ante los demandantes, debía el siervo arremangarse y escribirlas según le dictaban sus propias y cortas luces o, mejor, según la dirección de los intereses que sabía propicios a su amo.

 

Georges Mazilu

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Clave abierta: Diálogo con Fred Drouin

Con: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Componentes. Y un todo que va más allá. La imagen final cobra forma merced de un proceso que va por detrás de las horas, así como de la distancia que nos separa. Felizmente, la voz de Fred es fuerte y clara.

Dentro de cada cuadro, decimos, entran a tallar, desde los materiales hasta las referencias, con la luz o, más bien, las luces de quien propone la visión.
 
 

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