Esa extraña danza en pos: Diálogo con Ginebra Siddal

Con Guillermo Cóbena



Serenidad. Encajes, sombras de la arboleda, un poco más allá. De algún modo, viene bien decir que todo hace juego.
El tono con que dice intentaré. Y luego da paso a eso que también en silencios, se refleja en sus ojos. Sencilla.

El paseo abre su sendero, las sombras decoran. Es un placer.
 
Cada que recorro un museo, o recorro una biblioteca jugando a deslizar mis dedos por los cantos de los libros o escucho la melodía de un piano…, las voces de fantasmas dentro de la cabeza. En ocasiones, discuten, tan fuerte todos a la vez, que tiemblo. Pero al rato se calman y me susurran… dentro de la boca, dentro de mis ojos y hacen eco contra mis costillas.
 
Ginebra Siddal…
 
 

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Ferocidad: Sobre la propuesta de Enrico Robusti

Por: Luisa Deguile

   

Decir de lo grotesco…
B
ien, dos dimensiones: de una parte, la imagen misma, las criaturas de Enrico Robusti; de otra, nosotros, en ocasiones / a veces / incluso, a menudo.
E
n efecto, la generalización misma resulta grotesca.
Y es desde la crítica que provoca, la actitud que despierta, que nos envuelve entre las posibilidades de su perspectiva, tentando de pronto un viraje violento: el as revelador hacia nosotros mismos, nuestras múltiples, a menudo acalladas, facetas, expuestas a su lente, en la atmósfera repentinamente enrarecida, con el vértigo.

 

 

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Del quehacer en el límite: Diálogo con Jorge Eduardo Benavides

Con: Juan Pablo Torres Muñiz
 
La escritura como oficio dista mucho del hábito, de la manía y de la práctica con otros fines, el catártico, por ejemplo (no obstante últimamente se publique por igual de todo). Se eleva como arte al realizar la vocación comunicadora, distinguiéndola principalmente del  afán de mero registro, del servir como herramienta mnemotécnica o de la sola transmisión de información, en que afirma y postula como tal, cada vez con cada obra una nueva realidad, plena. Esta, entendida la lectura, confronta las de los demás, o sus atisbos y bosquejos, sus vacíos, cuestionando respecto de las razones y demás motivos en unos y otros.
Como obra implica, por tanto, una toma de partido. Esta se revela a menudo, no tanto en las sentencias como en las formas mismas que adopta para cada expresión el lenguaje, transparentando en sí el modo de pensar, los mecanismos de la inteligencia en apuesta. Esto último nos lleva un tanto a eso que decía Eliot respecto de que cada quien es su propia sintaxis. 
Hablamos de consciencia y también del resultado de una posición paradójica en que bien se desarrolla mucho más que una teoría de la composición. Todo creador ha de entregarse a sí mismo pleno en atención, de modo que aquello que al cabo lo distinga, sea cuanto quede manifiesto en su elocución, reveladora de condiciones de su consciente, subconsciente e inconsciente, exponiéndolo apenas como remoto prisma, complejo y cambiante.
Conversar con Jorge Eduardo Benavides pinta ideal como ocasión para entrever más al respecto y aprender, especialmente en lo tocante a la novela. El testimonio que –siempre cordial– nos brinda, va, sin embargo, más allá de las letras. Sus modos coinciden en revelar un proceder más amplio. Y un carisma especial.
 

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Sueños de urbe y realidad: Sobre la propuesta de Jeremy Mann

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Relacionando caminos, destinos, al menos figurados. Experiencias. De viajes – también a través de lecturas. Al contraste con las imágenes, surgen las notas:

Finales, y principios:
Del tiempo y el río, novela mayor de Thomas Wolfe, concluye en una escena que coincide en sorprendente medida con otra, correspondiente por su parte al inicio de la igualmente notable, inmensa, Llámalo sueño, de Henry Roth. La vuelta en un caso, el primer arribo, en el otro. Tierra firme y atrás la bastedad del océano, una nueva oportunidad, siempre. De pronto (cosa de luz y rumores) nos encontramos también en una escena (o toma, acaso, por gracia del periscopio) de John Dos Passos…
 

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