Equidistancia: Diálogo con Fernando Escobar Páez

Con Juan Pablo Torres Muñiz
 
Enfrentar. Cuestionar. Bien, de eso se trata. Pero qué hay de provocar. A menudo se dice que la provocación refiere en sí misma a un cuestionamiento, pero qué ocurre si lo que se provoca con un texto, cualquiera sea su clase (gráfico, audiovisual, etcétera), es en realidad cierta reafirmación de la posición del espectador, del lector, respecto de la realidad, a partir de su indignación. Por otro lado, ¿qué hay de provocar al instinto, nada más?
Llevar a una cuestión de fondo, implica, exige inteligencia. El erotismo, por ejemplo, requiere imaginación, de modo que el sentido del mensaje es completado por quien atribuye, a su modo, las cualidades faltantes al cuadro, a la escena, etcétera.
Hay, además, sistemas y mecanismos de seducción. ¿Los hay de provocación? ¿Nos dicen algo las categorías y los géneros, las múltiples clasificaciones académicas cuando orientan la producción de determinados tipos de textos, en lugar de prestarse, ante todo, a facilitar la clasificación de estos como obras inventivas, sujetas nada más que a su intención comunicativa?
Fernando Escobar Páez ha sido acusado de provocador. Ha sido, también, y no pocas veces, amenazado. ¿Esto último no habrá sido más bien por haber cuestionado bien?
 
Salvo en mi primer libro, Los Ganadores y Yo, de 2006, en todas mis otras publicaciones he mezclado narrativa e incluso algo de crónica con poesía. Escribía acorde a lo que me dictaba el momento; por ello, muchas veces imprimía a mi poesía cierto tono narrativo, que no tiene que ver con la estructura del texto sino con la intención de narrar una historia bien pendeja.
Supongo que se podría decir que como escritor fui anfibio o travesti. Me movía torpe y monstruosamente en ambos terrenos: poesía y narrativa.

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Voces e imágenes, en estéreo: Diálogo con Pamela Cuenca

Con: Luisa Deguile

  

Entre sonido (música en estéreo) e imágenes. Y acerca de gatos, también. La conversación fluye sin embargo por un cauce natural.
Nos rodean imágenes. Una captura suya, un borde de plaza, como referente de perspectiva particular, entre curiosa y distante, dice lo suyo de un alma escurridiza. Con la lectura de sus textos, el sentido queda más claro.
La propuesta de Pamela va sin aspavientos. Conecta en una y otra vertiente. Funciona.

 

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Y lares a través: Cuatro poemas de Kurdistán, de Juan José Rodinás

Raíz du Bouchet (un árbol invisible)
 
Algodón madre:
la foto de mi cabeza oscura
y una lámpara que acumula vacío tras mis ojos.
 
Como arrojar la mano y esconder la piedra.
Un aeropuerto para salir del mundo.
Un mundo para salir de mí.
 
Este lugar donde escribo una cápsula:
hotel de mis heridas y un vaso de carburo.
 
Doblo mis manos y las guardo baja la piedra negra
y el corazón del caballo que me mira dormir desde pequeño.
 
Alguien es la melena de un hombre arrodillado,
un rostro en mi casa de niño que dice a la hormiga del pasto,
“transita, Mi Señor: el universo alcanza para ambos”.
 
Alguien. Algo.
Amarillo sin dónde,
                   carretera sin rostro,
retorna corazón-cabeza a donde no perteneces:
sé que alguien, lejos de mí, te espera.
 
 

Blind Dance, de Serenella Dodi